Más allá de noviembre
Entre los manteles rojos y la vajilla de gala había dos termos. Los habían llevado Xi Jinping y su esposa, Peng Liyuan, a la cena de Estado que Donald Trump ofreció el jueves en la Casa Blanca. Sobre aquella mesa, preparada con la vajilla de los Reagan y arreglos de flores, los recipientes introducían una nota que podía ser interpretada como algo familiar o una muestra de desconfianza. La mesa principal de la cena ofrecida al presidente de China y su esposa es una imagen reveladora del momento que vivimos en la escena internacional. Un cuidado en el lujo llevado con precisión, en los invitados y, seguramente, en las palabras expresadas. Pero detrás de esos gestos de cortesía hay una enorme desconfianza mutua en medio de la redefinición de las relaciones entre seguridad, tecnología y poder económico. Para México, esa tensión no es un paisaje lejano. Es el escenario en el que habrá de construir su futuro.
El encuentro muestra que las potencias pueden negociar sin dejar de competir. La cortesía diplomática no cancela la rivalidad: busca administrarla. Estamos ante una reorganización de sus dependencias. Y en ese panorama México juega un papel en medio de la tensión administrada. El discurso de Trump ante las Naciones Unidas, el 22 de septiembre, dejó clara la prioridad que concede al combate contra los cárteles y su disposición a emplear el poder militar. México debe tomar en serio esa presión, sin confundirla con una estrategia latinoamericana uniforme: nuestra cooperación con Washington tiene mecanismos bilaterales y condiciones propias.
Pero mirar solamente las amenazas sería tan equivocado como ignorarlas. También hay oportunidades, especialmente en los dos ámbitos que más pueden transformar nuestra vida nacional: la seguridad y la economía.
En seguridad, el punto de partida no puede ser complacer a Estados Unidos. Debe ser recuperar para los mexicanos la posibilidad de vivir, trabajar y emprender sin miedo. Combatir la extorsión, las redes financieras criminales, el tráfico de armas y la corrupción que protege a la delincuencia es una necesidad nuestra, con independencia de quién gobierne al otro lado de la frontera.
La cooperación puede ampliar nuestras capacidades de inteligencia, investigación y persecución del delito. Pero no toda acción es positiva por llevar la etiqueta de combate al narcotráfico. Debe producir resultados verificables y respetar la soberanía y los derechos de las personas. No son formalidades que puedan resolverse después: son condiciones de legitimidad y eficacia. En este terreno, las formas también son parte del fondo.
Hay razones para pensar que esa colaboración puede sobrevivir a los relevos políticos: ambos países necesitan enfrentar amenazas que cruzan la frontera. Sin embargo, su permanencia debe construirse con instituciones y responsabilidades compartidas, no darse por asegurada mediante la buena relación entre dos presidentes.
Algo semejante ocurre en la economía. El intercambio de mercancías entre México y Estados Unidos superó los 870 mil millones de dólares en 2025. Detrás de esa cifra hay cadenas industriales que enlazan fábricas, trabajadores y proveedores. No se trata simplemente de vendernos productos: hemos aprendido a producir juntos. Esa integración ofrece una base para construir cadenas de suministro más seguras. México puede aspirar a una participación mayor en actividades industriales y tecnológicas, en la formación especializada y en la investigación. Pero la oportunidad no consiste en esperar que los problemas de China se conviertan, por sí solos, en prosperidad mexicana.
Tampoco todos los intereses coinciden. La revisión del T-MEC muestra que se disputa cómo distribuir los beneficios de la relación. Esta semana, la presidenta Sheinbaum planteó aumentar las compras a Estados Unidos ante las exigencias de Washington sobre su déficit comercial. Sería un error desestimar esas diferencias como simple ruido: sus consecuencias pueden ser muy concretas.
Por eso conviene mirar más allá de las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre. Importan, desde luego: pueden alterar las condiciones de negociación y las prioridades políticas. Pero no cambian la geografía ni eliminan los intereses que nos vinculan. Las urnas modifican gobiernos, pero no cambian las razones para cooperar.
Un México más seguro, productivo y próspero puede contribuir a una Norteamérica más fuerte. Esa coincidencia ofrece motivos para el optimismo, aunque no autoriza a dar por hecho el éxito. Aprovecharla exigirá defender nuestros intereses con firmeza y reconocer los espacios donde es posible avanzar juntos.
Noviembre pasará. Las cosas estructurales en seguridad y economía se mantendrán; esperar un cambio es ingenuo. Las decisiones que tomemos ahora pueden acompañarnos durante décadas.
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