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Martes, 16 de Octubre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Un abejorro madrugador irrumpe en la biblioteca, da vueltas en su extravío. Es de puro oro, y un compasivo resplandor rojizo abre otra ventana. El abejorro no dilata en hallarla, vuela, y el jardín se ilumina de repente.

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Libros existen que son un proyectil largamente calibrado y que dan en el centro justo de la diana del alma. Cada quién tendrá los suyos, su ración de generoso azar y de perdurables afectos. Se pueden distinguir por una cierta vibración que su masa emite para el destinado, por una bondadosa y a la vez indómita aurora que a su alrededor esparcen, y mucho después, por la imagen escogida para invocar de alguna manera la pura esencia de lo que el libro intenta. Y unas palabras centrales que dan título al volumen: el agua lustral del envío.

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Tal es el caso de la reunión de la poesía de Eduardo Vázquez Martín que ahora descansa en la mesa, un poco fatigada de fervorosas lecturas. Un viejo automóvil sirve de fondo en la fotografía blanco y negro. La cajuela está abierta y revela el borde de un veliz de fortuna, una llanta se atranca con una piedra, en el interior se alcanza a ver un sombrero, unas telas más atrás se dan a un vuelo que hace del viento una presencia fundamental. Puede ser mediodía. El suelo es levemente pedregoso. Tal es la escena que la sirena compuso para fijar su estampa ahora indeleble. Por supuesto -¿podría ser de otra manera?- se sienta sobre un banco como de piano. No estará muy lejos el instrumento, se sabe. Está la muchacha de perfil y lleva la máscara de unas gafas de sol. Una tela muy liviana cubre sus pechos y las escamas de algún tejido insólito corren por sus piernas y confirman la naturaleza del vislumbre. El mar, por supuesto, está cerca. Se alcanza a oír un canto, quedito.

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Sirenas y otros naufragios es el nombre de este recuento que confirma a Eduardo Vázquez Martín como una de las voces centrales de la poesía del México contemporáneo. Se había tardado esta provisional suma que recoge a todos aquellos libros, algunos ahora desbalagados, que su recia amistad fue entregando a lo largo de las décadas. Uno de ellos, o dos, afilados cuchillos, abrieron el ánima, la ebriedad y el insomnio en canal, en una no tan lejana noche de Valle de Bravo, al alero de una casa penumbrosa y entrañable. Es esta cualidad de la poesía de Vázquez la que informa la amplitud y el tono de su registro: el fogonazo de la pasión arrasadora, junto con el refinamiento, que con elegancia es muy discreto, de cada uno de sus asedios a las palabras, y por tanto al sentido mismo de la existencia. Palabras, hay que decirlo, que encuentran en la mujer su milagrosa materialización, su más íntima e inmediata corporeidad. Otros naufragios habrá, pero el de las sirenas es el más hondo.

Si uno regresa de lo oscuro
es por amor a la palabra,
por eso recorro
tu cuerpo
para recuperar regiones
y transitar de nuevo
con asombro por las cosas.

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Descubrimiento, incendios, días de quietud y buenos vientos, tormentas enconadas, separaciones y reencuentros. Naufragios de los que el poeta cada vez renueva su aliento. Van las tres líneas de un poema feroz, insondable, que se llama Duelo. Conmueve el sutil juego con el habla popular, el sucinto relato que hace de la fatalidad una estoica reflexión, un canto, al final, de alguna manera victorioso: el poeta vive para contarlo, para dar noticia de su encuentro con la sirena.

Fuimos uno y nos partimos
somos dos
como el muerto y el vivo tras un duelo.

Los amantes separados a su vez se separan en dos; cada quien llevando su parte de vida, su parte de muerte. Amor es más laberinto. Y navegan, incurables, cada quien en el vestigio de salvación que logró, si es así la ventura, encontrar.

Vivir quiero con otros
y no me amarro al mástil ni uso cera
para ponerme a salvo de los cantos
que solo cantan ellas

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Cuestión por supuesto íntima: no es casual que Eduardo frecuente, e ilumine, a ciertos arquitectos. La estructura de sus poemas es poderosa, coherente con una inesperada lógica, siempre resuelta con la certeza del maestro y la originalidad que le entregan sus dilatadas lecturas, los arduos cimientos de su historia personal y familiar. La pasmosa expresión general toca al corazón ordena el raciocinio. Tuvo que erigirse entre dos patrias, guardando y asumiendo el destino de los exiliados. Tuvo que elegir la verticalidad de la piedra, al mar incontable, la inquebrantada fidelidad para una vocación incombustible por la memoria y la justicia.

Nací de España huérfano
hice mía la guerra de tu abuelo
así que acepto como mío el destierro
y amo este sol que no conoce el miedo

Autorretrato del poeta cuando joven: Pienso cotidianamente en el mar,/ el que atravesaron mi padres/ en barcos que inevitablemente ardieron en la orilla.

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Pocos días hace que en una jubilosa y sosegada sesión de dibujo al desnudo pudo verse al poeta en un hondo trance, mientras la muchacha gradualmente se transfiguraba en unas cuantas líneas sobre el papel en llamas. El lápiz fosforecía. De vuelta, el vidente escandió, en unas pocas palabras, al borde del mezcal fraterno, el prodigio de esa otra suerte de encuentro, siempre repetido y distinto, con la fugitiva sirena.

Las pocas palabras
no son raras entre poetas

Por eso es una bendición 
cuando se brindan de nuevo
y saben a lo que saben
y nos toman del brazo y encaminan

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Consolamiento. El maestro Vázquez ha pasado, indemne, por los quebrantos del alma y del cuerpo. Padece, pelea, vence y levanta la bandera de la sangre, del mar, de la ciudad embravecida, de una piel entre todas. Será por eso que su voz, tantas veces desgarrada, se resuelve para quien recibe sus palabras en un conjuro, recio –casi brutal- y transido a veces de ternura, que convoca a la esperanza, la reconciliación con el propio destino, y la vida. El poeta, por él, por todos, da gracias:

He mirado mis ojos secos
en la violencia muda del espejo
He besado el dolor en carne viva
y a veces me reclaman carne y horca

En el pozo sin fondo de la bilis negra
guardo silencio para escuchar el miedo

rata gorda que muerde el intestino

No encuentro mérito en aquello
que no sea el de levantarme luego
y hacer café para entibiar el alma
para tomar de cada sorbo negro
valor y luz para enfrentar mi toro

Perdóname mujer tanta zozobra
y tanto insomnio
y gracias siempre
por los buenos días
gracias.

Alimentos terrestres del poeta: valor y luz. Es la frase de Bernanos pendiendo desde siempre en las penumbras de un muro paterno: “El más grande heroísmo es el coraje del esfuerzo cotidiano”. Es eso lo que su poesía indispensable y urgente, como pájaros para las mañanas, entrega. Es eso lo que su larga amistad, su invariable cariño dejan a quien cabe la fortuna de recibirlos.

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Adenda inevitable para el lector conjetural. Una instantánea asociación conduce a una hipnótica canción del tan lamentado Tim Buckley, Canción para la sirena, oída obsesivamente mientras se intentaban estas líneas en honor y admiración por Eduardo Vázquez Martín. En gozosa celebración de la amistad, de la hermandad en naufragios y sirenas. Y de futuras singladuras junto al mástil libre de amarras.

En la larga deriva de un océano sin barcos
Todo lo que pude hice por sonreír
Hasta que el canto de tus ojos y tus dedos
Me llevó hechizado hacia tu isla
Y cantabas
Navega a mí
Navega a mí
Déjame acogerte
Heme aquí
Heme aquí
Aguardando tu abrazo

Soñé tal vez que me soñabas
Eras la liebre y yo el zorro
Ahora mi barco aturdido escora
Roto de amor en tus riscos
Porque cantas
Tocarme no podrás
Tocarme no podrás
Vuelve mañana
Y mi corazón
Y mi corazón se atraviesa de pena

Atónito como el recién nacido
Estoy ahora por las mareas
Deberé resistir entre tus murallas
O deberé yacer con mi novia la muerte
Óyeme cantar
Nada hacia mí
Nada hacia mí
Déjame acogerte
Heme aquí
Heme aquí
Aguardando tu abrazo

DR

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