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Miércoles, 14 de Noviembre 2018

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Diana Valencia

Por: Maya Navarro de Lemus

Diana Valencia

Diana Valencia

“Mis raíces son de Sonora, mi tronco jalisciense, y mis ramas se han venido tejiendo entre los Estados Unidos y México. Nací en Nogales, Sonora, el primero de marzo de 1954. De mi tierra natal permanece la huella de una enorme higuera ubicada en el patio central de la casa de mis abuelos. Mi primera maestra fue mi abuela materna, Amalia, quien de soltera ejerció el magisterio, de ella aprendí a escribir con buena letra y correcta ortografía, a declamar con voz firme, mirando la vida de frente, y a saludar a cada persona con una sonrisa auténtica. También en Sonora cultivé el valor de la amistad, permanezco en contacto con mis amigas más entrañables de la primera infancia, cada dos o tres años nos reunimos, a pesar de la distancia y los distintos senderos de cada una de “Nosotras”. Éste es el título de la novela que comencé a escribir en la escuela preparatoria y que concluiré algún día. En Guadalajara, sin darme cuenta apenas, surgió lo que mi abuelita Amalia llamaba: “tener juicio”. Mientras por las tardes estudiaba la carrera de Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Guadalajara, por las mañanas trabajaba en el Banco de Crédito Rural de Occidente. La una me educó en la ciencia del espíritu, del otro, aprendí a no temer los desafíos. Siempre quise ser profesora y nada más. Inicié la docencia en la preparatoria jesuita de Guadalajara del Instituto de Ciencias, conservo el recuerdo de discípulos brillantes y de mentores cuya huella penetró hasta la médula. El siguiente paso fue la cátedra en mi Alma Máter, época de reafirmación académica y momento de replantearse un proyecto de vida. Decidí por entonces “dar con mis naves al través”, como lo hizo Hernán Cortés, y acepté una beca para cursar el doctorado en Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad de Nueva York en Stony Brook. Partí armada de dos mil dólares, producto de la venta de mi coche, una maleta con algunos libros de cabecera y un diccionario bilingüe, para lo que pudiera ofrecerse. Con aquellas inocentes armas llegué a una universidad cuya biblioteca contaba, por entonces, con un acervo de más de un millón doscientos mil ejemplares. Posteriormente vino la beca para escribir mi tesis doctoral en el Trinity College de Hartford, fundado en 1823 como la segunda universidad más antigua de Connecticut, después de Yale. Llegó la época de los frutos maduros en la Universidad Católica de Saint Joseph, concebida en 1932 por las hermanas irlandesas de la Misericordia, fue la primera institución de artes liberales para mujeres en Hartford. Ahí floreció mi carrera docente y académica. Me desempeño como profesora titular de lenguas extranjeras y directora del Departamento de Cultura, Artes y Lenguas. Mi mayor satisfacción en Estados Unidos es la oportunidad de educar a estudiantes hispanas de la primera generación familiar que asiste a la Universidad. A ellas les inculco perseguir sus sueños, por más desafiantes que parezcan. Cualquier meta es factible con tenacidad y paciencia. Me enorgullece la publicación de la versión revisada de mi tesis doctoral, “Octavio Paz, una mirada al nuevo milenio: ensayos en tormo a la modernidad”, la cual obtuvo Mención Honorífica en el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas de CONACULTA. Mi carrera me ha permitido publicar numerosos ensayos sobre literatura latinoamericana y ser traductora de poesía. He viajado a congresos internacionales en Chile, Perú, Estados Unidos y México. Me encanta venir a la FIL Guadalajara, donde participé en el simposio de Literatura de Mujeres de América Latina, organizado por Martha Cerda, tuve el privilegio de presentar a José Emilio Pacheco y mi propio libro. Actualmente estoy preparando la versión en inglés de mi obra sobre Octavio Paz y comienzo a planear el retorno a Ítaca, para, con suerte, concluir la novela “Nosotras”, abrazar cada mañana a mi madre, a mis ahijados, a todos los miembros de mi familia, especialmente, a Sofía Paola, mi sobrina y mi orgullo, quien no tengo duda será una mujer tapatía que dejará huella. Aspiro a ser su preceptora espontánea, como recomienda Sor Juana en su “Respuesta”: que las mujeres se eduquen unas a otras”.

Desde nogales. La sonorense supo echar raíces en nuestro Estado y dejar huella con sus obras.

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