Domingo, 30 de Agosto 2026

Evangelio de hoy: “Eso no puede pasarte a ti”

Jesús nos recuerda que su vía es la vía del amor, y no existe el verdadero amor sin sacrificio de sí mismo

Por: Dinámica pastoral UNIVA

"El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga". WIKIPEDIA/“El prendimiento de Cristo”, de Caravaggio

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Jeremίas 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
fuiste más fuerte que yo y me venciste.
He sido el hazmerreír de todos;
día tras día se burlan de mí.
Desde que comencé a hablar,
he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción.
Por anunciar la palabra del Señor,
me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día.
He llegado a decirme: "Ya no me acordaré del Señor
ni hablaré más en su nombre".
Pero había en mí como un fuego ardiente,
encerrado en mis huesos;
yo me esforzaba por contenerlo y no podía.

SEGUNDA LECTURA

Romanos 12, 1-2

Hermanos: Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. No se dejen transformar por los criterios de este mundo; sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

EVANGELIO

Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!"

Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras''.

“Eso no puede pasarte a ti”

Las palabras de Pedro a Jesús nacen del cariño y admiración que siente por su maestro y amigo. ¿Cuántas veces no han salido palabras semejantes, aunque casi siempre en pasado, cuando consideramos que alguien muy querido ha sufrido una injusticia? ¿Cuántas veces no las hemos pensado, aunque no nos atrevamos a decirlas en voz alta, al mirar a personas que sufren condenas por alguna falta, que son socialmente discriminadas; que pierden, por cualquier razón, justificada o no, su buena fama ante las demás? Son palabras que suponen inmunidad que nosotros o las personas que apreciamos disfrutamos, cuando, en realidad, se niega para la mayor parte de las personas. Simplemente no vemos esto.

En el tiempo de Jesús, la crucifixión no era un suplicio poco común. Varo, gobernador romano, crucificó 2000 judíos en Jerusalén, y Flavio Josefo habla de 500 diarios en tiempos de Tito. ¿Por qué no crucificar a Jesús, que podía ser tomado como agitador, no sólo por lo que hacía y provocaba en su pueblo, sino también por la prisa de los romanos en eliminar a cualquier sospechoso, si no era ciudadano romano? Y con la cruz, también venía la maldición: puesto que esto te ha pasado, seguramente en algo erraste el camino y es tu error lo que estás pagando. Así pasa ahora con los desaparecidos y ajusticiados, y también pasaba entonces.

Las palabras de Pedro, que intentaban separar y dar inmunidad a Jesús de esa suerte, lo estaban separando en realidad de tantas personas que sufrían o podían sufrir (el mismo Pedro, por cierto) el mismo suplicio y deshonra. ¿No es entonces pensar como los hombres y no como Dios, suponer que Dios y su Ungido quisiesen separarse de esos hijos e hijas, así como lo queremos nosotros, sus hermanos, para evitarnos sufrir su mismo descrédito o condena? Sí, Pedro, piensas como los hombres, que buscamos un refugio a la deshonra y al castigo, sin ver quién queda fuera de tal protección. No piensas como Dios, que en su amor prefiere sufrir la suerte de sus hijos e hijas, con tal de no abandonarles en tan terrible situación. ¿Y nosotros, cómo pensamos hoy?

Pedro Antonio Reyes Linares, SJ - ITESO

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