Jueves, 06 de Agosto 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Las plantas del jardín cumplen su cometido, su tenaz intento, de mantener su ámbito a salvo de las oleadas amenazantes que recorren el aire. La ciudad camina a un ritmo entrecortado, a veces cauteloso, otras veces pareciendo ajena a los peligros que conlleva la pandemia que sigue asolando nuestros contextos. Los pájaros prosiguen sus actividades, como si fueran ajenos a la general emergencia. El gato, paciente, aguarda con milenaria sapiencia la llegada de un futuro mejor. Siguen todos los cuidados pertinentes.

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De la batea de las postales.

Una. Gustav Klimt se demoró largamente en dar razón y sentido a un muro sobre el que una feraz enredadera gana terreno. Seis ventanas abiertas dejan pasar el día, que se antoja benévolo en su atmósfera calma y serena. El tejado de pizarra emite brillos cambiantes bajo el sol de lo que pudiera ser el de la media tarde. Cada una de las ventanas transmite su propia historia y da cuenta del particular talante de sus habitantes. Algún interior se adivina, y deja ver el reflejo del jardín sobre un espejo al fondo del cuarto en penumbras. Los brotes de flores añaden una quieta alegría a la escena.

Dos. El paisaje podría ser el de tantas ciudades en cuyo centro se yerguen, apiñadas, varias torres orgullosas. A su alrededor los barrios arbolados discurren y dan contraste al panorama. Cada edificio representa la voluntad de ir más alto, de demostrar su poderío y su presencia rotunda en el ámbito urbano. Un pálido cielo sirve de fondo para esta permanente lucha de las torres por imponer su dominio.
Tres. Una conversación revisitada. Johannes Vermeer hace el imposible retrato de una atmósfera de intimidad y gracia. El cuadro se llama “Un oficial y una muchacha que ríe”. Sin embargo, la risa de la joven es discreta, contenida. Quizá oye con atención el recuento de alguna campaña de la que el oficial regresa, de cierta escaramuza de la que apenas logró escapar. Al fondo, cuelga del muro un gran mapa sobre el que está plasmado un territorio que quizás alguien llegara a identificar, por en el que tal vez las operaciones militares tuvieron lugar. Pero ahora todo se condensa en el recuento que el oficial, casi de espaldas, la cara en sombras, hace a la muchacha, a la vez sorprendida y dueña de una larga sapiencia sobre los desvaríos que oye con atención.

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De Rilke, en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge.
Y después, de pronto, una serie de miradas nuestras quedaba enrejada en el encaje de aguja veneciana, como si fuésemos claustros, o más bien prisiones. Pero el espacio se hacía libre y se veía lejos, en el fondo de jardines que se hacían cada vez más artificiales, hasta que todo ante los ojos se volvía frondoso y tibio...

jpalomar@informador.com.mx

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