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Rugido de ratón

Con una periodicidad que se asemeja mucho a lo cotidiano, la presidenta no desaprovecha ocasión para salir en defensa de la soberanía. Exclama, desde el púlpito mañanero, que nada ni nadie está por encima de las decisiones del pueblo mexicano -del que ella se asume como encarnación- y añade que aquel que osase interferirlas sufrirá las consecuencias de su atrevimiento. Pontifica y, blandiendo su brazo, convoca a los mexicanos a defender la soberanía nacional frente a nuestro villano favorito: los gringos, quienes amenazan con realizar acciones punitivas en nuestro territorio, so pretexto de que se está dañando la salud de su pueblo, dado que el Gobierno mexicano, dicen, protege a los narcotraficantes.

Para nuestro propósito, basta entender que “la soberanía radica en la capacidad de autodeterminarse, el poder de decidir sobre uno mismo”. Como salta a la vista, dar vigencia a los derechos requiere de algunas precondiciones: fuerza física, moral, legal, económica, militar, tecnológica o política.

El tema no es si tienes o no la razón, sino si estás en la posibilidad de hacerla valer. Tratando de encontrarle la cuadratura al círculo del ejercicio de ese derecho, me pregunté si las condiciones objetivas nos permitían, como es deseable, tener éxito. Antes de declarar una guerra o asumir los riesgos de una confrontación, es conveniente ponderar sus posibles resultados.

Revisando nuestra capacidad instalada para hacer valer nuestros derechos, encontré que México tiene 5 satélites artificiales en activo; Estados Unidos, 13 mil 778 -de los cuales más de 11 mil son propiedad del Sr. Elon Musk-; Rusia tiene mil 713; China, mil 582, e India, 122. No es por allí, me dije. Como soy un poco persistente, busqué los datos correspondientes a las fuerzas armadas de EU y me enteré de que tienen un Ejército, integrando la armada y la aviación, de 2.07 millones de efectivos, además de 11 portaviones gigantes, 70 submarinos nucleares, 13 mil aviones militares y cinco mil 42 ojivas nucleares. Nosotros contamos con aproximadamente 400 mil efectivos. No tenemos portaviones, cruceros, destructores ni submarinos. De ojivas nucleares, mejor ni hablamos. De la infraestructura para la guerra solo podemos decir que allí muere. Bueno, ¿y cómo andamos de centavitos? Porque la guerra cuesta. Pues resulta que el presupuesto militar en EUA es de un trillón de dólares -no tengo ni la más remota idea de cuánto es eso-, dos mil 740 millones de dólares diarios. Nuestro presupuesto país ronda los 550 mil millones de dólares, más lo que suba o baje la moneda norteamericana. Es evidente que las asimetrías son insalvables, y eso que no hemos hablado de IA y el desarrollo tecnológico.

Debemos, por lo tanto, acudir a otros instrumentos para reducir las tensiones y lograr un sano entendimiento y, ¡oh, sorpresa!, no hay otra herramienta que la política. Hay una vieja película, “Rugido de ratón”, que narra las peripecias de un pequeño país que declaró la guerra a la nación más poderosa de la Tierra (EU). La paradoja es que la ganó y, a partir de allí, se agravaron sus problemas; no nos vaya a pasar lo mismo. Moraleja: hay que hacer política… ¡mucha política!

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