Era frecuente, cuando Don Gabriel Covarrubias Ibarra ejerció como presidente municipal de Guadalajara, verlo deambular, en las tardes, por los portales o por cualquiera de las plazas que circundan el edificio de la Presidencia. Lo hacía, de ordinario, acompañado por su jefe de prensa (Humberto Atilano) o por algún otro colaborador; no por “guaruras”… Era común que los ciudadanos lo reconocieran, lo saludaran o le plantearan algún asunto que eventualmente podría resolverse más fácilmente con su mediación.–Es la mejor manera de conocer la ciudad y las necesidades de sus habitantes –decía–: platicando con la gente.-II-Cuando acudía a las colonias, a entregar algunas obras –parques y jardines rehabilitados, principalmente–, era frecuente que obviara los discursos y optara por una amable recomendación:–Ustedes lo solicitaron, y aquí lo tienen. Ahora viene lo más importante: úsenlo… y cuídenlo, porque no es mío: es de ustedes.Le tocó en suerte ser alcalde de Guadalajara cuando se cumplieron 450 años de su fundación. Entre las obras que en ese tiempo se pusieron a disposición de los tapatíos se cuentan la rehabilitación y el equipamiento del entonces muy venido a menos Parque Agua Azul, el estacionamiento subterráneo y el nuevo jardín frente al Templo Expiatorio… Le tocó, también, vivir, aunque ya no como alcalde, el trauma de las explosiones en el Sector Reforma. Cuando se le designó para presidir el patronato que aplicaría en beneficio de las víctimas los fondos aportados por Pemex, se le preguntó si no era una ironía grosera que, en vez de ahondar en las investigaciones y apuntar las responsabilidades a donde correspondiera, la paraestatal, solapada por las autoridades encargadas de hacer justicia, quedara como benefactora de los damnificados.–Es probable –admitió–; sin embargo, a mí no me encomendaron investigar, sino repartir el dinero para atenuar el daño que en su persona o en su patrimonio resintieron muchos inocentes. Y eso es lo que pretendo hacer lo mejor posible. -III-Las finanzas eran su fuerte. Se hablaba de tú con los números. De ahí su inclinación a meter tijera a la solicitud de fondos presupuestales de algunos de sus colaboradores.–Ustedes –les decía– quieren gastar el dinero del pueblo como si no fuera pecado.La imagen que dejó, en los cargos que desempeñó en el sector empresarial, en el bancario y como funcionario público, fue –¿rara avis?– la de un hombre de bien, preocupado por el bienestar de sus semejantes.Descanse en paz.