Domingo, 12 de Julio 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Gato furtivo. Nadie sabe si son uno o son tres. Sus colores y estampas varían con los días. Ya viven por todos lados y colonizan todas las azoteas con su paso displicente y atroz. De vez en cuando sube el perro para tratar ingenuamente de comérselos. Los gatos lo miran con infinito desprecio y dan un salto admirable para recuperar su altiva majestad. Hay quien dice que cada gato es un fantasma que lleva en sí mismo todos los fantasmas de su pasado. Será por eso que duermen todo el día, que las luces se apagan o chisporrotean a su paso, que no pueda evitarse un escalofrío al verlos, tarde en la noche. Pero hay de gato a gato. Uno, pacífico y socarrón, es el que lleva el fantasma de Prisciliano Encarnación, ése quien fuera el novio imposible de Chabela Rafael. Otro gato, regañón, augusto, noble, porta el ánima de la Tita Lola, y es particularmente sensible al paso de las ambulancias. Uno más es la vera presencia de Pablo Santillán, y es laborioso y bienhumorado, y fuma Faros, hay quien jura. Pero el gato que se llevó la peor parte es el que apenas soporta al espectro del señor grande que ya no está: al mismo tiempo fuma, regaña, recorta monas y las pega en un cuadernote, recorre la ciudad como poseso, coquetea con todas las faldas posibles, lee con ferocidad y de repente censura los libros destrozándolos, ronronea junto a la gata que trae el fantasma de la señora grande que ya no está y le dice que se moriría por ella. Pero la señora se murió y el señor vivió todavía doce años, aparentemente bien heredado y de manera por demás deliciosa. Pero la última gata es la más artera, la que es definitivamente letal. Lleva el espectro de una muchacha que aún vive (digámoslo así) y que prosigue incendiando los pasillos que recorre. Esta semana se le vio (a la muchacha, no al gato), en un prolijo relato que nos presumía su muy bonita casa. Pero no se sabe si en esa casa también habrá un gato, cuyo fantasma era un muchacho que fue a incendiarse, con pérdida total en su trayectoria de colisión, y siempre sobre la navaja, a Barcelona. Total parcial, quién sabe.

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El hombre que dejaba prendidas las luces y la música. Qué manía, dicen los muchachos, qué dispendio, observa la mujer: si tu padre viviera se pondría fúrico. Etcétera. Pero el que pasa insiste en su costumbre, ahora ya inveterada, de abandonar los recintos con ciertas luces prendidas, con ciertas músicas funcionando. Y lo que pasa es que, digamos, dejamos a todo volumen la Resurrección de Mahler en el taller; al regresar las líneas se verán más nítidas, el taller más ordenado, las dibujantas más bonitas. Resucitará así un viejo olor a lavanda que nadie sabe de dónde viene, y la sombra benevolente del señor que ya no está se inclinará sobre algún dibujo y hará un comentario al mismo tiempo cáustico, desconcertante y alentador. Resucitará así aquel día de dicha y júbilo en que eras más joven y tus pies se elevaban más altos que los árboles, en que la muchacha, al borde del estanque de la Gringa, te dijo que sí y tú descubriste, sobre sus senos, la indeleble constelación de la victoria. Eso sí, y en su descargo, dice el que pasa que también hay penumbras cuidadosamente obligatorias: en todo el jardín no se encenderá ninguna luz. Bien se sabe que el alimento de la savia, para poder dar luego toda su verde luz, es la oscuridad.

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Su fe era granítica. Cada rato se agrietaba. De las grietas salían flores. Y sangre.

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OK computer para la mañana es particularmente recomendable al borde del jardín con una taza humeante y la lámpara todavía prendida. Radiohead alguna vez, parece, tocó en el Roxy cuando era el Roxy. Nada más fúnebre y estupendo para ver la mañana maravillosa despuntar sobre las más altas ramas del arrayán. De acuerdo, computadora, esto no lo puedes ni soñar. De acuerdo, computadora, el día viene como un brazo de mar y tú no lo ves. Salud.

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Del gran Antonio Muñoz Molina, en El País de ayer: “No tengo la menor añoranza de montar en burro, ni estimo necesario volver a hacerlo, pero el regreso de las golondrinas a las mañanas frescas de mayo y de los vencejos y los murciélagos a los atardeceres me parece una prueba valiosa y del todo práctica de que si la vida, la economía, el trabajo se organizan de otra manera, menos agresiva, no devastadora, las ciudades pueden ser más saludables y hospitalarias, aunque no menos prósperas, sobre todo si logramos definir una prosperidad no basada en el consumo compulsivo, ni en la privatización y el saqueo de recursos esenciales que pertenecen a todos, los que viven ahora y los que vengan después, los seres vivos y no solo los humanos.”

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Del libro de los ojalás. Silvio Rodríguez, ese horrible cantor del desastroso régimen cubano (ese atroz “gobierno de difuntos y flores”) tiene por lo menos una canción perfecta. La de la letra que viene a continuación, sin ningún permiso para reproducirla. Da en el clavo, atina en el blanco como un dardo exacto, dice -labor de los poetas- lo que alguna vez todos quisimos decir y ahora decimos, consolados o jubilosos, con ellos. Así que aquí va, del copioso libro de los ojalás, este:

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
Para que no las puedas convertir en cristal
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo
Ojalá que la luna pueda salir sin ti
Ojalá que la tierra no te bese los pasos

Ojalá se te acabe la mirada constante
La palabra precisa la sonrisa perfecta
Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
Para no verte tanto, para no verte siempre
En todos los segundos, en todas las visiones
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti
A tu viejo gobierno de difuntos y flores

Ojalá se te acabe la mirada constante
La palabra precisa la sonrisa perfecta
Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
Para no verte tanto, para no verte siempre

Ojalá, por M.O.D.A. La Maravillosa Orquesta del Alcohol es una muy notable banda española, en utube (o como se escriba) hay una versión de esta canción excelente, sobre el fondo de un video conmovedor.

jpalomar@informador.com.mx

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