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Miércoles, 25 de Abril 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas: el niño, el jardín, la muchacha, los piojos. La escena es intemporal. Alrededor de los personajes se afana calladamente el jardín. Dos siluetas que destacan sobre el esplendor de los variados verdes. Por este rato el sol baña el muro del sur, y el reverbero de la luz produce sombras laterales y sutiles que resaltan los brillos del arrayán, las oscuras profundidades de la bugambilia, la mansa y lustrosa ferocidad de las garras de león. Ambas figuras guardan el mismo silencio que parece emanar, por ejemplo de ciertos cuadros de Vermeer. La paciente labor no tiene edad, y es tan familiar como las demás labores domésticas, humildes, llanas, esenciales como poner a la lumbre las tortillas. El niño, de cuando en vez, hace callados visajes de ligero dolor. La muchacha prosigue su labor con empeño. Es el combate a una más o menos benigna plaga que recorre las escuelas. Es la hora de espulgar: algo parecido pero distinto habrá que hacer, toda la vida, con los enfermizos contagios de la malicia y la tontería, también prestos a anidarse en la cabeza. Tener siempre un jardín a la mano podrá ser una de las mejores herramientas.

Gimme Shelter, ese himno incombustible por los refugiados. Aparece Bono blandiendo la guitarra, el requinto inconfundible de The Edge; entra en escena entonces la superestrella absoluta: Mick Jagger. La canción avanza como una potente máquina. Hasta que aparece, desde atrás del escenario, como una fuerza de la naturaleza, Fergie. Y procede a robarse la función. El poderío de su voz, su presencia arrolladora, su furia, el peligroso contoneo de un cuerpo espléndido: es la diosa del día, la musa que entona las palabras del encantamiento maldito: Oh niños, denme refugio la muerte está a sólo un disparo… Sobre una vieja cómoda roja caminan, inmóviles, un señor y una virgen sobre un burro. Tres figuras de barro que marchan, en busca de refugio, rumbo a Egipto. No están allí solamente en homenaje a la temporada de Navidad: permanecen todo el año. Son un mínimo tributo, un discreto recordatorio de los millones de hombres, mujeres y niños que hoy buscan salvarse, de todos los inmigrantes, los refugiados y los abandonados a su suerte que vagan por el planeta, los que lo han sido. Para todos ellos, Bono, Jagger, Fergie, entonan, furiosos, este himno que por sí solo justifica al rock de todos los tiempos, a las piedras que ruedan. Como gira el destino de las tres figuras de barro, que ya desaparecen, misteriosamente, en el filo de un viejo muro de adobe.

Recuerdos dispersos de encuentros con Luis Barragán. Era ya por 1977, o un año después tal vez; la visita se repetía otra vez. El estudiante, con vencida timidez, acosaba con preguntas y dudas al arquitecto. La gran maquinaria de la casa de Tacubaya giraba con precisión de reloj. A partir del mediodía el ventanal del jardín se encendía suavemente, las sombras de la biblioteca aumentaban su densidad. Los dorados refulgían un poco más, y en la esfera grande un destello preciso medía la hora. La salud del anfitrión declinaba ya. No su humor, ni su altiva y extrañamente amable presencia. Para dar tregua, seguramente, a las enjundiosas inquisiciones del estudiante, el maestro dispuso una medida. Que el estudiante fuera, a pocas cuadras, a ver una obra en curso, y que regresara luego con sus juicios y conclusiones. La única clave: “Me platicas de la jacaranda”. Azorado, el muchacho de entonces llega a una pequeña casa extraña. La primera extrañeza: pasando el umbral, los espacios parecen corresponder a una morada más vasta, casi a un mundo paralelo. Una escalera se pierde en su altura, un corredor teñido de amarillo vibra de júbilo, un cuarto que recuerda de inmediato a los baños termales de Chapala despliega una tensa manta de agua, y un único rayo de sol deslumbra allí la vista. Parece que costaba trabajo salir de la hipnosis. Al fin, a espaldas, se descubría el patio: nada, solamente cuatro muros y un recoveco: en él, se elevaba la llama morada de una jacaranda estallando contra otro alto, y más lejano, muro rosa. Entonces se sabía que era el viejo árbol la clave de toda la composición, el motivo del homenaje. Algo así, con torpeza, debe haber dicho el estudiante al maestro, algo que ya se perdía con los primeros brillos del tequila al borde de la terraza.

Luego en otra vez, andando el tiempo. El arquitecto recibía a puerta gayola a la entusiasta visita tapatía. Pero la fuerza menguaba, un bastón era ya obligado. Cómo única respuesta sobre su salud, como estoico resumen de su condición, escogió hacer, no sin cierto buen humor la observación: “Mira cómo eché a perder mi escalera”. Entonces se revelaba discretamente el avance y la gravedad del mal. Un sobrio barandal resguardaba ya el borde de la legendaria escalera de piedra de la entrada, cambiaba radicalmente su expresión. Como si la sombra de la muerte tranquilamente aceptada hubiera trazado al extraño, impensable elemento. El equilibrio flaqueaba, el jinete perdía su aplomo, después de tantos años la domada gravedad comenzaba su rebelión.

Explicando trabajosamente su proyecto, una tarde de arriesgado ánimo, el estudiante expresaba su perplejidad ante ciertas disyuntivas en la composición. El arquitecto resolvió ésas, e infinidad de futuras dudas, con una sola pregunta: “¿Cómo lo haría un ranchero?”

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El cortejo del Mariscal Foch y el señor que ya no está. París, 1929. Parece que fue sobre el parvisde Notre Dame donde el niño de entonces contempló el desfile mortuorio del querido y aclamado héroe de la Gran Guerra. Según contaba, el caballo del Mariscal, con las botas puestas al revés sobre los estribos y guiado por un soldado, precedía (¿o sucedía?) al féretro que, montado sobre la cureña de un cañón, era tirado por otros cuatro caballos ornados de penachos negros. Decía que el silencio de la muchedumbre era absoluto mientras lo único que se oía cuando el cortejo avanzaba, era el paso redoblado de los cadetes de Saint Cyr y los cascos de los caballos que se alejaban. Nada, recuerdos de héroes que se desvanecen en el tiempo, consignación de pláticas tempranas sobre la dignidad y la circunstancia, sobre la mirada infantil que, en toda su fragilidad, trasciende años y generaciones. Que liga ahora una pérgola tapatía y su avance de llamaradas con el día lluvioso de marzo en el que una señora mayor y un niño de nueve años veían pasar una historia que aquí se rememora todavía.

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Un lugar del verano. Tal vez sea el título. El caso es que este arquetipo de la música de elevador que caracterizó a Percy Faith y su orquesta es indeleble. Tal vez sea el tiempo. Quien pasaba, apenas se asomaba a las maravillas del radio cuando este tema ocupó por once semanas el primer lugar en las listas de popularidad gringas, y se difundía a todas horas en la modesta ionósfera tapatía de los primeros años sesenta. A lo mejor los abundosos violines –en momentos en pizzicato- que se contraponían a los metales y al ostinato del piano. A summer place: deliberada traducción; no un lugar de verano, sino un lugar del verano. No una referencia a una pura locación, sino la alusión al dorso temporal completo de la estación dorada sobre el que quedaba señalado un lugar preciso con una atmósfera intransferible. Puede ser que ciertas tonadas marquen de por vida, a través del oído, de la fantasía infantiles, a todas las temporadas estivales que se habrán de cruzar. Radio Elevador ha venido a la baja, pero de vez en cuando…

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De G.K. Chesterton, una versión de

La casa de la Navidad

Allá va una madre empujada
fuera de una posada a vagar;
En el lugar donde ni casa tenía
Todos los hombres están en casa.
El insensato establo a la mano
Con desvencijados troncos e incierta arena,
Prohijó algo más fuerte para perdurar y alzarse
Que las recias piedras de Roma.

Porque los hombres en sus casas extrañan sus casas,
Y extranjeros bajo el sol,
Y recuestan la cabeza en tierra ajena
Cada que el día rinde. 
Tenemos aquí batallas y ojos en llamas,
Y ventura y honor y alta sorpresa;
Pero nuestras casas reposan sobre cielos milagrosos
Donde la leyenda empezó.

Un Niño en un establo vil
Donde las bestias se alimentan y espumean;
Solamente cuando Él estaba sin casa
Estamos tú y yo en casa;
Tenemos manos que actúan y cabezas que conocen,
Pero hemos perdido nuestros corazones hace tanto tiempo
En un lugar que ni barco ni carta pueden mostrar
Bajo el domo del cielo.

Este mundo es salvaje como una historia de vieja comadre
Y extrañas son las cosas comunes,
La tierra basta y el aire basta
Para nuestro pasmo y nuestra guerra;
Pero nuestro reposo es tan lejano como un aerolito
Y está nuestra paz puesta en cosas imposibles,
Donde derruidas y fulminadas impensables alas
Rodean una estrella increíble.

Hacia una casa abierta a la noche
De regreso habrán los hombres de venir,
A un lugar más antiguo que el Edén,
Y una ciudad más alta que Roma,
Al final del trayecto de la estrella errante,
A las cosas que no pueden ser y son,
Al lugar donde Dios no tenía casa
Y todos los hombres están en casa.

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