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Martes, 12 de Diciembre 2017

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Culpable o no

Culpable o no

Culpable o no

Mi madre veía una serie de televisión, allá por los años sesenta del siglo pasado, en la que el personaje principal era un médico, el Doctor Kimble, que, acusado de un crimen que no cometió (el asesinato de su esposa) debía huir de pueblo en pueblo, ocultar su identidad y sobrevivir mediante toda clase de empleos temporales, en el intento de encontrar al verdadero culpable y rehabilitar su nombre. La serie alcanzó los 120 capítulos y fue tan notoria que marcó a más de una generación. Vaya: el mismísimo Harrison Ford encabezó un remake en formato de película ya en los años noventa y con bastante éxito. Pero bueno, acá el punto es que el arquetipo del inocente que es condenado por cosas que no hizo está bastante arraigado alrededor del mundo y, cuando es utilizado como argumento para discutir temas ríspidos de la vida cotidiana, suele encontrar legiones de partidarios en todas las clases sociales (sin ir más lejos, hace unos días oí hablar de la historia de un sujeto que lleva diez años preso injustamente, a decir de quien lo comentaba, y todo porque en un control carretero le encontraron suficiente “vegetal verde” en la cajuela del automóvil como para adormecer a media California… Pero ese es otro tema).

Quizá por ello, porque tanto la ficción como nuestra corrupta realidad nos han dado a lo largo de los años muestras abundantes de culpabilidades fabricadas, es por lo que algunos piensan mal de las víctimas que denuncian a sus agresores. Pienso en las reacciones que se han producido en torno a la catarata de señalamientos y quejas sobre el comportamiento acosador y violento de algunos directores, actores y productores de Hollywood, entre ellos Harvey Weinstein y Kevin Spacey, dos peces muy gordos en la laguna del cine comercial. ¿En qué han consistido esas reacciones? En que, si bien miles o millones de personas se han horrorizado por los hechos que han salido a la luz, otros tantos parecen entender que todo se trata de “manipulación”, “amarillismo” y ganas de llamar la atención por parte de las víctimas, a las que les refriegan en la cara su condición de “presuntas”. Pero, me temo, lo que suele suceder es exactamente lo contrario. Nadie que no sea un orate exhuma un caso doloroso después de quince o treinta años para que los reflectores lo iluminen. No. Eso sucede cuando algún impulso o malestar íntimo se vuelve tan agudo que obliga a quien lo padece a revelar aquello que por tanto tiempo mantuvo oculto.

Queda claro que no hay un modo simple de afrontar este tema. Cuando han pasado años, las evidencias físicas no existen y si tampoco hay testigos materiales, lo probable es que los tribunales no puedan condenar a ningún acusado o que éste consiga evadirse con una pena menor. ¿Qué queda? Pues señalar públicamente a los responsables e intentar que, como ha sucedido con Weinstein y Spacey, la condena social cumpla la función que el sistema legal se ve impedido de llevar a cabo. Pero aquí es donde comienza el problema. ¿Cómo tener la seguridad de que una denuncia sin pruebas y sin testigos es real, con todos los matices y agravantes del caso? No hay respuesta clara e inequívoca. Cuando se suceden los testimonios y se configura un patrón sostenido, resulta mucho más improbable la teoría de la falsedad. ¿Y cuando no? Una denuncia defendida por una sola persona puede tener apariencia menos categórica, quizá, pero no tiene por qué no ser verdadera.

Me temo que lo que nos queda, antes de linchar a unos o descalificar y revictimizar a los otros, es analizar, escuchar, procurar que se indague cada caso en la esfera que corresponda: familiar, escolar, laboral, policiaca o jurídica si toca. Y tomar con seriedad, siempre, las denuncias.

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