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Pensándolo bien

El Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) se creó en 1997 y se aplicó por primera vez en el año 2000, sólo para países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Como bien se ve, la intención del programa es vincular la preparación académica al desarrollo de las naciones, o en términos más precisos, la relación estratégica entre la preparación escolar en sus diversos niveles, y las fuerzas productivas, entendiendo que a mayor capacitación mejores resultados económicos.

Comprendemos que la productividad de un país no depende de lo trabajadora que sea la gente, sino del tipo de trabajo que haga, así lo vieron por ejemplo los Gobiernos de Hong Kong cuando decidieron transitar de una sociedad maquiladora de textiles a una sociedad capacitada para administrar finanzas de alcance global, la gente era la misma, pero ahora trabajaba en un nivel superior con ganancias superiores y un mejor estilo de vida, lo cual generó una mayor productividad, pero incluso la producción textil se pudo mejorar cuando se fue paulatinamente robotizando.

En todo este proceso la escolaridad es fundamental y lo es en todas sus etapas, pues funciona como un edificio cuya segunda planta depende de la solidez y diseño de la primera, y así sucesivamente. Se pueden construir sociedades donde buena parte de sus miembros tienen algún tipo de doctorado, pero en la medida que los pisos previos son endebles y quebradizos, los doctores resultantes serán juzgados según las instituciones o países donde los adquirieron, precisamente porque todos saben que en tales o cuales naciones los doctorados se ganan, mientras que en otras se compran, o en términos menos extremos, en algunas universidades los doctorados son tan baratos y fáciles de lograr que acaban equivaliendo a los certificados de secundaria de otros. La cuestión es que contar con ese tipo de profesionistas no aporta ni a la generación de conocimiento ni a la generación de riqueza competitiva.

Dado que la OCDE busca el desarrollo de sus países miembros en aras del crecimiento económico es comprensible su preocupación por evaluar los resultados escolares del momento presente, pues nos están dando el tipo de profesionales que se tendrán mañana mismo, el tipo de país, su grado de autosuficiencia, el nivel de desarrollo, y sus posibilidades reales de producir riqueza, tecnología, mejor conocimiento y superiores y sustentables condiciones de vida.

Los resultados de 2025 de la prueba PISA han sido desalentadores en casi todos los países miembros, lo mismo en Europa que en América Latina, no así en el Extremo Oriente. Los analistas atribuyen parte de estos malos resultados a dos factores principales: los efectos de mediano plazo de la pandemia del COVID, y el uso y abuso de la tecnología celular como agente disruptor del aprendizaje, en campos tan esenciales como comprender lo que se está leyendo, saber escribir lo que se está pensando, y hacer cuentas.

Capacidades tan básicas como estas no dependen en absoluto de la raza o del país o de la cultura, porque son acciones propias y típicas del aprendizaje humano, en ese aspecto, la prueba PISA no puede particularizarse porque no está evaluando el folklore o la cultura de cada región o país o su modo de hacer jarros, simplemente califica el nivel de desarrollo en esos básicos aprendizajes comunes a todos los países, a menos que se trate de naciones tan notablemente primitivas que no fueran capaces ni de sembrar semillas.

Corresponde ahora a las instituciones educativas públicas y privadas revisar a fondo sus programas y el modo en que los desarrollan, sus maneras de evaluar el aprendizaje y su reflejo en las etapas escolares subsiguientes; en Europa ya lo están haciendo, pues en esos países, obtener malas calificaciones no es un agravio al orgullo patrio, es un reto que se debe superar con realismo.

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