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Martes, 23 de Octubre 2018

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* Presencias… o ausencias

Por: Jaime García Elías

* Presencias… o ausencias

* Presencias… o ausencias

Sin dramatismos: Guadalajara y Atlas, una vez más, rindieron tributo a la lógica; perdieron sus partidos del fin de semana porque Monterrey, en un caso, y América, en el otro, demostraron sobre la cancha lo que ya se sospechaba: que son mejores que sus adversarios en turno.

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Lo de las “Chivas” encaja a la perfección en la declaración que hizo Matías Almeyda hace unas semanas, cuando arrancaba el Torneo de Clausura y comenzó a temerse que no resultara tan bonancible como seguramente deseaban sus simpatizantes…

Dicha declaración no necesariamente implicaba ningún descubrimiento portentoso: al expresar que el Guadalajara tiene “buenos jugadores” —una verdad indiscutible— y que en el campeonato participan equipos que tienen “grandes jugadores” —otra verdad irrebatible—, no incurría en ningún complejo de inferioridad, sino en la conciencia, fundada en hechos objetivos, evidentes, de la superioridad de otros elencos.

Tan elemental —diría Sherlock Holmes— como eso. Tan honesto como eso.

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En el partido del sábado, el resultado fue, sin más, la consecuencia lógica de los aciertos de los atacantes del Monterrey, en confrontación directa con los desaciertos de los atacantes rojiblancos. Al margen de la bizarría con que el Guadalajara quiso tomar la iniciativa y poner al rival de espaldas contra la lona, los “grandes jugadores” (Funes Mori, Pabón, Avilés Hurtado…) pesaron más, puestos en la balanza, que los “buenos jugadores” (Pizarro, Pulido, Cisneros, López…).

Y no es cuestión de culpar de nada a las presencias de Marín y Salcido o a las ausencias de Pereira y Alanís. Es cuestión de aceptar una verdad de Perogrullo: “Entre lo bueno y lo mejor, lo normal es que esto último prevalezca”.

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En el caso del Atlas, por lo consiguiente…

Era ilusorio —por no decir que ingenuo… o tonto, de plano— suponer que la simple incorporación de Rubén Omar Romano en el puente de mando transformara en una maravillosa máquina de jugar futbol al equipo que en las tres primeras jornadas del certamen había rendido tributo a sus propias dudas y carencias.

Bastante hizo el pelotón rojinegro con salir del Estadio Azteca con una derrota mínima. Sin jugar por nota; sin ser sino una sombra de lo que en teoría debería de ser, por los nombres de sus jugadores, el América ganó con una claridad que, como ciertos espejos retrovisores, el marcador reflejó apenas en mínima proporción.

Así de simple.

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