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No eres tan buen conductor como piensas

Casi todos pensamos que manejamos muy bien, pero que los demás son unos cafres.

La modestia regularmente nos deja desamparados a los conductores. Casi todos pensamos que manejamos muy bien, pero que los demás son unos cafres. Muchos vamos por la calle maldiciendo al que no puso la direccional, al que entró despacio a una vía rápida, al que nos cerró el paso o al que se estacionó indebidamente. La lista es tan larga que no cabría aquí. Pero nosotros, bueno, somos perfectos: no nos equivocamos ni infringimos la ley. ¿Verdad?

Bueno, quizá alguno sepa reconocer sus errores, pero difícilmente alguien admitirá que le falta educación, no solo vial, sino también para controlar el automóvil en una situación de emergencia. Simplemente porque no nos enseñaron. A menos que tú, que me lees ahora, hayas obtenido tu licencia en Finlandia o Suecia.

No sé si la mayoría, pero muchos aprendimos a conducir con un familiar o un amigo. Yo, particularmente, lo hice en parte con la ayuda de un amigo y vecino, y en parte al «robarle» el Vocho a mi madre para practicar. No es la mejor escuela, como piensan muchos. Las autoescuelas tampoco lo son, ni en América Latina, ni en Estados Unidos ni en España. En general, estas instituciones, más que enseñarte a conducir un automóvil, te enseñan a aprobar el examen. Los examinadores, con frecuencia, conceden o niegan la aprobación según si el aspirante obedece las leyes de tránsito y demuestra una destreza mínima al volante. Sin embargo, ni esto ni los años de práctica, al contrario de lo que muchos piensan, convierten a una persona en un buen conductor.

Obviamente, un buen conductor debe obedecer las leyes de tránsito. Y la que menos se respeta es también la más peligrosa: el límite de velocidad. Es, además, una de las infracciones más comunes en México. Dos tercios de los conductores no respetan los límites establecidos. La segunda infracción más frecuente es conducir bajo los efectos del alcohol, que disminuye los reflejos y la capacidad para calcular distancias. La tercera es utilizar el celular al volante, una práctica que provoca distracciones importantes y que comete el 36 % de los conductores.

Pero una cosa —que, por cierto, ya hacemos mal— es obedecer la ley, y otra muy distinta es saber controlar el vehículo.

El control del auto

Muchos tienen prisa; otros corren porque disfrutan conducir rápido, y algunos más lo hacen por una reacción intempestiva, sin importar qué la haya provocado. El hecho es que se maneja rápido, pero no se sabe frenar.

No me refiero a la frenada habitual ante un semáforo, sino a una verdadera frenada de emergencia: una situación en la que circulas a 80 o 100 km/h y tienes que detenerte de golpe.

A más del 80% le daría miedo enfrentarse a una situación así. Quienes no se asustaran probablemente sujetarían el volante con demasiada fuerza y mantendrían los brazos estirados. En caso de impacto, esa postura podría aumentar el riesgo de lesiones en las muñecas, los codos y los hombros.

Un porcentaje todavía mayor no sabría qué hacer si su auto pierde adherencia. Contravolantear, es decir, girar el volante en sentido contrario al deslizamiento para recuperar el control, es una técnica desconocida para casi todos y nada fácil de aplicar en la medida exacta. La habilidad para esquivar un obstáculo tampoco es común.

Estas son apenas tres de las técnicas de conducción que no nos enseñan el amigo, el tío, el papá o la autoescuela. Para adquirirlas es necesario inscribirse voluntariamente en un curso de manejo que, al menos en México, no está disponible en todas las ciudades. Debería ser obligatorio para obtener la licencia de conducir.

Sí, sé que pido mucho, sobre todo si recordamos que hubo tiempos en los que se podía comprar una licencia en un supermercado o conseguirla de manera permanente, como si la vida nunca fuera a imponernos circunstancias capaces de reducir nuestras habilidades al volante.

Sería una medida poco popular, que tampoco se exige en casi ningún país del mundo, pero que realmente ayudaría a las personas a saber cómo reaccionar cuando se presenta una emergencia mientras conducen.

Imagina que viajas con toda tu familia en una SUV completamente cargada, a 110 km/h. De pronto, se atraviesa un caballo —ya me pasó, incluso en autopistas de cuota— y tienes que decidir, en fracciones de segundo, si frenas o intentas esquivarlo. La maniobra adecuada dependerá de las circunstancias y del espacio disponible.

Es en ese momento, cuando eres verdaderamente responsable del futuro de tus hijos, que puedes comprender lo que planteo en el título de esta columna.

Y puede que, para entonces, sea demasiado tarde para remediarlo.

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