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Domingo, 17 de Noviembre 2019
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Buena cara al mal tiempo

Por: Paty Blue

Mercedes y Chrysler 20 años después

Mercedes y Chrysler 20 años después

Abusando de su generosidad, pido encarecidamente disculpen mi supina e imperdonable ignorancia, pero hasta hace relativamente poco tiempo, tal como me pasó con el gluten, la quinoa, la fenilalanina y el veganismo que permanecieron y me mantuvieron en el oscurantismo, me enteré de lo que es y significa la resiliencia, esa palabreja que en mis ayeres jamás escuché y hasta el mismo procesador de textos de mi compu hasta la fecha desconoce, subraya con rojo y no ofrece ni el más remoto sinónimo.

Al hurgar en la red y según lo define la Real Academia Española, el término refiere a la capacidad que el ser humano desarrolla frente a la adversidad y encuentra la manera de sobreponerse a ella, echando mano de recursos propios y tal vez hasta desconocidos. Tal definición, sin ánimo de entrar en vericuetos más profundos y significativos, me remite a una infinidad de vivencias y circunstancias que me revelan como una chiquilla, luego adolescente, después joven y ya como mujer madura que ha pasado la vida ejercitando su propia e ignota resiliencia, sin haber tenido siquiera conciencia de su relevante significado.

Solo así me explico que, siendo apenas una candorosa infante, haya sido capaz de sobreponerme a tormentos tales como portar obligatoriamente un uniforme con falda negra de casimir, en plenos veranos tapatíos, amansando unos zapatos Canadá que duraban hasta que mis ajadas extremidades cambiaban de talla, y todavía mis mayores se tomaban la molestia de mandarlos a remendar y ponerles medias suelas.

De ninguna manera deseo trivializar ni faltarle al respeto al concepto utilizado para enfatizar la habilidad de crecerse ante el infortunio y hasta sacar ventaja de la coyuntura, pero celebro que nunca se hayan visto sujetos a la crueldad de una maestra que amenazaba con coserme la boca si no paraba de hablar, y yo se la dejé bien cosida con la composición que el miedo me hizo redactar y por la que obtuve el 10 más sufrido de mi naciente vida académica.

Sin detenerme en el ocioso recuento de las desdichas enfrentadas con mis mejores arrestos, y de las que he conseguido hasta salir con ganancia, aterrizaré en mi actual circunstancia cuando, habiendo luchado contra situaciones desfavorables que varias veces me han hecho probar el sabor del fracaso y me han colocado al borde del abismo, no me he dado por vencida y, con el resiliente ánimo de reconciliarme con la tecnología que me ha hecho pasar tantas y tan frecuentes vergüenzas, resolví acudir a un centro especializado para contratar un plan de telefonía celular, con todo y su indescifrable armatoste que ni instructivo trae, con tal de no permitir que la autoestima se me siga hundiendo y no encuentre ya manera de rescatarla.

Por todos los frentes he sido advertida de que me he convertido en víctima de mi propia desidia y mi ominosa pereza mental para integrarme a los signos de mis tiempos, así que desde hoy he comenzado a picotear al cachivache para descifrar sus funciones. Por el momento, y sin saber ni dónde le piqué, encendí la lámpara que aprendí a apagar por instrucciones del vecinillo de al lado, así que ai la llevo, sin duda alentada por el testimonio de la resiliencia más rezumada que me ofreció la chica que me atendió en el expendio especializado y quien llegó, se fue, regresó, subió y bajó escaleras en tres ocasiones para allegarme el catálogo de teléfonos, las muestras en físico, el contrato del operativo y mi flamante equipo, con una amabilidad, paciencia y sonrisa que yo no habría podido desplegar si me viera, como ella, haciendo tanta diligencia montada en unos tacones descomunales.

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