Los que organizan la marcha en defensa del INE son “cretinos y corruptazos”. Los que vayan a la marcha sépanse de antemano que son “rateros, clasistas, hipócritas y racistas”. Los intelectuales de izquierda que no están de acuerdo con sus decisiones son “traidores” o “torcidos”. El Presidente tiene un adjetivo para todo y para todos. Del otro lado responden con epítetos como “chairos, ineptos, mantenidos, borregos”.Adjetivar al enemigo es algo más que una descripción, se trata de un juicio moral. Cuando López Obrador hablaba de “moralizar” la vida pública torpemente imaginamos que se trataba de cambiar la actitud de los funcionarios públicos respecto al uso de los recursos de la nación y al comportamiento de quienes tienen la obligación de servir. Muy poco o nada de eso ha sucedido. Ni la corrupción se acaba barriendo de arriba para abajo ni la conducta es una enfermedad infecciosa que se contagia como el COVID-19, por las gotas de saliva que esparce el dueño del habla. La moralización de López Obrador no tiene que ver con eficiencia gubernamental, sino con someter permanentemente a juicio los valores del otro, adjetivarlos y lanzar al ruedo de la opinión pública condenas y descalificaciones. En el intercambio de adjetivos siempre gana el poder.Al contrario de lo que decía el famoso político potosino, prototipo del pragmatismo priista, Gonzalo N. Santos, que en política moral es un árbol que da moras o no sirve para nada, López Obrador tiene siempre un juicio moral, un adjetivo calificativo, en la punta de la lengua. Para el Presidente su transformación es moral o no será. En el “revolucionario” no hay espacio para la duda: con la 4T o con los otros, conmigo o contra mí, ayer o mañana. Para la “causa” la duda y la crítica -signos vitales de la inteligencia- son reaccionarias, y quien la ejerce, traidor. En la división del mundo entre nosotros y ellos el poder lleva las de ganar: siempre habrá más personas dispuestas a estar del lado “correcto”, del lado del poderoso. En este contexto la popularidad se vuelve también un argumento moral y un imperativo democrático: somos más los que queremos que los consejeros electorales se elijan por elección directa; somos más los que queremos que se cancele el aeropuerto, somos más los que queremos al Ejército en las calles. Sin embargo, la gran virtud de la democracia no está sólo en el mandato de las mayorías, que es su principio básico, sino en la obligación de éstas de considerar siempre a las minorías en un mecanismo de equilibrio de poderes que incite permanentemente al diálogo. Cuando el poder adjetiva se rompe la posibilidad de avanzar en lo sustantivo.diego.petersen@informador.com.mx