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Martes, 20 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Días del pájaro dorado. Es difícil saber su especie. A estas alturas la ciudad acentúa su indiferencia hacia los habitantes alados, y ya nadie parece saber el apelativo de ciertas aves que, conforme a misteriosas migraciones, completan la vida de todos. Es de talla mediana, con un cuerpo como salido del torno de un experto ceramista. Los tonos de su plumaje van de un oscuro ribete pardo hasta un amarillo casi claro. El resultado es una presencia insólita, un fulgor de oro que ilumina el jardín. El estío y sus tormentas abundantes propician un insospechado avance de ciertos ramajes. Crecimientos súbitos, reacomodos, tomas de posiciones inesperadas. Ya emprende medidas el viejo jardinero y calcula con el ojo experto de sus años las pacientes acciones a llevar adelante. El jardín así, por generaciones, viene a ser el resultado de innumerables pequeñas o mayores providencias, de ojos e instintos que lo consideran, adivinan su mejor futuro, lo cuidan.

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Es un joven árbol que prospera, con novel ímpetu, a la vera de la casa. Tras de ser laboriosamente trasplantado reunió sus fuerzas y regaló a quien pasa todo el brío de sus brotes. Pero he aquí que el propio peso de su entusiasmo ahora lo ladea, verde navío escorado junto a un arroyo cualquiera. Manos expertas entonces improvisan sabios amarres, podas precisas, cordajes que le regresan a la arboladura su rumbo, su fuerza antes menguada para resistir vendavales y maltratos. Una anciana señora se detiene junto al joven guayabo, considera los ajustes, aprueba la operación, sigue su camino. Bien sabe que ante ella se repite la antiquísima costumbre de dar a los árboles perdurabilidad, correcta dirección, futuro. De establecer las cuidadosas condiciones para compartir el mundo con troncos y ramajes que regalarán después sus bendiciones sobre todos.

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Calviniana: de las ciudades visibles: Altaire es una ciudad en donde siempre, en algún lado, llueve, y en muchos otros el sol declina sus rayos con alegre poderío. Calles hay que de repente se convierten en ríos abundantes y por otras andaduras una piel de oro recubre los pavimentos. Por ciertos rumbos los aires de la desventura asolan casas y vecindarios, y las gentes inclinan el semblante sobre el amargo plato de la amargura; en otros, una inesperada racha de felicidad establece en las aceras un brillo singular, y los habitantes caminan entonces oyendo una canción desconocida, pero que saben que regresa de muy lejos. Ciertos suelos se niegan a dar sustento, por más que la sustancia de la tierra sea propicia, a los árboles que en ellos son sembrados. Y no muy lejos parecen emerger de la nada insólitas especies que dan frutos increíbles. Ningún sabio ha sabido explicar la naturaleza de todas esas mudanzas, fijar las causas de las suertes dispares que recorren los ámbitos citadinos. Solamente una mirada capaz de abarcar de un golpe de vista los milenios reconoce en esas mareas la inescrutable suerte que a toda humana comunidad corresponde.

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Poemas alterados. Algunas veces pudiera venir al caso intervenir ciertos poemas que de repente son conducidos a otras orillas, a pesar de contener versos deslumbrantes, por el propio poeta. Es el caso de Blas de Otero, quien en la época de la “poesía comprometida” produjo estos versos, con tres estrofas espléndidas rematadas con un estribillo que corta las alas a un vuelo mayor, y que reza “me queda la palabra”. Así que con una sencilla sustracción se obtiene el siguiente resultado que deja en el aire cualquier posibilidad, quizá la gran pregunta.

si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza

si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio

si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos


Mínimas, insospechadas transgresiones. Queda una imagen de misterioso, amplio poderío, un conjuro para tanto: todo lo que tiré/ como un anillo al agua…

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Cada uno es siempre del mar que primero conoció. Nada es capaz de evitar el indeleble abrazo de todo ese poderío, la herida perdurable que queda en el ánima ante la abierta, y sin embargo completa, inmensidad. Luminosa hendidura por donde habrá de respirar por siempre la infinita medida del mundo, la respiración inefable del universo. Un niño se yergue, en su breve estatura, frente a las olas inmemoriales, un olor salino se instala entonces definitivamente en el fondo de sus sentidos, el vuelo de la primera gaviota avistada graba su trayectoria en el más hondo repliegue de sus retinas. El flujo de las mareas embarga la conciencia, devuelve a los primeros latidos y su ritmo constante. Y está el sonido, terrible y tierno, de las aguas en pleamar, un llamado que durará de por vida en el caracol de sus oídos. O el tacto inesperado, la dulce violencia de una arena sin término, de una sustancia inacabable que los ojos ven perderse bajo el océano, que conduce a lo que vagamente se reconoce como el primigenio origen de todo lo que alienta. Las latitudes son múltiples: el descubrimiento es uno. Cada niño, cada hombre que primero acata el mar, la presencia de lo indecible, traducirá sin saberlo, y para sí mismo nomás, la interminable vastedad de la existencia. Y una dimensión esencial en su vida dará quizá la venturosa medida de su trayectoria.

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De Oscar Venceslas de Lubicz-Milosz, la traducción de un fragmento.

Venecia

Reclinatorio pulido por las rodillas de la plegaria, palacio de ámbar, de mirra y del azur de la ternura, Venecia es también el repositorio precioso de las lágrimas de todo el amoroso dolor humano, y el sol que en ella espejea en la palidez de las últimas horas y en la postrada inmovilidad de las separaciones.

jpalomar@informador.com.mx

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