El humo del incienso abrió el camino y el sonido de las caracolas anunció el paso de una procesión poco habitual. En las calles de La Paz, dos mujeres aimaras avanzaron con vasijas donde ardía carbón, mientras detrás de ellas otros sabios hacían sonar grandes caracolas. Más atrás, protegidos dentro de urnas y sobre bases acolchadas, viajaban varios cráneos humanos.Eran las llamadas ñatitas, protagonistas de una tradición boliviana dedicada a los difuntos que cada noviembre transforma la relación con la muerte en un encuentro entre quienes están vivos y quienes ya partieron. La procesión formó parte de Ajayu: encuentro de almas y tradiciones 2026, una actividad organizada por la empresa estatal Mi Teleférico para acercar al público a las prácticas espirituales de la cultura aimara.El recorrido comenzó cerca de la antigua estación de ferrocarriles de La Paz, donde actualmente funciona una de las principales terminales del teleférico. Allí, el paisaje urbano contemporáneo se convirtió por un momento en escenario de una tradición cuya raíz se remonta mucho más atrás que las celebraciones católicas de noviembre.La escena también anticipó una de las fechas más singulares del calendario paceño. Cada 8 de noviembre, decenas de personas acuden al Cementerio General de La Paz para celebrar a las ñatitas, cráneos que son adornados con flores y, en algunos casos, reciben cigarrillos, música, hojas de coca, bebidas y oraciones.Los protagonistas espirituales de la procesión fueron los amautas, término de origen aimara que suele traducirse como “sabios”. Dentro de estas tradiciones, son personas vinculadas con conocimientos ancestrales, rituales y formas de interpretar la relación entre las comunidades, la naturaleza y el mundo espiritual.En la cosmovisión andina, el ajayu —el alma o fuerza vital de una persona— ocupa un lugar importante en la relación entre los vivos y los muertos. Los amautas participan en ceremonias destinadas a establecer o mantener ese vínculo mediante elementos rituales como el incienso, las ofrendas, las palabras y determinados objetos simbólicos.Durante el desfile, las vasijas con carbón e incienso cumplen un papel representativo y una función en el ritual, El humo forma parte de distintas ceremonias andinas y acompaña las ofrendas y peticiones dirigidas a las entidades y fuerzas que forman parte de esta visión del mundo.Las caracolas, por su parte, aportaron otro elemento sonoro al recorrido. El sonido de estos instrumentos ha formado parte de ceremonias y prácticas rituales andinas y, en el contexto de la procesión, marcó el avance de quienes llevaban consigo a las ñatitas.La celebración de las ñatitas está vinculada con una concepción de la muerte distinta de aquella que entiende el fallecimiento como una ruptura absoluta con los vivos. En esta tradición, los muertos pueden continuar formando parte de la vida cotidiana de sus familias y comunidades.El presidente del Consejo Nacional de Amautas, Sergio Chura, explicó que tanto la devoción a las ñatitas como la costumbre de esperar durante noviembre la visita de las almas tienen un carácter ancestral. También relacionó estas prácticas con el ciclo agrícola de siembra y lluvias.Esta conexión ayuda a entender por qué las celebraciones de los difuntos ocurren precisamente durante este periodo. La muerte, la renovación y la fertilidad no aparecen como conceptos completamente separados, sino como partes de un ciclo en el que la comunidad busca mantener la continuidad entre generaciones y favorecer la abundancia.El amauta Juan Carlos Ballón relacionó además la tradición con los antiguos chulpares, construcciones funerarias andinas donde se depositaban los restos de los muertos. Según su explicación, comunidades prehispánicas acudían a estos espacios para realizar ofrendas y pedir abundancia y fertilidad.Desde esta perspectiva, las ñatitas además de ser un recuerdo importante para las familias, para quienes participan en la tradición, representan una presencia con la que es posible establecer una relación de reciprocidad.Uno de los conceptos que ayuda a comprender esta relación es el ayni, principio aimara de reciprocidad. La idea puede resumirse como una lógica de intercambio, es decir, ayudar, entregar o compartir con otro bajo la expectativa de que esa relación se mantenga y pueda ser correspondida.Oscar Arteaga, uno de los participantes de la celebración, explicó que tiene más de 200 ñatitas en casa. Para el desfile llevó únicamente cuatro, a las que ha dado los nombres de José, María, René y Martina.Arteaga describió a estas ñatitas como “traviesas” y celosas y explicó que su relación con ellas está basada en el ayni. Por esa razón, no considera que los rezos cristianos formen parte de la tradición original con la que él se relaciona con los cráneos.Su postura revela una de las características más complejas de las tradiciones andinas contemporáneas, allí no existe una única forma de practicar el culto a los muertos. A lo largo de los siglos, las creencias indígenas han convivido, entrado en tensión y también se han mezclado con elementos introducidos por el cristianismo.Priscila Vargas, otra participante, posee 22 ñatitas y describe su convivencia con ellas como una relación similar al trato cotidiano con una persona viva.Según su testimonio, cada cráneo tiene un “don” particular, Vargas afirma que las ñatitas pueden aparecer en sus sueños y advertirle cuando considera que algo malo podría suceder. Para mantener el vínculo, les ofrece aquello que, según ella, disfruta cada una respectivamente, flores, cigarrillos, hojas de coca o alguna bebida.Estas prácticas forman parte de un sistema simbólico en el que las ofrendas expresan cuidado, respeto y reciprocidad. Las flores pueden acompañar la celebración y el recuerdo, la coca tiene una profunda presencia ritual en los Andes, mientras que los cigarrillos y las bebidas forman parte de las ofrendas que algunos devotos realizan a sus ñatitas.La relación también tiene una dimensión profundamente personal. Los nombres, las historias y las características atribuidas a cada cráneo convierten a las ñatitas en figuras particulares dentro de las familias que las conservan.La celebración de las ñatitas ocurre una semana después de Todos los Santos, otra fecha fundamental para comprender el calendario de los difuntos en Bolivia.Según la tradición, las almas de los fallecidos regresan al mundo de los vivos al mediodía del 1 de noviembre. Las familias preparan entonces altares especiales con alimentos y bebidas para recibirlas y compartir simbólicamente con ellas. Al día siguiente, los familiares despiden a las almas mediante rezos y otras prácticas rituales. La celebración de las ñatitas prolonga ese vínculo y ofrece una forma distinta de relacionarse con los muertos, esta vez a través de cráneos que son considerados protectores y compañeros.El calendario muestra así una convivencia entre diferentes capas culturales. La festividad católica de Todos los Santos se encuentra con concepciones andinas anteriores a la llegada de los europeos, generando prácticas que hoy forman parte de la identidad cultural de distintos sectores de Bolivia.El desfile de La Paz no fue solamente una procesión de cráneos. Fue una representación pública de una manera particular de comprender la muerte, en la que recordar a los fallecidos no implica necesariamente separarlos de la vida cotidiana.Las ñatitas condensan esa idea. Son restos humanos, pero para sus devotos también son interlocutoras, protectoras y parte de una red de reciprocidad. Las flores, la música, el humo, la coca, las bebidas y los cigarrillos funcionan como gestos destinados a mantener vivo ese vínculo.La tradición también evidencia que la cultura no permanece intacta ni se desarrolla de manera aislada. Las prácticas indígenas de los Andes han atravesado siglos de transformaciones, contacto con otras religiones y cambios sociales, pero algunas de sus ideas centrales continúan presentes en las celebraciones contemporáneas.En las calles de La Paz, las ñatitas volvieron a desfilar este año rodeadas de humo de incienso y sonidos de caracola. Para quienes las llevaron, no eran simplemente objetos procedentes del pasado: eran parte de una relación que continúa en el presente.Y quizá allí reside el significado cultural más profundo de la celebración. Frente a una concepción de la muerte como final definitivo, esta tradición propone otra posibilidad: recordar a los muertos no solo mediante la memoria, sino mediante una convivencia simbólica en la que vivos y difuntos continúan intercambiando cuidados, favores y afectos.Con información de EFE.TG