Ideas

Por si alguna bajeza faltara

El viernes anterior Diego Petersen escribió en su columna Tres Patadas, en este diario: “En una sola semana, fuimos testigos de cinco regresiones democráticas”. Con las décadas que al país costaron los avances, así nomás este régimen los puso en retroceso. Uno de ellos, el monitoreo que el INE propone hacer legal de “las expresiones de burla o ironía en los medios de comunicación”. Escribió Diego: “reírse de los políticos, electos o en campaña, es un elemento sustancial de la libertad de expresión en una democracia. El simple hecho de plantear que la ironía y el sarcasmo son objeto de monitoreo por parte de la autoridad, la que sea, habla ya de una idea de control político”.

De acuerdo. Y ese “habla ya” es rotundo: no es lo por venir, el proyecto está ahora mismo entre quienes detentan poder, el que sea. Regresión en agosto de 2026 ¿a cuándo nos vuelve? Si nos aliamos con los cortes históricos que arbitrariamente planteó López Obrador, pensemos en una de las transformaciones que solía referir, la de la Revolución mexicana. Entre la involución que atestiguamos y el ridículo, ilegal e ignorante deseo por conculcar la ironía y el sarcasmo, ni modo de no reflexionar: si López Obrador se las da de historiador, ¿por qué no conferir a Jorge Ibargüengoitia el cargo de politólogo? Su marco teórico es la realidad y su metodología mirar al pasado con ironía inteligente, de la que entresacamos más lecciones que de todas las mañaneras juntas; y si además el texto del que extraemos la ciencia política de Ibargüengoitia es su novela “Los relámpagos de agosto”, de 1964, todo se confabula para que exclamemos: aquí tienen sus intentos por coartar libertades, aquí tienen ironizadas las verdaderas raíces de sus modos, los de la cuarta transformación, y las de los de antes, cómo no: “Vidal Sánchez, que aunque era un torvo asesino, no por eso dejaba de tener la dignidad que le otorgaba la Constitución (al presidente de la República)”.

“‘Siempre he creído que los diputados son una sarta de mentecatos y que no hace falta ninguna tropa para obligarlos a actuar de tal o cual manera’. Intervino (el general) Trenza, que después de todo era el Héroe de Salamanca, el Defensor de Parral y Batidor del Turco Godínez, para decir por qué parte del cuerpo se pasaba a la opinión pública”.

“¿Y lo de ‘velaremos todos, como hermanos porque se respeten las Instituciones?’ En ese momento ya había tomado la decisión de apuñalearnos por la espalda y convertir a las Instituciones en el hazmerreír que son hasta la fecha”.

“¡Qué lejos estábamos de suponer que unas horas antes, la Cámara, como una prostituta, ¡había cedido a las bestiales exigencias del Déspota!”.

“Este episodio encierra una gran enseñanza: si en esa ocasión hubiéramos contado con varios amigos entre los diputados, otro gallo nos cantara. Por eso no conviene despreciarlos tanto, ya que en determinados momentos y gracias a ciertas deficiencias en la redacción de nuestra Magna Carta, llegan a tener en sus manos el destino de la Nación”.

“¿Sabes a dónde nos conducirán unas elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo. Nosotros los revolucionarios verdaderos, los que sabemos lo que necesita este México tan querido, seguimos siendo una minoría. Necesitamos un Gobierno revolucionario, no elecciones libres”.

“Necesitamos alguien que no tenga amigos, ni enemigos, ni simpatías ni planes, ni pasado, ni futuro: es decir, un verdadero fantoche”.

“¿Y de qué sirve un diputado y un Ministro de Gobernación sin tropas?”.

“Ellos abrieron los brazos y entonces comprendí que el compañerismo puede más que ninguna de las bajas pasiones que se agitan en el pecho de los militares”.

“De esta manera el Partido contaría, en apariencia, con dos oradores admirables (Horacio y Juan Valdivia) y en la realidad, con veinte mil hombres perfectamente armados y equipados”.

“Y con los fondos proporcionados por un rico hacendado que le tenía ganas a la gubernatura del Estado, hicimos una gigantesca manifestación para celebrar la llegada de nuestro candidato, que andaba en su gira política”.

“El populacho, en cambio, que habíamos llevado allí con muchos trabajos, pagándoles a dos pesos por cabeza, se mostró encantado y casi tuvimos un motín cuando Juan dijo: “Todavía quedan muchas alhóndigas por quemar”.

“Juan era un candidato perfecto, tenía una promesa para cada gente y nunca lo oí repetirse… ni lo vi cumplir ninguna, por cierto”.

“Por medio de Maximiliano Cepeda que era un individuo ruin y sin escrúpulos, desprovisto de toda virtud cívica y hasta varonil, y que, sin embargo, gozaba de gran prestigio de luchador incansable e íntegro, pensábamos formar de trasmano un Partido Villano, que tendría la función de lanzar la candidatura del Chícharo Hernández, que era, como quien dice, el Padre de la Política Obrera”.

“El Chícharo Hernández no tenía la menor probabilidad de salir electo presidente, ya que contaba con el veto tácito de los Estados Unidos por su actitud radical”.

“Meléndez, en cambio, que contaba con la Vendida Prensa Metropolitana, no causaba entusiasmo en ninguna parte”.

“Y luego nuestro programa político, que consistía en una campaña de difamación de los partidos socialistas”.

Los relámpagos de este agosto y los del de Ibargüengoitia, memorias del ficticio “General Guadalupe Arroyo”, quien advierte en el prólogo: “‘Los relámpagos de agosto’ (título que me parece verdaderamente soez). El único responsable del libro y del título es Jorge Ibargüengoitia, un individuo que dice ser escritor mexicano”. En la “nota explicativa” final, Ibargüengoitia dice de Obregón, Villa, Zapata, Carranza y Pablo González “como quien dice, padres de una nueva casta militar cuya principal preocupación, entre 1915 y 1930, fue la de autoaniquilarse”. ¿Alguna similitud con las madres y padres de la nueva casta política de nuestro relampagueante agosto? Sólo que como entonces, las bajas, personales, morales, políticas y económicas, las pone la Nación.

agustino20@gmail.com

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