En su reciente viaje apostólico a España, el Papa León XIV, en su alocución del 6 de junio en Madrid, dijo que en las pruebas y en los fracasos es posible replantearnos la vida, y como ejemplo mencionó que Ignacio de Loyola “tuvo esa audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos”, por lo que su “crisis se transformó en gracia”. Un año antes, el 3 de julio de 2025, en sus intenciones del mes, el mismo pontífice -también en clara referencia al santo de Loyola- invitaba a orar para aprender a discernir y a “saber elegir caminos de vida” y a rechazar todo lo que aleje “de Cristo y del Evangelio”. Hace varios días la Iglesia celebró la liturgia en memoria de san Ignacio, quien a través de un camino de profunda introspección personal y de ubicación de su realidad e historia, fue aprendiendo a identificar y distinguir los pensamientos y mociones suscitadas en su mente y corazón para poder elegir las rutas que en su vida le fueron dando libertad para responder con gratitud y gratuidad a las invitaciones cariñosas de Dios en su vida, logrando así una comunión de deseos con el Señor. En una de las contemplaciones que san Ignacio propone en la segunda semana de sus Ejercicios Espirituales, se invita a contemplar cómo el Dios trinitario mira toda “la planicie y redondez de todo el mundo” llena de seres humanos, “unos en paz y otros en guerra”, unos “llorando, otros riendo”, y cómo al mirar cómo hay personas que se van perdiendo a sí mismas, la Trinidad decide hacer “redención del género humano” a través del misterio de la Encarnación del Verbo. Hoy, nuevamente se nos invita a “mirar” al mundo, a nuestro mundo, sí, lleno de vida, pero también con mucho dolor, rencor e injusticia. Ignacio de Loyola invitaría a fundir nuestra mirada del mundo con la de Dios, mirada llena de cariño, para decidirnos a colaborar en su permanente proyecto de redención. CT