Ideas

¿Neutralidad valorativa o compromiso político?

Aún persiste el mito de que Max Weber (1864-1920) fue un científico frío que, amparado en una dudosa «neutralidad» o «libertad valorativa» (Wertfreiheit) de la ciencia, rehuyó el compromiso público del intelectual.

Lo cierto es que Weber —uno de los principales fundadores de las ciencias sociales modernas— vivió intensamente los asuntos públicos e incluso experimentó, además de «la pasión del pensamiento» (título de la excelente biografía de Joachim Radkau), «la política como vocación» (título de su célebre conferencia de 1919).

Así pues, el autor de Economía y sociedad respetaba hondamente tanto la investigación académica como la acción política, y se cuidaba de no confundirlas, reconociendo la tensión profunda entre la verdad y el carácter ascético de la ciencia, por un lado, y el poder y la pasión mundana de la política, por el otro.

Weber sostuvo que el científico en sus investigaciones debe abstenerse de hacer juicios subjetivos de valor y de usar su cátedra para propagar sus idearios personales, ya que no es tarea de la ciencia decirnos cómo debe ser el mundo, ni qué ideales o causas perseguir, sino describirlo y explicarlo con objetividad y rigor cognoscitivo.

El político, en cambio, está comprometido a fondo con un ideario y lucha intensamente por el poder a fin de materializarlo. En pocas palabras, Weber arguye que la razón, el conocimiento y los hechos no deben reemplazar la voluntad, la decisión y los valores. La ciencia y la verdad no suplantan la necesidad de la política, la crítica pública y la acción cívica. Aquí yace el sentido profundo de la libertad valorativa.

Como escribe Luis F. Aguilar Villanueva: «la neutralidad de las ciencias sociales responde a un claro programa político. La cuestión de la neutralidad en Weber es una cuestión política, antes que un problema epistemológico y metodológico. La neutralidad significa responsabilidad política y crítica antiestatal» (Política y des-ilusión. Lecturas sobre Weber, Francisco Galván Díaz y Luis Cervantes Jáuregui (compiladores), UAM, 1984, p. 63).

Aunque imposibles de integrar por completo, Weber creía que la ciencia y la política se pueden alimentar mutuamente. El científico puede orientarse por sus propios valores para idear hipótesis novedosas y estudios tanto analíticamente pertinentes como políticamente relevantes (por ejemplo, un anarquista que niega la validez del derecho puede ser, por ello mismo, un jurista perspicaz y original). El político, por su parte, puede aprovechar los resultados y cálculos de la ciencia para elegir mejor sus convicciones y cursos de acción, y ejercer así el poder con mayor responsabilidad y mesura.

Weber mismo vivió en carne propia la pasión (Leidenschaft) por una causa (Sache): el nacionalismo alemán; e incluso incursionó, sin mucho éxito, en la política activa: buscó articular una coalición liberal-social, en 1912, y colaboró en el diseño intelectual y la fundación del Partido Democrático Alemán (DDP), en 1918, por el cual fue candidato al año siguiente a un escaño en la Asamblea Nacional de Weimar.

Sin embargo, Weber no fue, como su padre, un político profesional, sino —para emplear un concepto de Raymond Aron, su gran heredero francés— un «observador comprometido» que participó enérgicamente en los grandes debates de su tiempo.

Weber no sólo asesoró en la redacción de la Constitución de Weimar en 1918-1919. Desde comienzos de la década de 1890, dictó conferencias y publicó ensayos críticos sobre asuntos de interés político. Varios de esos textos están recopilados en sus Escritos políticos (editados en español en dos tomos por José Aricó, Folios Ediciones, 1982).

Sus agudos análisis iban desde el gobierno del káiser Guillermo II, la viabilidad del socialismo y la Revolución rusa, hasta la participación de Alemania en la Primera Guerra Mundial, la democratización, el federalismo y el parlamentarismo alemanes, pasando por el legado de Bismarck y el papel internacional de Alemania a inicios de siglo.

Si bien separaba escrupulosamente su trabajo científico y docente de su activismo político-intelectual, sus posiciones y causas estuvieron siempre informadas por sus investigaciones empíricas y por su vigorosa racionalidad crítica.

Al asumir en 1895 su cátedra en Friburgo, Weber dejó claro que la ciencia social debe contribuir a la modernización económica y política, y no puede mantenerse ayuna de la política cotidiana: «La ciencia de la política económica es una ciencia política. Como tal, no se conserva virgen de la política cotidiana, de la política de los gobernantes y de las clases en el poder, sino que depende de los intereses permanentes de la política de potencia de la nación» (Max Weber, Escritos políticos, tomo I, p. 18).

En su papel como intelectual público democrático y liberal-nacionalista, Weber entrelazó la vocación académica con la pasión política, el rigor científico con la responsabilidad cívica. Conjugó, pues, al animal racional con el animal político, las dos definiciones del hombre que Aristóteles legó a la tradición.

En suma, Max Weber demostró —en la teoría y en la práctica— que la neutralidad valorativa y la objetividad analítica no son obstáculo sino condición para un compromiso político más efectivo, inteligente y responsable.

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