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¿Te gusta el jazz?

Desde nuestro nacimiento hasta que la naturaleza nos separa del seno familiar, las personas vivimos en conflicto. Lo hay en la juventud y, ya mayores, al competir por los recursos económicos y las oportunidades de desarrollo profesional.

Finalmente, lo hay cuando, llegados a la tercera edad, nuestra capacidad de adaptación a los cambios -tanto culturales como tecnológicos- dificulta el entendimiento con las generaciones subsecuentes. De suerte que, siendo la crisis la constante, su resultado puede ser o no la armonía -la paz concertada-, aceptando que una sociedad armónica no sería una sociedad donde todos piensan igual; no desaparecen el desacuerdo, los intereses contrapuestos ni las resistencias recíprocas. 

Cuando escuchamos la palabra “armonía”, inmediatamente vine a nuestra mente una idea de quietud o de tranquilidad que frecuentemente asociamos con la música. El término tiene que ver, además, con el estado de ánimo que nos invade después de superar un conflicto o un contratiempo; así decimos, “se restableció la armonía”. Lo entendemos como un logro y ciertamente lo es. No solo eso, la armonía no consiste en eliminar las diferencias o las tensiones, sino en encontrar la justa relación entre ellas como parte de un todo.

Volviendo a la metáfora de la música, podríamos decir que la armonía social no implica que todos toquemos la misma nota, sino que todos podamos tocar notas diferentes sin dejar de hacer música juntos. Una sociedad saludable necesita cierta disonancia; la crítica, la protesta y la oposición política: eso es lo que nos permite evolucionar. De ahí la preocupación de que la presidente y el grupo gobernante quieran imponer partituras cuya interpretación solo requiere de músicos sin espíritu y un director autoritario. Ese, y no otro, es el objetivo de la “ley del silencio” promovida para eliminar las opiniones de quienes no piensan como ellos.

En lo personal, me agrada el jazz. El jazz es un espacio de libertad para dar cauce a la creatividad individual que exige escuchar y respetar al “otro”. Un buen músico de jazz no solo tolera la libertad del solista: contribuye a que esa libertad sea posible en un tiempo y espacio determinados. Parafraseando la idea, podríamos decir que la civilidad -hacer buena música- es la capacidad para armonizar las diferencias y tensiones de quienes pertenecen a un todo común. Los países, como las personas, requieren para lograr altos niveles de desarrollo compartido, vivir en armonía.

La elección intermedia en los Estados Unidos afectará nuestra vida institucional. Las evidentes asimetrías con el imperio son de tal magnitud (¿dónde están nuestros portaviones?) que nos obligan a actuar con sensatez para construir la necesaria armonía que permita la coexistencia de aquellos a quienes el destino convirtió en vecinos. Fatalmente, los intereses económicos y la geopolítica se imponen. No es cosa de aceptar o no esa realidad. La obligación de quien dirige es salvaguardar los intereses de toda la orquesta y no solamente los de un grupo, a todas luces, discordante y desafinado.

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