Rostros deformados, ojos sin vida y expresiones congeladas en una mueca perturbadora: durante casi tres años, Homero McDonald Chávez reunió dos mil 830 muñecas para construir un universo de terror. Algunas llegaron deterioradas; otras fueron intervenidas para deformar sus facciones, alterar sus expresiones y acentuar su apariencia siniestra.Cuatro personas se encargaron de caracterizar una por una las muñecas que dan vida al inquietante universo de “La isla de las muñecas”, película mexicana de terror que llegará a las salas de cine este 15 de octubre. A través de un trabajo minucioso, cada juguete fue transformado en una figura de plástico con miradas inmóviles, capaz de evocar una presencia perturbadora. Cada pieza cumplió un propósito específico: recrear, con elementos reales, la atmósfera siniestra de este escenario inspirado en una historia real.La cinta representa el debut de McDonald Chávez como director de largometraje, después de una trayectoria dedicada a la producción cinematográfica. Inspirada en la leyenda de “la Isla de las Muñecas”, ubicada en Xochimilco, la historia sigue a cuatro jóvenes que llegan al lugar para investigar los acontecimientos sobrenaturales que, según los relatos populares, ocurren entre sus árboles y canales. Su visita termina por convertirse en una lucha por sobrevivir.Aunque la intención inicial era filmar en la isla original, el director encontró un obstáculo: sus dimensiones eran demasiado reducidas para las necesidades de la producción. “Es un lugar muy pequeño. Entonces le dije al distribuidor: ‘¿Sabes qué? No hay espacio para hacer una película ahí’. Me respondió: ‘Bueno, pues recrea una isla’”, recuerda McDonald Chávez en entrevista con EL INFORMADOR.Aquella decisión dio comienzo a una preparación que se extendió durante años. El equipo comenzó a recolectar muñecas y a transformarlas para construir un escenario que conservara la apariencia deteriorada del sitio original. El director buscaba que los actores interactuaran con objetos auténticos y que la cámara registrara materiales reales durante la filmación.“Me di a la tarea de reunir, y no es publicidad, casi durante tres años, dos mil 830 muñecas y caracterizarlas una por una. Estuvieron cuatro personas trabajando para deformar sus caras, maquillarlas y prepararlas”, explica. Además de dirigir, McDonald Chávez escribió y produjo la película, lo que significó asumir responsabilidades diferentes de las que había desempeñado en proyectos anteriores. Como productor, explica, su trabajo consistía en facilitar las decisiones creativas de otros realizadores. En esta ocasión, tuvo que defender sus propias ideas frente al equipo y definir la apariencia que buscaba para cada escena.“Todo el mundo está atento a lo que quieres y a cómo lo quieres. Evidentemente, también tuve problemas porque, como director primerizo, el director de fotografía quería imponer su visión. Pero yo, desde que escribí la película, tenía muy claro lo que buscaba”, cuenta.“Como productor tienes que respetar las ideas de los demás realizadores. Como director tienes que definir tu propio estilo y preguntarte: ‘¿Estaré haciendo bien las cosas o estaré haciendo mal?’”, reflexiona.Con el estreno previsto para el próximo 15 de octubre, el cineasta reconoce que su principal preocupación es la respuesta del público. McDonald Chávez asegura que intenta enfrentar esa incertidumbre con una actitud cercana a la filosofía estoica: concentrarse en aquello que puede controlar y aceptar lo que queda fuera de sus decisiones.Su primer largometraje representa el resultado de años de preparación, decisiones creativas y dificultades técnicas. En el centro de esa experiencia están más de dos mil muñecas que reunió durante casi tres años y que ahora forman parte de una historia concebida para trasladar al cine una de las leyendas más inquietantes de Xochimilco. El guion de la cinta toma como punto de partida la leyenda de Don Julián Santana, quien, según la tradición popular, encontró el cuerpo de una niña ahogada en los canales de Xochimilco. Desde aquel encuentro, los llantos que decía escuchar lo llevaron a colgar muñecas entre los árboles, con la esperanza de apaciguar al espíritu que creía que rondaba el lugar. A partir de esta historia, Homero McDonald Chávez construye un relato de terror sobrenatural en el que incorpora nuevos personajes y acontecimientos para explorar los misterios que envuelven a la inquietante isla.“Básicamente, lo que hice fue basarme en la leyenda y recrear la historia. Claro que incorporamos elementos de ficción, porque la leyenda por sí sola cuenta que Julián encuentra el cuerpo de una niña, pero no dice qué pasa con ese cuerpo”, señala.En su versión aparece Cleo, una niña sacrificada por una secta, cuyo espíritu permanece ligado a la isla. Décadas después, cuatro jóvenes desembarcan para investigar lo ocurrido. Entre ellos se encuentra un periodista escéptico de los fenómenos paranormales, acompañado por personajes que mantienen distintas creencias y temores frente a lo inexplicable.El director buscó aprovechar el aislamiento geográfico como recurso narrativo. Rodeados de agua, los protagonistas descubren que abandonar la isla resulta imposible, circunstancia que incrementa su vulnerabilidad ante los acontecimientos que comienzan a experimentar.“Eso responde a una de las convenciones del terror: los personajes quedan atrapados en un lugar del que no pueden escapar. Porque si pueden salir rápidamente de la isla, se termina el terror”, explica. En un momento en que la inteligencia artificial abre nuevas posibilidades para crear imágenes y escenarios, Homero McDonald Chávez apostó por lo tangible: muñecas reales, maquillaje y caracterización artesanal. Una decisión estética con la que buscó construir una atmósfera de terror a partir de elementos físicos, capaces de aportar textura y presencia al universo de su película. “Le apostamos a hacer algo natural, porque creo que eso le da mayor dramatismo. En una película te das cuenta cuando algo está hecho con inteligencia artificial”, considera.Para el cineasta, la presencia material de las muñecas contribuye a construir una atmósfera creíble, especialmente ante un público joven acostumbrado a consumir producciones de terror y a reconocer diferentes recursos digitales.“Creo que utilizar objetos reales le da autenticidad. Sobre todo porque el público joven consume mucho cine de terror y, si ve algo que parece generado con inteligencia artificial, puede perder el interés”, comenta.Sin embargo, trabajar con escenarios y efectos físicos también multiplicó las dificultades durante el rodaje. El equipo enfrentó lluvias, vehículos atascados en el lodo, problemas para trasladar equipos eléctricos y complicaciones para acceder a la locación.“Nunca pensé que fuera tan complicado. De hecho, estuvo conmigo un maestro del Centro de Capacitación Cinematográfica que lleva 20 años haciendo películas y me dijo: ‘Esta es la película más complicada que me ha tocado’”, recuerda.El acceso a la isla requería aproximadamente media hora de traslado. Según el director, el cuerpo de agua alcanzaba los 18 metros de profundidad, por lo que fue necesario contar con buzos para garantizar la seguridad de quienes cruzaban, incluidos los actores.Las secuencias con fuego representaron otro desafío. Para filmar el incendio de una choza, la producción necesitó la presencia de bomberos y personal de Protección Civil, debido al riesgo de que las llamas se extendieran hacia la vegetación.“Nos llovía, los camiones se atascaban y para llegar a la isla tardábamos media hora. Si alguien necesitaba ir al baño, tenía que salir de la isla y después regresar. Teníamos que contar con buzos cada vez que alguien cruzaba”, relata.Entre mosquitos, lodo y dificultades técnicas, el director reconoce que la experiencia superó cualquier previsión que hubiera hecho durante la escritura del guion.“Me dijeron: ‘Después de esta película, todas las demás que hagas se te van a hacer sencillas’. Y yo creo que sí”, comenta. CT