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Lunes, 12 de Noviembre 2018

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Crónica chimuela

Por: Paty Blue

Crónica chimuela

Crónica chimuela

¡Cañas, señito! ¿Quiere una? ¡Ándele, se la doy barata, ya para terminarlas, me quedan nomás tres! Están bien tiernas, recién cortadas… Como tal vez imaginó que su pregón me había llegado al corazón, el andariego anciano detuvo su destartalado carrito frente a mí, y sustrajo un lozano ejemplar para que pudiera yo apreciarlo más de cerca, tal vez con la esperanza de que cediera a su sentida petición y le extendiera la mano para darle los 10 pesos que solicitaba, una verdadera ganga.

Y siguió con sus requiebros comerciales, quien quita y con su insistencia doblegaría mi resistencia y me haría yo de una vara de ésas que en mis mozos años devoraba con fruición, sentada en el batiente de mi casa, chupándome hasta los codos para no perder ni una gota de aquel jugo dulce y exquisito que al primer mordisco escurría por doquier, hasta dejar el bagazo como peluca setentera.

Lo que nunca imaginó el empeñoso viejecito fue que con su mercancía estaba desatándome el recuerdo de una infancia plácida y amorosa que con tan poco se daba por satisfecha, pero también me estaba revolcando las remembranzas de unos dientes fuertes que con salvaje temeridad por igual se encajaban en un elote, un pedazo de turrón, una manzana acaramelada ensartada en un palito o sobre la cáscara de una caña para retirarla a mordiscos.

Mejor ni acordarse, porque me entra un serio agüite, del insuperable ejercicio al que en esos remotos años mis incisivos fueron sometidos a rigor con aquel birote salado requetebién dorado (de ése que ahora ya no hacen), de las corcholatas que retiré con la sola intervención de mis infantiles mandíbulas que por igual operaban sobre cualquier botella cuyo tapón no cedía a la pericia manual. Y pensar que ahora hasta un simple hilo se me resiste a ser cercenado a la manera más tradicional, caray.

Según la apreciación de los sucesivos profesionales de muelas a los que he recurrido, y no obstante las sonoras recomendaciones de Chabelo, nunca fui muy aplicada para asimilar aquello de que los dientes de arriba se cepillan hacia abajo, los de abajo hacia arriba y las muelitas hay que limpiar con un movimiento circular, por lo que más pronto de lo que hubiera querido comencé a enfrentar las consecuencias. No me extraña tal veredicto, porque lo mismo me ha reiterado el ortopedista que, como nunca aprendí a caminar, ni a sentarme ni a mantenerme de pie en la posición correcta, el esqueleto se me fue desvencijando.

Muy bueno sería que la popular leyenda del ratoncito Pérez (como llaman en varios países al mexicano ratón de los dientes), tuviera un par de secuelas que alentaran  nuestras ilusiones odontológicas, porque si  ya intervino una vez, para llevarse uno por uno mis primeros incisivos a cambio de unas monedas, qué fabuloso sería que algunos años después regresara por los segundos, retribuyéndome la entrega con dineros suficientes para estrenarme unos postizos que me permitieran masticar con esa solvencia que demanda mi empedernida glotonería. O dar cuenta de la deliciosa palanqueta de cacahuate que llevo media hora insistiéndole para que tome camino con rumbo al esófago. Lo siento por quienes se ponen de modo para que les dé mordida.

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