Ocio y negocio
La dialéctica humana siempre se ha movido entre el ocio y el negocio, aunque el “Quijote” de Cervantes hablara de una edad de oro en la que no había faenas laborales que realizar y donde no existían las palabras mío y tuyo.
Se suele decir que el énfasis humano en el negocio comenzó con el arribo de la modernidad y, en particular, con la revolución industrial inglesa en el Siglo XVIII de nuestra era.
No suficientemente conscientes de la necesidad de ofrecer buenas condiciones de trabajo a sus empleados, las primeras empresas y fábricas explotaban de manera irracional e inhumana a los primeros proletarios. Escritores como Charles Dickens nos han dejado un poderoso retrato de la pobreza y barbarie en la que vivían los trabajadores que se fatigaban en las fábricas de Londres.
La lección se aprendió a lo largo de las décadas y estadistas como Otto von Bismarck en Alemania instituyeron las primeras medidas de seguridad social a escala nacional para proteger el bienestar de los trabajadores.
Poco a poco se fue entendiendo que, primero, la productividad de los empleados de una empresa aumentaba cuando estos tenían prestaciones de todo tipo, como vacaciones, seguridad médica y oportunidades para educar bien a sus hijos. En segundo lugar, voces inteligentes han observado que, como dice el Nuevo Testamento, no sólo de pan vive el hombre.
Ahora que entramos a la era de la inteligencia artificial y la computación cuántica habría que recalibrar la relación entre negocio y ocio.
¿Podría ser que el arribo de nuevos robots y tecnologías anexas liberen a muchos de trabajos rutinarios, otorgándole más tiempo para el ocio sin que esto implique una baja en la productividad?
Por otro lado, las nuevas tecnologías también implicarán tiempos crecientes de la población económicamente activa en el reaprendizaje. No se trata de la capacitación tradicional, sino incluso formarse para una nueva actividad ante la desaparición de funciones laborales que fueron de alto valor agregado y que dejarán de existir en un futuro próximo.
Si esto fuera así valdría la pena comenzar a meditar sobre qué vamos a hacer con la expansión de la esfera del consumo, el tiempo libre y el ocio.
Todo esto viene a cuento por la reciente aprobación por el pleno del Senado de la reforma al artículo 123 de la Constitución para disminuir la jornada de 48 a 40 horas semanales.
Aunque no será un cambio de golpe, sí se aprobó un esquema donde la jornada bajará 2 horas cada año. Solo hasta el 2030 se espera alcanzar la meta de 40 horas semanales. La reforma también busca garantizar dos días de descanso por cada cinco de trabajo, modificando el esquema actual de 6x1. Tras la aprobación en el Senado con 103 votos a favor, el dictamen ha sido turnado a la Cámara de Diputados para su ratificación.
Existe un debate sobre si la reforma está bien como está o si podría haber sido mejor. De cualquier forma, la Cámara Baja tendrá oportunidad de discutirla y reformarla, aunque el grupo en el poder querrá imponerse sin una discusión amplia de la cuestión.
Más allá de esto, la discusión toral que no se puede diferir más es qué vamos a hacer con nuestro tiempo libre. Es en esta zona de la vida humana donde se va a desplegar (o no) la libertad humana en el futuro próximo. Deberíamos ya conversar sobre esto.
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