Nuestra mente es porosa para el olvido
El título del artículo es una cita de Jorge Luis Borges, del cuento “El Aleph”. En un momento, algo, lo que sea, música, artes plásticas, moda, bebidas, comidas… algo nuevo se atraviesa, nuevo al menos para la cultura del momento. De entrada, ocurre que la gente acomoda la novedad en el aparador de lo ridículo, de lo escandaloso, de lo cómo es posible. Luego, con el paso del tiempo, aquello que fue ajeno al gusto y al entendimiento generales, da con su lugar, se vuelve parte de la vida y las reacciones que provocó su surgimiento lucen simpáticas y nos invitan, soberbios siempre, a considerar que hemos progresado, que estamos mejor que los de antes.
La irrupción de lo cómo es posible ensancha el campo de visión de las sociedades; para la porción mayoritaria de éstas sucede de manera acrítica: se acompasa a lo insólito sin cuestionar, se adapta; un ejemplo burdo, hay quienes se quejan acre y reaccionariamente por la influencia del aparatejo celular, y para dejar constancia de su queja, se sirven del aparatejo y de las redes sociales, sobre las que opinan son la perdición de la convivencia humanamente entendida.
No sólo nos adaptamos, en no pocas ocasiones nos mimetizamos con lo que acarrea eso que con recelo llamaré progreso: ir hacia adelante, acción que solemos ponderar positivamente. Es un adelanto encontrar analgésicos en cualquier tendajón, o tener fertilizantes que multiplican la producción de alimentos; esto último es útil para entender por qué no es un despropósito poner signos de interrogación, ¿progreso?, y ponderar el concepto. Los efectos del uso de los fertilizantes están anotados en una factura que tendrán que pagar los terrícolas del futuro, aunque por estos días, con devastación medioambiental, ya adelantamos pagos del costo.
Al repasar los diarios impresos, así sea por medios electrónicos (perdón si luzco conservador: son los métodos probados, por el uso y el tiempo, de los grupos editoriales conocidos los que me generan más confianza, con deleznables excepciones), es casi increíble que como si nada, como cosa normal, nos impongamos de los ridículos en el hacer y el decir de los gobernantes; o de la cantidad de violencia, particularmente contra las mujeres y contra las y los jóvenes, que es el día a día en México. Violencia física y violencia estructural reflejada en la impunidad, en la perpetuación de la pobreza, de la precariedad, en la desigualdad, asimismo en los progresos de los sistemas educativo y de salud que únicamente ocurren en los ridículos que hacen los gobernantes al enaltecer lo inexistente ante nuestro manso habituarnos. Nota para no violentar, demasiado, al nacionalismo: este ridículo no es patrimonio mexicano, tiene carácter global.
Con el deseo de destacar algo, el fulgor de una señal por encima de lo oscuro, de lo penumbroso y de los ridículos (algunos del lado de lo criminal) que dominan el ámbito de lo público, podemos dar con hechos que refrendan la solidaridad que se muestra aquí y allá, también con autoridades que hacen bien y de pronto el bien, y con la cartelera que denominamos cultural, rica, plural, para el gozo por nomás y para la reflexión, digamos, por estos días, el MUBI Fest en la Cineteca de la UdeG. Sin embargo, un escozor me recuerda que el deseo por salir un rato a la luz desde un artículo de domingo es, a lo mucho, un analgésico personal que no extirpa el mal omnipresente, evidenciado por las víctimas, directas e indirectas: de desaparición forzada, de feminicidios, de robos; las víctimas por la inseguridad, si nos atenemos a lo que mide el INEGI en un estudio, ENVIPE, publicado hace diez días: en Jalisco casi ocho de cada diez personas (78.9%) se sienten inseguras, es el miedo a la violencia y la desconfianza que subyacen en cada una, en cada uno.
¿Qué hacer? No podemos, no nos conviene renunciar a mostrar lo que de bueno sucede entre nosotros, y tampoco nos conviene voltear hacia lo encomiable como si la maldad y la corrupción y los malos gobiernos no existieran. Dan ganas de experimentar lo que Borges, personaje de Jorge Luis Borges, experimentó en el cuento “El Aleph”, que es un artilugio “de dos o tres centímetros de diámetro”, en él, narra Borges, “vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.” Abarcarlo todo como poéticamente escribe Jorge Luis Borges, con el riesgo de lo que ocurrió a su personaje: enterarse de secretos que hieren; a él por dos vías, la de enterarse de las andanzas de su amada platónica, y la de implícitamente aceptar que de cierta manera lo sabía, nomás se había hecho guaje.
Sí, admitamos el presente con autoridades que se solazan en el ridículo, a las que la corrupción ya no sonroja, admitamos que esa indolencia procrea impunidad y que ésta es abono para las violencias; admitamos que en un carril paralelo corren muchas cosas buenas, pocas desde los gobiernos, las más desde la gente; y por último, admitamos que todo sucede en el Aleph y que si optamos por no actuar en la dicotomía y atender al todo sin empacho, comenzaremos a remediar lo urgente con el mecanismo de no dejar de mirar a las víctimas y como Borges: sentir el vértigo y llorar ante ese inconcebible universo que sólo aguarda que decidamos sin dudar que somos parte de él, y viceversa.
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