Martes, 29 de Septiembre 2026

"El dios hambriento" se alimentaba del poder

Enrique Serna convierte la rivalidad entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel en una novela sobre el hambre de poder, el honor y la supervivencia

Por: El Informador

El escritor aborda a Nezahualcóyotl y Tlacaélel desde sus contradicciones humanas. CORTESÍA

El escritor aborda a Nezahualcóyotl y Tlacaélel desde sus contradicciones humanas. CORTESÍA

Nezahualcóyotl ha sobrevivido durante siglos convertido en rey poeta. Su nombre está asociado con los cantos, la filosofía y el esplendor de Texcoco; su rostro incluso circula todos los días entre millones de mexicanos impreso en los billetes de cien pesos. Tlacaélel, por su parte, permanece ligado al crecimiento militar y político de los mexicas y a la transformación que antecedió al establecimiento de la Triple Alianza.

El problema para Enrique Serna comenzaba precisamente ahí: ¿Cómo escribir una novela sobre seres humanos cuando la historia los ha entregado convertidos en personajes monumentales?

“Yo creo que la mitificación o la idealización tiende a deshumanizar a los personajes. Entonces yo quise que esos personajes de piedra se convirtieran en personajes de carne y hueso”, explica el escritor mexicano en entrevista con EL INFORMADOR.

Ese propósito atraviesa “El dios hambriento”, su nueva novela histórica publicada por Alfaguara. A lo largo de más de 600 páginas, Serna retrocede hasta el siglo XV, varias décadas antes de la llegada de Hernán Cortés, cuando el mapa político del centro de México atravesaba una transformación que terminaría por colocar a los mexicas al frente de uno de los poderes dominantes de Mesoamérica.

La historia comienza alrededor de 1430. Los mexicas y los acolhuas han conseguido derrotar a sus enemigos tepanecas, pero la alianza que permitió aquella victoria contiene sus propias fracturas. En el centro de ellas aparecen Nezahualcóyotl y Tlacaélel, dos hombres vinculados por la política y enfrentados por sus ideas, sus ambiciones y una serie de agravios que Serna utiliza para construir una intriga en la que el poder también atraviesa las relaciones íntimas.

Uno de los puntos de partida surgió de un episodio que llamó particularmente la atención del novelista durante su investigación. Después de que Nezahualcóyotl y los mexicas derrotaran a los usurpadores del reino que había pertenecido al padre del poeta, Tlacaélel exigió la realización de una guerra ficticia entre los dos pueblos vencedores. El resultado debía dejar establecida públicamente la superioridad mexica. Serna encontró ahí una pregunta.

“Los escritores antiguos y los modernos coinciden en que debió haber sufrido bastante con esta humillación que se tuvo que tragar. Entonces mi novela nace de la pregunta: bueno, ¿y por qué, si él era un aliado fiel de los mexicas, lo humillaron de esta manera?, ¿por qué le dieron este golpe tan duro a su honor militar? ¿Había un agravio que se querían cobrar los mexicas? La historia documentaba el acontecimiento. La ficción podía preguntarse qué había detrás”.

Lo que la historia dejó en silencio

Para escribir “El dios hambriento”, Serna se enfrentó además a una dificultad particular: reconstruir una sociedad cuyos testimonios escritos disponibles fueron recogidos, interpretados o conservados en buena medida después de la Conquista. Parte de la información procede de los trabajos realizados por evangelizadores a partir de códices que todavía existían durante los primeros años del periodo colonial y de testimonios transmitidos por los ancianos de distintas comunidades. 

Los documentos pueden registrar guerras, alianzas, sucesiones, conquistas y disputas políticas. Difícilmente pueden responder cómo experimentaba una persona el enamoramiento, qué resentimiento guardaba después de una humillación, cómo hablaba en privado con su familia o qué contradicciones atravesaban sus decisiones. Ahí comienza, para Serna, el trabajo del novelista.

“Esas son las únicas fuentes que hay y, a partir de ahí, es como se ha tratado de hacer la historia”, señala Serna. Trabajé dentro de esas limitaciones. Pero encontré también un territorio donde la literatura podía intervenir. Un novelista tiene que hacer suyos a los personajes históricos, porque se trata de hacer una exploración profunda de sus motivaciones, de aspectos de su vida privada de los que no dicen nada los historiadores; por ejemplo, cuál es su manera de amar, su relación con las mujeres”.

Es precisamente en esas “zonas oscuras” dejadas por los historiadores donde Serna tuvo que imaginar. “Yo lo que hice fue tratar de lograr una identificación lo más profunda posible con el personaje, al estilo de los médiums que tratan de invocar a los muertos”.

Antes de convertirse en estatua

Serna decidió encontrarse con Nezahualcóyotl antes de que los siglos terminaran de fabricar al personaje histórico que conocemos. En las primeras páginas de la novela tiene alrededor de 27 o 28 años. Todavía está lejos de la imagen solemne del gobernante y poeta que quedaría fijada en la memoria mexicana.

“Yo lo retrato un poco al principio de la novela como una especie de artista bohemio, que creo que pudo serlo, sobre todo a esa edad. Impulsivo. Él tiene una evolución a lo largo de mi novela: pasa del idealismo al pragmatismo y tiene que hacer una serie de claudicaciones para finalmente recuperar su reino”.

El rey poeta adquiere así contradicciones. Puede escribir sobre la fragilidad de la existencia y participar al mismo tiempo en las luchas por el poder. Puede desconfiar de la ideología religiosa dominante y necesitar negociar con quienes la utilizan como instrumento político.

Serna encontró en sus cantos otra vía para imaginarlo, y encontró incluso un eco de esas preguntas muchos siglos después en la poesía mexicana. “Nezahualcóyotl era un poeta hasta cierto punto blasfemo. Para empezar, no creía en Huitzilopochtli, creía en Ometéotl, el dios de la dualidad, que es como el creador de todos los dioses, y le reprochaba que fuera indiferente al destino de los mortales y que los hubiera traído al mundo a sufrir. Es algo que hizo también, curiosamente, en el siglo XX José Gorostiza en ‘Muerte sin fin’”.

Dos maneras de entender el mundo

La rivalidad entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel le permitió al escritor enfrentar dos concepciones distintas del poder. Por un lado aparece la ideología militar y religiosa vinculada con la expansión mexica, en la que la guerra y el sacrificio ocupan un lugar central. Por otro, Serna identifica en la tradición poética relacionada con Nezahualcóyotl una sensibilidad más escéptica frente a esas certezas religiosas. La idea comenzó a tomar forma también a partir de una lectura de Miguel León-Portilla.

“Un comentario de Miguel León-Portilla hace una analogía entre la Alemania nazi y el imperio mexica, en el sentido de que en ambos casos, junto a una ideología de conquistadores que predicaban el odio al que fuera distinto, existió una filosofía más humanista y más idealista. Y de ahí surgió también la idea de personificar ambas tendencias”.

La fascinación de Serna por el mundo mexica comenzó mucho antes de esta novela. Desde la infancia le producía una mezcla difícil de separar entre admiración y morbo. Por una parte estaban la arquitectura, la escultura, la cerámica y una ciudad levantada sobre un sistema lacustre; por otra, una sociedad donde la guerra, los sacrificios y la muerte tenían una presencia que puede resultar perturbadora para una sensibilidad contemporánea.

“Yo creo que el imperio mexica equivale, digamos, a la Edad Media de los europeos, una época en donde el pensamiento mágico era casi como el sentido común. Sobre todo esta paradoja de un pueblo que era capaz de crear belleza con una sensibilidad extraordinaria para la arquitectura, la cerámica, la escultura, etcétera, y que al mismo tiempo tenía esta vertiente atroz del desprecio por la vida humana del enemigo”.

Había otra distancia que Enrique Serna necesitaba resolver antes de entrar en la intimidad de sus personajes: la lengua. Nezahualcóyotl, Tlacaélel y quienes habitan “El dios hambriento” no pensaban en español. El escritor debía hacerlos hablar en una lengua que el lector contemporáneo pudiera comprender sin borrar por completo el mundo lingüístico al que pertenecían.

Durante la preparación de la novela, Serna estudió náhuatl durante un año. Su propósito no era alcanzar un dominio completo de la lengua, sino comprender sus etimologías y acercarse al significado contenido en las palabras. “El náhuatl es una lengua aglutinante, similar en esto al japonés, en donde casi todas las palabras son compuestas. Por eso creo que tiene una gran riqueza metafórica”.

El problema que encontró después era literario. Por primera vez en su trayectoria estaba escribiendo una novela protagonizada por personajes que hablaban una lengua distinta de la suya.

Para explicarlo, Serna piensa en algunos antecedentes de la novela histórica.

“Esto es algo parecido a lo que han hecho, por ejemplo, en la literatura inglesa Robert Graves, cuando escribió ‘Yo, Claudio’, donde los personajes del Imperio romano hablan en inglés, o lo que hizo Marguerite Yourcenar en ‘Memorias de Adriano’, en donde los romanos hablan en francés. El español mexicano contemporáneo y el náhuatl no son lenguas divorciadas. Se han fecundado mutuamente a lo largo de varios siglos. Lo que yo traté de hacer fue que mis personajes se expresaran en un español emparentado con el náhuatl, destacando sobre todo las palabras del náhuatl que han pasado a nuestro léxico de cada día. Cuando hay una palabra en náhuatl procuro que el contexto la explique. Y espero que eso no les resulte demasiado complicado a los lectores”.

El momento de abandonar a los personajes

Después de las fuentes, el estudio del náhuatl y las correcciones provocadas por nuevos hallazgos, llegó un momento en que la investigación ya no podía modificar el destino de los personajes. Serna había alcanzado el final. No fue un desenlace especialmente luminoso. Tampoco intentó modificarlo para concederles a sus personajes una salida más amable.

“Yo pensé que era el final adecuado. Es un final trágico, un poco triste quizá”, medita. “Me parecía que era el final que estaba pidiendo la historia”.

La frase también describe la libertad que Serna se permitió durante la escritura de “El dios hambriento”. Había comenzado con hechos históricos, dos escaletas y personajes cuyos nombres llevaban siglos inscritos en la historia de México. Pero ninguno podía permanecer inmóvil.

La investigación podía obligarlo a retroceder. Una situación podía apartarlo del plan. Un personaje inexistente en el proyecto inicial podía reclamar páginas. Y un poeta convertido con los siglos en monumento podía volver a tener 27 años, actuar por impulso, equivocarse y descubrir que recuperar un reino también exigía renunciar a una parte de aquello en lo que alguna vez había creído. Era, finalmente, la condición que Serna se había impuesto desde el principio: sacar a sus personajes de la piedra y devolverlos, mediante la ficción, a la incertidumbre de estar vivos.

CT

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