Ideas

Recuerdos

Cuando era todavía muy joven, porque chico nunca fui, me entró el espíritu de las letras. Toda la vida me ha gustado leer, pero de repente decidí escribir y la primera víctima de mi afición fue Emmanuel Carballo, quien para entonces era un crítico nacionalmente respetado y tuvo conmigo una paciencia ejemplar, para suerte mía. Calculo que lo debo haber agobiado con unos poemas infames; imagínese el nivel que debo de haber tenido, que hace un par de años mis hermanas, acomodando cosas en la casa paterna, se encontraron una libreta de pasta dura que tenía como título “Libro VI para Carballo”. Por fortuna, tuvo la buena discreción de no publicar ninguno, pero me aconsejó que escribiera como hablo, lo que he hecho hasta ahora. Entre otros consejos, me dijo que, como yo era muy lector de León Felipe, fuera a verlo a México a un café al que él solía ir y que, si mal no recuerdo, era el Tupinamba; el hecho es que fui y ahí encontré al maestro, que ese día estaba con un artista apellidado Rejano, que había ilustrado un libro del poeta. Me lo regaló y fue muy amable conmigo.

Otro personaje que conocí y seguí con admiración desde muy joven fue al maestro don Antonio Gómez Robledo, que es el sujeto más inteligente que yo he conocido, un orgullo para Jalisco que este sea su origen y, que yo sepa, el único homenaje que le han hecho es un busto donde empieza la doble circulación de avenida México, mismo que queda proporcionado al sitio donde se encuentra y no como unos animales gigantescos que pusieron cerca de ahí.

Cuando el maestro venía a Guadalajara, me llamaba por teléfono y me decía que pasara por él y que le hablara a María Palomar, amiga de clara inteligencia, para que lo recogiéramos en el aeropuerto y nos fuéramos a comer pescado blanco y a tomar unos tequilas al Hotel Nido, ya desaparecido, que ahora es la presidencia municipal, o a una casa que tenían o tienen los Palomar, llamada Tipontante. Y qué decirles de las charlas del más grande internacionalista que ha dado este país, a mi juicio, además de filósofo y otras muchas cualidades.

La Universidad de Guadalajara, de donde era egresado, le otorgó el Doctorado Honoris Causa y el maestro me regaló su discurso de aceptación, que guardo con mucho cariño. Como buen sabio, no estaba solo, tenía un par de hermanos, jesuitas ambos, y sobre todo también gocé el talento del padre Nacho. A María Palomar le daba risa; decía que yo era la persona que tenía más libros de Gómez Robledo en Guadalajara.

Una vez íbamos a comer en México y me pidió que lo acompañara a la rectoría, porque la UNAM había publicado la edición bilingüe de la Ética nicomáquea y Carpizo ya sabía que don Antonio le iba a reclamar y, cuando le reclamó tres errores que traía el texto griego, este le preguntó: “¿Quién se va a fijar?”. Don Antonio le respondió: “Yo escribo para los que se fijan”.

@enrigue_zuloaga

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