Domingo, 16 de Febrero 2020
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El ciruelo

Por: Maya Navarro de Lemus

El ciruelo

El ciruelo

Cuando lo descubrí en el huerto era delgado y debilucho, apenas una vara sin hojas, agarrado a la tierra que lo alimentaba con forzada humedad; me impresionaron su arraigo y apego a la vida. Sin mucha experiencia en manejo de árboles frutales, decidí cuidarlo; le retiré la maleza y lo regué con frecuencia. Vi su respuesta cuando echó pequeños ramos de florecillas que lo adornaron por unos días, aunque pronto se cayeron, se pudrieron y así descompuestas pudieron adherirse a la tierra que siguió nutriéndolo; él, testarudo y necio, sobrevivió. Seguimos uno y otro con cuidados a la distancia, con encuentros espaciados que nos alimentaron la voluntad. Así un par de años más, como adolescente en pleno desarrollo, creció por todos lados, desproporcionado y sin orden.

Me descubrí alegre de estar junto a él, emocionada con sus cambios y el movimiento de sus endebles ramas; a la salida del sol, me regalaba un leve reflejo de mi sombra en el fresco suelo que nos sostenía; algunas noches, vigilante a la luz de las estrellas medí los movimientos de mi árbol frente al viento, su fortaleza para resistir los embates del ambiente y cómo luchaba por su vida; empecé a soñar con un futuro común. El ciruelo echaba raíces en mi corazón.

También llegaron tiempos difíciles; cuando no fueron necesarias mis tareas para darle agua al ciruelo, el calor de verano le hacía olvidar la tibieza de mi cariño, parecería que podía continuar sólo, sin mí; en los días nublados no había reflejos, ni sombras que nos recordaran quiénes éramos. Fueron tiempos llenos de dudas ¿Seremos capaces de estar juntos? ¿Cuánto tiempo es toda la vida para un ciruelo? Yo miraba otros árboles más productivos en ciclos más cortos, otros que presentaban mejor apariencia con menos cuidados, pero también pude notar sus temporadas sin hojas y los riesgos que sufrían de caer o de que su fronda no creciera. ¿Podría otro árbol apreciar mis virtudes, mi presencia y compromiso? Entendí que no cualquier árbol tenía las bondades de mi ciruelo, decidí que yo estaba mejor con él y que nuestros lazos eran más fuertes que las ligerezas del verano.

Después del frío del invierno, el ciruelo se hizo más fuerte, retenía por más tiempo el agua y sobrevivía sequías, aprendió a sostenerse a lo largo del año, se desplegaba en primavera, su tallo engrosó como árbol adulto y pudo soportar los ciclones; yo estuve orgullosa de sus logros. Todos lo miraban con interés, su apariencia prometía frutos para el siguiente temporal, mientras yo pensaba que ahora cualquiera podría acercarse y adjudicarse los méritos de su crecimiento; cualquiera podría aprovechar su sombra. Estuve celosa de todo y de todos, mientras él se erguía seguro y soberbio; para tranquilizarme, rodeaba mi cuerpo con sus brazos tibios y frondosos.

Francis Palacio. Nos comparte esta primera parte de sus textos.

Nos fundimos en un solo ser, una noche de luna, no hubo inicio ni final entre él y yo; disfruté las caricias de sus hojas que destilaban ternura; en el cerco de sus ramas, me apreté con fuerza a su tronco sólido tronco y me sentí completa. Durante todo el temporal vivimos nuestra dicha, nos entregamos plenamente; encuentros intensos, embestidas que nos estremecían al crujir de los dobleces en los tallos y las ramas; moribundos viajamos a otros mundos para luego regresar a la vida en revoltijo de lágrimas y suaves carcajadas. Mi ciruelo era un impetuoso bosque y de pronto un llano apacible con la mesura del amor pertenecido.

Llegó el tiempo de pagar el precio del amor o definir el camino hacia el futuro; en el árbol habían crecido las ramas y en éstas los tallos de las flores, juntos hicimos acopio de paciencia hasta que se convirtieron en frutos.

Se nos reveló un atardecer de viento suave que mecía las hojas; escuchamos balbuceos y llantos de bebé; fue la señal para convertirme en madre de unos vástagos del árbol elegido. Los retoños nos miraron desde sus ojos grandes y redondos, aciruelados; acariciamos sus mejillas rojas como frutos y percibimos los labios jugosos de sonrisa afrutada; el cuerpo les creció de largo talle, como tronco desnudo de hojas antes de la promesa de primavera. Es mi descendencia, con rasgos de ciruelo.
 

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