Werner y una Presidenta sin dilemas
El economista Alejandro Werner publicó este lunes un blog en el Peterson Institute for International Economics titulado “Tras de dos años, hacia dónde se dirige México con Claudia Sheinbaum” (After two years, where is Mexico heading under President Sheinbaum). El planteamiento que el ex subsecretario de Hacienda hace del rumbo económico en este sexenio me provoca al menos dos reflexiones.
Tras reconocer que el país crece muy poco y que se han debilitado instituciones clave, el autor subraya que, a pesar de que los fundamentos de la economía se deterioran lentamente, no hay alertas rojas en el panorama. “El escenario más posible de aquí al 2030”, señala, “es más de lo mismo: bajo crecimiento, redistribución del ingreso, estabilidad fiscal, sin una reforma estructural”.
Este párrafo del texto me parece particularmente rescatable: “En la política económica, es difícil prever un cambio drástico de rumbo durante lo que resta del sexenio. La redistribución del ingreso usando el presupuesto y el aumento del salario ejercen presión sobre las finanzas públicas y la competitividad. No obstante, el Gobierno considera que los beneficios económicos y políticos de esta estrategia superan sus costos. Sin embargo, si el acceso a los mercados se restringiera, podrían producirse dos posibles reacciones: primero, la instrumentación de una ambiciosa reforma fiscal y un giro hacia políticas más favorables al mercado; y segundo, un viraje hacia la heterodoxia, caracterizado por la represión financiera, controles de capital y una mayor inflación como métodos preferidos para manejar un escenario macroeconómico complicado”.
Werner plantea (esta lectura es mía) que tenemos una Presidenta que ha renunciado a la audacia. Si alguien quiere refrasear esto y decirlo en términos de que Sheinbaum actúa de manera cautelosamente responsable, adelante. El caso es que el experto no duda en calificar de estrategia ganadora el no hacer mucho más de lo visto hasta ahora para terminar sin mayor agobio el sexenio.
“Este equilibrio de corto plazo”, escribe Werner en traducción libre, “pospone los desafíos de México hasta la llegada del próximo gobierno. Sin embargo, podría romperse debido a un choque externo -ya sea financiero o derivado de decisiones de política-, muy probablemente originado por la política comercial de Estados Unidos. También podría verse sacudido por una caída repentina de la producción petrolera mexicana o por un choque político interno derivado de divisiones dentro de la coalición gobernante”.
No ver señales de audacia en el Gobierno de Sheinbaum no significa automáticamente algo malo. Sería un sexenio gris, pero al menos no funesto. Y, en todo caso, un golpe súbito de origen externo o interno podría cambiar ese escenario.
Y es ahí donde el autor plantea, como se citó líneas arriba, que la Presidenta tendría el dilema de decidirse por políticas más amigables con el mercado o tomar una deriva heterodoxa. Me inclino a pensar que no hay dilema, que ya sabemos la respuesta a esa eventual duda.
La falta de impulso en la economía, dice Werner, se debe al deterioro del Estado de derecho, la incertidumbre sobre el acceso preferencial al mercado de Estados Unidos y al aumento de costos laborales. Es decir, a dos situaciones autoinfligidas y una que llegó de Washington.
Claudia Sheinbaum no ha visto en sus dos primeros años, a pesar de llamados de analistas independientes (incluso cercanos a su movimiento), razón alguna para repensar la tragedia del Poder Judicial, la utilidad de reguladores independientes y menos la de los contrapesos.
¿Cómo saber si la Presidenta hará lo que plantea Werner (no testear nada y dejar el paquete al que sigue)? Pero de lo que sí tenemos bastantes elementos es de que prefiere seguir la ruta no amigable con el mercado: no hay un solo signo de que lamente la reforma judicial llena de trampas y desprecio a jueces de carrera, ni de que entienda que la corrupción de Morena afecta el ambiente de negocios.
Alguien decía que hay que hacer cambios cuando no hay problemas, que qué mérito intentarlos en la crisis. Para ser justos, Sheinbaum heredó una cajota de problemas. Pero de que ella es coautora de parte de la desconfianza de inversionistas, qué duda cabe.
Tras leer el texto de Werner, me resigno a que tendremos un sexenio económicamente anodino, un periodo en el que la Presidenta no se atrevió. No es un mal escenario. Porque, aunado a la inoperancia de la mayor parte de su gabinete, a todos nos conviene que siga la cabeza fría que resiste sin atreverse a innovar, que gobierna sin eficiencia y más bien solo administrando los costos de sus ineficiencias.