Martes, 06 de Octubre 2026

Detrás de 'ECHO': el trabajo que sostiene la magia de Cirque du Soleil

Lo que por la noche deberá parecer sencillo exige, durante el día, repetición, fuerza y una precisión casi matemática

Por: Fausto Salcedo

Detrás de las funciones de “ECHO”, Cirque du Soleil mantiene una pequeña ciudad en funcionamiento. EL INFORMADOR/J. Acosta

Detrás de las funciones de “ECHO”, Cirque du Soleil mantiene una pequeña ciudad en funcionamiento. EL INFORMADOR/J. Acosta

Sobre el escenario todavía no hay espectadores, pero los cuerpos ya vuelan. Un hombre impulsa a otro por los aires; varios acróbatas calculan dónde colocar las manos para recibir a un compañero que cae desde varios metros de altura; alguien repite un salto y vuelve a colocarse en posición. Alrededor, otros estiran las piernas, fortalecen los brazos o esperan su turno. Lo que por la noche deberá parecer sencillo exige, durante el día, repetición, fuerza y una precisión casi matemática.

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Detrás de las funciones de “ECHO”, Cirque du Soleil mantiene una pequeña ciudad en funcionamiento. Técnicos, acróbatas, músicos, entrenadores, vestuaristas y responsables de maquillaje ocupan un espacio que el público difícilmente llegará a conocer. Mientras unos comprueban que las luces respondan como deben, otros revisan estructuras, acomodan vestuarios o practican movimientos que unas horas después tendrán que ejecutar frente a cientos de personas.

Guadalajara se prepara para recibir este jueves la primera función de “ECHO”, una producción que está cerca de cumplir cuatro años desde su creación. Para los artistas, sin embargo, la proximidad de una fecha inaugural no significa disminuir el trabajo. En las horas previas al espectáculo se mantiene una rutina que acompaña a la compañía de una ciudad a otra. Los técnicos realizan lo que el equipo denomina “validación”. Cada nuevo destino obliga a comprobar nuevamente el montaje: las condiciones del espacio cambian, los equipos deben responder y las luces necesitan ajustarse a los artistas.

EL INFORMADOR/J. Acosta 
EL INFORMADOR/J. Acosta 


Alrededor de 40 técnicos viajan con la producción y trabajan en iluminación, sonido, carpintería, utilería y los diferentes mecanismos que hacen posible la función. Su éxito consiste, en buena medida, en pasar inadvertidos. Cuando “ECHO” comienza, la maquinaria debe desaparecer ante los ojos del espectador. A unos metros, los acróbatas hacen exactamente lo contrario: preparan sus cuerpos para ser vistos. La musculatura de hombres y mujeres permite comprender parte de las exigencias del espectáculo incluso antes de verlos ejecutar un número. Espaldas, brazos, piernas y abdomen tienen la definición de figuras esculpidas. Parecen estatuas griegas que de pronto han comenzado a moverse. Después saltan y la comparación deja de ser suficiente.

Durante los entrenamientos se lanzan unos a otros, giran en el aire, se sostienen con los brazos y ensayan piruetas que desafían por segundos la gravedad. Lo extraordinario aparece dentro de una rutina repetida tantas veces que el cuerpo parece haber aprendido a orientarse en el aire con la misma naturalidad con la que alguien más camina. Uno de esos entrenamientos corresponde al Human Cradle, disciplina en la que los artistas prescinden de una estructura para impulsarse: son los propios cuerpos los que sirven de soporte para lanzar y recibir a sus compañeros. Cerca se encuentra el espacio destinado a otros aparatos. Ahí permanecen estáticos; durante la función, algunos se desplazarán sobre el escenario. Nada de eso puede improvisarse.

 EL INFORMADOR/J. Acosta
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Vivir dentro del circo

Iana Lebedeva conoce bien esa rutina. Ha formado parte de “ECHO” prácticamente desde su creación y participa en distintos números. Después de casi cuatro años, ha perdido la cuenta de las funciones acumuladas. “El tiempo pasa muy rápido y, para ser sincera, cada función es un poco especial. Nunca es exactamente igual. Para mí el tiempo ha pasado tan rápido que ni siquiera me había dado cuenta de la cantidad de funciones que hemos hecho”, cuenta. Su jornada permite dimensionar lo que existe antes de cada presentación. Lebedeva suele llegar alrededor del mediodía y salir cerca de la medianoche. No son 12 horas continuas de acrobacias, pero buena parte de ese periodo está relacionada con la preparación: ensayos, acondicionamiento físico, estiramientos, ajustes técnicos y entrenamiento.

“Pasamos aquí alrededor del 90 por ciento de nuestro tiempo. Normalmente llego cerca de las 12 del día y nos vamos alrededor de las 12 de la noche. Pasamos prácticamente todo el día aquí”, explica.

Lebedeva participa en varios actos, entre ellos números grupales, trabajo en pole, wall harness y un número de respaldo en dúo. Cada modificación, por pequeña que parezca, debe ensayarse. Si cambia un truco, hay que probarlo; si se modifica un movimiento, se repite; si intervienen sonido o mecanismos automatizados, el entrenamiento pasa al escenario para coordinar todos los elementos. El cuerpo también tiene que acostumbrarse a viajar.

 EL INFORMADOR/J. Acosta
 EL INFORMADOR/J. Acosta

“Tenemos que mantener el mismo nivel de trabajo y de técnica día tras día. Hacemos muchísimas funciones y estamos en diferentes ciudades. Cada ciudad tiene condiciones distintas; por ejemplo, cambia la altitud. Tenemos que adaptarnos y continuar con el espectáculo, pero al mismo tiempo debemos ajustar nuestro cuerpo, nuestro entrenamiento y nuestras condiciones”, señala.

Para ella, llegar a Cirque du Soleil había sido un sueño. Permanecer exige algo adicional a la capacidad acrobática. “No basta con hacer los trucos o dominar la parte técnica; también necesitas ser un poco actor, porque todos interpretamos un papel, un personaje dentro del espectáculo. Necesitas mostrárselo al público y no limitarte a ejecutar la técnica y los trucos”.

Vestir un cuerpo que vuela

Mientras los acróbatas entrenan, en otra parte del recinto el movimiento tiene una escala mucho más pequeña. Manos trabajan sobre telas, costuras y piezas que después acompañarán los saltos. El vestuario también tiene que soportar aquello que hacen los cuerpos. “ECHO” viaja con 53 artistas y alrededor de mil piezas de vestuario. La cantidad responde a que algunos intérpretes representan distintos personajes y a que, cuando existen varias funciones en un mismo día, pueden requerirse hasta tres copias de un traje.

 EL INFORMADOR/J. Acosta
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Todo se fabrica en Montreal. Las telas comienzan blancas y posteriormente son teñidas, impresas y transformadas. Zapatos, prendas, pelucas y máscaras forman parte de un proceso en el que la apariencia está estrechamente relacionada con la seguridad.

A cada artista se le toman 177 medidas. También se realiza un escaneo de su cabeza que permite producir una réplica en tres dimensiones. Sobre ese modelo se trabajan máscaras y pelucas para que cada elemento corresponda con precisión a quien deberá utilizarlo. Una máscara mal ajustada no representa únicamente un problema estético: tiene que permanecer en su sitio cuando alguien gira, corre o se lanza por los aires.

El maquillaje añade otra tarea a la preparación. Los propios artistas se encargan de maquillarse y pueden tardar entre 20 minutos y dos horas. Sólo quienes llevan pintura corporal reciben mayor asistencia del equipo. En medio de esa actividad aparece también una mexicana. Danira Quintana es una de los dos acróbatas nacionales de “ECHO”. Quintana participa en suspensión capilar, interpreta a una Firefly y funciona además como respaldo en otros actos. Lleva cerca de dos años viajando con la producción. Incluso la música tiene que estar preparada para reaccionar a lo que suceda.

En “ECHO”, la banda permanece visible sobre el escenario durante las dos horas de la función. Sus integrantes tocan instrumentos, cantan y representan las sombras de aquello que ocurre a su alrededor. Las máscaras negras que utilizan contrastan con el blanco de los animales que aparecen en la puesta. La música es en vivo por una razón práctica: ningún salto puede garantizarse idéntico al anterior. Un acróbata puede adelantarse, retrasarse o necesitar un instante adicional. Los músicos se comunican para modificar la ejecución y acompañar lo que realmente está ocurriendo ante ellos. Todo termina conectado.

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Horas antes de la apertura en Guadalajara, esa coordinación todavía se está construyendo frente a los ojos: una costurera trabaja sobre un traje mientras un acróbata vuelve a elevarse; los técnicos observan las luces; alguien estira sobre el suelo; otro espera para ser lanzado; los músicos preparan sus instrumentos. Cada departamento atiende una fracción distinta de un mecanismo que por la noche deberá funcionar como uno solo. Entonces llegará el público y buena parte de ese trabajo desaparecerá.

Las costuras quedarán ocultas dentro de los personajes. Los meses y años de acondicionamiento se reducirán a unos segundos en el aire. Los técnicos procurarán que nadie repare en ellos. Los músicos seguirán cada salto sin interrumpir la ilusión. Detrás de “ECHO”, antes de que se abra el escenario, la magia tiene una apariencia menos misteriosa: cuerpos exhaustivamente entrenados, manos que cosen, luces que se prueban una y otra vez y decenas de personas trabajando para que, cuando llegue el momento, todo parezca suceder sin esfuerzo. 

JM

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