Dedicó su vida a lo que más amaba: a las manchas de color de los pinceles, la tiza de los lápices, el trazo en el papel y el humor y la crítica que dejó en los incontables dibujos, caricaturas y cartones que, como un reguero de creatividad, concibió sin descanso. Rodolfo Caloca, uno de los artistas gráficos más importantes de nuestro estado, falleció en Guadalajara, dejando una historia de vida dibujada, contada en cada uno de los cartones, pinturas, retratos y viñetas que nos dejó.Caloca fue una pieza importante de esta casa editorial, pues, a lo largo de tres décadas, fue el encargado de crear los cartones editoriales de EL INFORMADOR (de 1976 al 2007), dándole identidad gráfica, humor y crítica al diario, y dejando así un legado inmarcesible que trascendió la simple página impresa. Su mirada artística, a lo largo de casi medio siglo, atravesó desde sucesos políticos internacionales hasta desavenencias y desencantos locales, y así como era capaz de plasmar crítica y comedia en un cartón sin otro recurso más que el lápiz, también era un pintor avezado que con sus pinceles creó sus propias versiones de obras maestras. Caloca pintó sus Dalí y sus Rembrandt, a sus hijos y a su esposa, y los últimos años de su vida, una vez se retiró del periodismo, se dedicó por entero a lo que más le gustaba y que había hecho desde siempre: dibujar y pintar.Atlista empedernido, tapatío por corazón, por decisión y por vida —nació en Ciudad de México en 1939—, Caloca llegó a Guadalajara junto a su madre, luego del fallecimiento del padre. En las incertidumbres de la juventud quiso dedicarse a la arquitectura, pero fue una profesión que no le convenció el corazón. No obstante, el arte del dibujo, que también es un componente importante de la arquitectura, sí se quedó para no irse nunca.Fue su propio arte innegable el que le abrió las puertas: sus primeros cartones aparecieron en El Sol de Guadalajara, luego de simplemente enviarlos por correo, y aquello se volvió recurrente, aunque no recibió un peso por ellos.Su historia cambió cuando se unió a EL INFORMADOR en la década de los 70, entonces encabezado por don Jorge Álvarez del Castillo, que en primera instancia no se dejó sorprender por el arte de Caloca.El cartonista no la tuvo fácil: el primer encargo que don Jorge le encomendó fue un cartón editorial que no pasó la prueba. "Casi me agarra a patadas y me corre", recordó Caloca entre risas, en una entrevista concedida a esta casa editorial en 1996. Pero no desistió. Cinco meses y cien dibujos después de prueba y error, don Jorge Álvarez del Castillo quedó convencido de su labor y de su arte; le dedicó a Caloca una mirada de satisfacción, y así inició una historia que no terminaría sino hasta tres décadas más tarde. "¿Ya ve?", le dijo el director de EL INFORMADOR al entonces artista en eclosión, "¿Qué le costaba?".Rodolfo Caloca diría después que fue así como creció profesional y artísticamente. La directriz de don Jorge no cambió a lo largo de los años: señalar, pero nunca ofender, y eso fue lo que el artista hizo en cada uno de sus trazos.Ser cartonista en un páramo tan inclemente como el periodismo también tuvo sus retos: Caloca lidió con felicitaciones, malentendidos, corajes de políticos renuentes a la crítica y hasta amenazas de fanáticos de partidos contrarios, pues el artista jamás escondió su afición rojinegra, que él consideraba "total y absoluta". Ni en sus momentos más complicados Caloca dejó de hacer lo que amaba.En agosto de 1999, un derrame cerebral lo apartó de sus labores en el periódico: en menos de cuatro meses ya se había sobrepuesto de los altibajos del cuerpo, y para noviembre se le veía de nuevo, dibujando sin descanso, en la redacción de EL INFORMADOR. En la vida del caricaturista, como en todas, hay satisfacciones y penas, llegó a decir Caloca."Cuando se habla con la verdad, hay satisfacciones", confesó el artista. "Cuando se dice lo que es necesario decir, hay penas mezcladas con satisfacciones, pero son más éstas últimas". La marca identitaria de Caloca fue un perrito, acompañado de su firma. El artista fue reconocido en vida. Su obra fue expuesta en numerosas ocasiones en la Cámara de Comercio; en 2007 recibió el "Despertador Americano" del Premio Jalisco de Periodismo y, por supuesto, su labor como cartonista oficial de esta casa editorial no podía quedarse fuera de las celebraciones del primer centenario de EL INFORMADOR.En 2017, el arte que Caloca dibujó a lo largo de 30 años fue aplaudido en la exposición "La época de Caloca en los 100 años de EL INFORMADOR", que tuvo lugar en el Museo de la Radio y la Televisión del Palacio de la Cultura y la Comunicación (PALCCO). Su arte también fue contemplado por otras miradas en otros rincones del mundo. Las caricaturas de Rodolfo Caloca fueron llevadas a exposiciones en Sevilla y Madrid, particularmente las que hizo en temáticas internacionales, lo que demostró que era mucho más que un artista local que dibujaba las tragicomedias de Guadalajara.En aquel entonces, en 2017, el cartonista compartió que su esposa le preguntaba cuándo es que iba a dejar de pintar, cuándo iba a dejar los dibujos, esa insistencia por los colores, las plumas, los pinceles y los lápices. La respuesta de Caloca fue contundente: "Cuando me muera".Mantente al día con las noticias, únete a nuestro canal de WhatsAppFF