La muerte de “El Mencho”
Con explicaciones genéricas, el secretario de la Defensa, general Ricardo Trevilla, describió la operación que culminó en la muerte de Nemesio Oseguera, “El Mencho”, líder del Cártel Nueva Generación. Sin adentrarse en los pormenores, reveló que las áreas de inteligencia del Ejército y de “instituciones” extranjeras —militares y de la CIA, que son con las que trabaja hace tiempo—, se dio seguimiento a su red de vínculos hasta que se dieron las condiciones para planear su detención.
Este momento llegó hace una semana, en donde una debilidad de “El Mencho”, una de sus parejas sentimentales, descubrió su escondite.
El general Trevilla reveló una pieza de inteligencia humana que dio frutos el 20 de febrero. Un hombre de confianza de una de las parejas, dijo, la llevó a las cabañas en las orillas del poblado de Tapalpa, a unos 170 kilómetros al suroeste del lago de Chapala, donde se reunió con “El Mencho” y se quedó a dormir una noche. El 21, la pareja se fue, pero obtuvieron información de que el líder de la organización estaba en ese lugar. Ese mismo día comenzó a planearse la operación para capturarlo.
“El Mencho” cometió un descuido que le había costado la libertad a otros capos de la droga. El corazón suele ser un gran enemigo para esos perfiles. Le sucedió a Joaquín “El Chapo” Guzmán en dos ocasiones, y a Alfredo Beltrán Leyva, “El Mochomo”, que al momento de su captura era el jefe de seguridad de toda la llamada Federación, que incorporaba al Cártel de Sinaloa y al de los Valencia, la placenta de lo que sería el Nueva Generación.
Con “El Chapo” Guzmán, el trabajo de inteligencia se dio desde que nacieron sus gemelas, las hijas más pequeñas que eran su adoración, que creó condiciones para que la Policía Federal detuviera a uno de los escoltas de su esposa, Emma Coronel, y lo reclutara. Como los escoltas se rotaban, esperaron dos años para que volviera a cuidarla y fue quien les dio la ubicación en Mazatlán en 2014. La segunda vez fue casi dos años después, cuando su debilidad por la actriz Kate del Castillo le abrió la puerta para una entrevista que quería realizar el actor Sean Penn, sin saber que la DEA los tenía vigilados.
Del Castillo y Penn revelaron sin saber la ubicación de “El Chapo” en la sierra, en donde comenzó una cacería de los comandos de élite de la Marina mexicana, que terminó a principios de 2016, al ser detenido en Culiacán. En la misma ciudad, pero ocho años antes, Beltrán Leyva fue ubicado tras el seguimiento de una de sus parejas sentimentales que llevó a los policías federales a un hotel donde fue detenido. “El Mencho” incurrió en el mismo error: una debilidad se convirtió en su gran vulnerabilidad.
La operación que ejecutaron las fuerzas especiales del Ejército y la Fuerza Aérea, con información de inteligencia de la recién creada Fuerza de Tareas Interinstitucional Anti Cárteles, bajo el mando del Comando Norte de Estados Unidos, que como sucedió con la CIA durante la captura de “El Chapo” o la de Rafael Caro Quintero, les entregó las coordenadas de su ubicación y junto con los drones mexicanos, les proporcionaron la capacidad de fuego que tenían los aros de protección de “El Mencho” en Tapalpa, fue impecable, por lo rápida en planearse y ejecutarse.
Pero la muerte de “El Mencho” no es sólo la caída de un capo. Es una prueba de estrés para el Estado mexicano, porque durante cerca de una década fue algo más que un objetivo prioritario. Fue el símbolo de la expansión territorial, de la sofisticación logística y del desafío abierto al monopolio de la fuerza del Estado, particularmente contra las Fuerzas Armadas, que fueron derrotadas en anteriores intentos de captura. Sus videos propagandísticos, su capacidad de fuego y su penetración municipal no eran sólo exhibicionismo criminal: eran mensajes políticos.
Que el Ejército lo haya abatido, reivincando años de agravios, abre tres planos de lectura. El primero es operativo. Matar al jefe del cártel no equivale a desmontar la organización. La experiencia mexicana es contundente: la muerte de Heriberto Lazcano, el jefe de Los Zetas en 2012, no acabó con el cártel, sino lo balcanizó. La captura de Ismael “El Mayo” Zambada en 2024 no extinguió al Cártel de Sinaloa, sino que lo fragmentó y lo reconfiguró. Menos aún en el Nueva Generación, donde el mando no parece estar en la misma tesitura que aquellas organizaciones.
El segundo plano es político. En lo que va del sexenio de la Presidenta Claudia Sheinbaum, se ha insistido que la estrategia contra la delincuencia organizada no es la confrontación frontal, sino la contención social y la disminución de homicidios. Hoy, la muerte de Oseguera tensiona ese relato. ¿Fue un giro estratégico o una excepción táctica? ¿Responde a una decisión soberana o a una presión de Estados Unidos? Probablemente, la respuesta es ambas.
El tercer plano es institucional. Un Estado fuerte no se mide sólo por su capacidad de abatir objetivos de alto valor, sino por su habilidad para judicializarlos, desmantelar redes financieras y sancionar complicidades políticas. Oseguera, como ningún otro barón criminal antes, creó una estructura empresarial con brazos en puertos, aduanas, minas, autoridades estatales y locales, controlando economías informales.
Por tanto, si el Gobierno no acompaña el golpe con una ofensiva contra la corrupción municipal y la captura de fiscalías en varios estados, el vacío lo llenará otro liderazgo, quizá más discreto y menos estridente. El éxito redondo de la operación contra “El Mencho”, que mostró la sofisticación y eficacia de las fuerzas especiales mexicanas y la utilidad que se le puede dar a la cooperación con Estados Unidos sin perder soberanía, depende de ello.
Si el Gobierno quiere convertir este episodio en un punto de inflexión, debe ir más allá del trofeo, porque personajes como Oseguera no nacen solos, sino prosperan en ecosistemas de impunidad, complicidad y miedo. El Gobierno debe demostrar que puede gobernar los territorios que el crimen convirtió en feudos, pues de lo contrario, la muerte de “El Mencho” será apenas un hecho espectacular que no altera la estructura profunda del poder criminal en México. Entonces, el Gobierno habrá ganado una batalla mediática, pero no la guerra por el control de la República.
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