Muere Rodolfo Caloca: El caricaturista que dibujó hasta el final
Durante más de tres décadas, sus trazos acompañaron a los lectores de EL INFORMADOR en donde hizo del cartón una manera de observar la realidad, señalar sus contradicciones y provocar una sonrisa
“Mi esposa me pregunta que cuándo voy a dejar de pintar y yo le respondo que cuando me muera”.
Rodolfo Caloca lo decía con la naturalidad de quien había encontrado en un lápiz, una pluma o un pincel mucho más que una profesión. Dibujar era su manera de vivir. Y así lo hizo durante décadas, hasta convertirse en una de las figuras representativas del cartón editorial en Jalisco.
Caloca falleció ayer en Guadalajara, la ciudad que lo recibió desde joven y en la que desarrolló buena parte de una trayectoria ligada estrechamente a EL INFORMADOR, casa editorial en la que colaboró durante más de 30 años, de 1976 a 2007.
Nacido el 29 de diciembre de 1939 en la Ciudad de México, encontró desde temprano en el dibujo una vocación. La vida, sin embargo, lo llevó a Guadalajara después de la muerte de su padre, cuando Rodolfo tenía 13 años. Junto con su madre encontró en la Perla Tapatía un nuevo hogar.
Antes de que la caricatura se convirtiera en su oficio, había pensado en la arquitectura. Ese camino no se concretó, pero permaneció aquello que ambas disciplinas compartían: el dibujo. El lápiz, la pluma y posteriormente la acuarela terminaron por convertirse en compañeros inseparables.
Sus primeros acercamientos profesionales con la creatividad ocurrieron en el Museo Nacional de Antropología e Historia y después en “Cine Mundial”, un diario de la Ciudad de México. La publicación de sus primeros cartones fue motivo de alegría, aunque aquellos trabajos iniciales ni siquiera fueron remunerados. Después vendría el periodismo jalisciense.
Trabajó primero en El Sol de Guadalajara y posteriormente llegó a EL INFORMADOR, donde comenzó una relación profesional que se extendería durante tres décadas y marcaría una época dentro de las páginas del periódico.
Aprender a señalar sin ofender
Caloca recordaba particularmente a don Jorge Álvarez del Castillo, quien tuvo un papel fundamental en su desarrollo como cartonista editorial. La transición no fue inmediata.
“Hacía yo cartones deportivos, después él me dijo: ‘hágame un cartón para la página editorial’, pues se lo hice, y me respondió: ‘¿Usted cree que yo voy a publicar eso?’”.
El ejercicio se repitió durante semanas. Caloca calculaba que realizó cerca de un centenar de intentos antes de recibir finalmente la aprobación: “Ya ve, qué le costaba”.
De aquella enseñanza conservaría también una máxima sobre la responsabilidad del cartón político: señalar, pero nunca ofender.
Con esa premisa desarrolló durante años una mirada propia sobre la política, la sociedad y los acontecimientos cotidianos. Su trabajo encontró en el humor y la crítica una forma distinta de contar las noticias: una imagen podía condensar aquello que a veces requería columnas enteras de palabras.
Sus cartones tenían, además, un sello inconfundible. Junto a su firma aparecía frecuentemente un pequeño perro, personaje que terminó por convertirse en una especie de acompañante gráfico del propio Caloca.
Pero su creatividad no terminó en las páginas editoriales.
Caloca fue también impulsor de PINGO, sección de EL INFORMADOR dirigida al público infantil, y mantuvo una relación permanente con la pintura.
Después de retirarse del ejercicio cotidiano del periodismo siguió dibujando y pintando desde su casa. Los paisajes observados durante viajes familiares por Europa aparecieron en sus lienzos, al igual que sus interpretaciones de grandes obras de la historia del arte.
Pintó sus propias versiones de “Las Meninas” y realizó cuadros inspirados en artistas como Salvador Dalí y Rembrandt. En las paredes de su hogar convivían también las pinturas de su esposa y sus hijos.
El arte nunca fue, para él, un asunto limitado a la profesión.
También el futbol terminó entrando en su vida a través del dibujo. Después de realizar cartones deportivos comenzó a interesarse cada vez más por este deporte. Una visita al Estadio Jalisco junto con su esposa terminó por definir sus colores: se hizo aficionado del Atlas.
En su vida personal, Caloca compartió décadas junto a su esposa, Elena, y formó una familia con sus cinco hijos: Judith, Elenita, Carlos, Tere y Adriana.
El trazo de una época
En 2007 recibió el “Despertador Americano” del Premio Jalisco de Periodismo, reconocimiento a una trayectoria construida principalmente desde las páginas de EL INFORMADOR.
Años después, su obra fue recuperada en la exposición “La época de Caloca en los 100 años de EL INFORMADOR”, una compilación de buena parte de su ejercicio gráfico y periodístico.
Para él, aquel reconocimiento tenía un significado especial.
“Duré colaborando en EL INFORMADOR durante más de 30 años, fue la época más hermosa que pudo haber para mí… Era muy especial”, recordó entonces.
Su trabajo también formó parte de exposiciones organizadas por la Cámara de Comercio y recibió la influencia de otros grandes exponentes de la caricatura. Sin embargo, Caloca entendía el aprendizaje como un ejercicio permanente y colectivo.
“No hay mejor maestro que el que se tiene al lado”, decía.
Y quizá esa frase explica buena parte de su trayectoria: observar, aprender y continuar dibujando.
Rodolfo Caloca perteneció a una generación de cartonistas para quienes el humor gráfico era también una forma de periodismo. Durante más de tres décadas sus dibujos dialogaron diariamente con las noticias y con los lectores de EL INFORMADOR.
El lápiz le permitió opinar, cuestionar, ironizar y retratar una época.
Cuando hablaba de su retiro del periodismo, Caloca dejaba claro que retirarse del periódico nunca significó retirarse del arte. Siguió frente al papel y los lienzos porque pintar no era solamente aquello que hacía: era parte de quien era.
Por eso, aquella respuesta que daba a su esposa adquiere hoy una dimensión distinta.
“¿Cuándo voy a dejar de pintar? Cuando me muera”.