Los cuentos
En los puestos de periódicos del Centro, los que no eran suscriptores de nuestro periódico podían encontrar siempre, desde muy temprano, un ejemplar, así como de otras publicaciones. Los periódicos que se editaban en la Ciudad de México arribaban a los quioscos casi al mediodía, pues el avión que los traía del antiguo D.F. aterrizaba a eso de las 12.
Los domingos, mis papás nos llevaban temprano a misa y, de allí, nos íbamos caminando a los puestos de periódicos y revistas. Dos eran los puestos preferidos de mis papás, porque decían que eran los que tenían mayor surtido y actualidad: uno que estaba exactamente en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre, en la acera noreste, casi en la puerta de Fábricas de Francia, y el otro en la esquina de las calles López Cotilla y Ocampo, en la acera sureste, enfrente de donde por muchos años estuvo Pollos Dasero, establecimiento que seguramente muchos de ustedes conocieron. Allí vendían excelentes pollos rostizados y le daban a uno en el pedido su dotación de bolillitos, salsa y sopa de arroz rojo. Más de algún domingo compramos un pollito para comer, evitando así que mi mamá cocinara en el día del Señor.
Bueno, pues hablando de las revistas, mi papá compraba la revista Siempre!, dirigida por José Pagés Llergo, donde escribían Roberto Blanco Moheno, José Natividad Rosales, Carlos Monsiváis, Jacobo Zabludovsky, Fernando Marcos, Víctor Rico Galán, Nemesio García Naranjo y otros articulistas muy buenos; Jueves de Excélsior, Revista de Revistas, Sucesos, Visión y la revista Life, entre otras. Se surtía cada quince días y, después de leídas, las ponía en la sala de espera de su despacho para amenidad de los clientes.
Mi mamá buscaba una revista que se llamaba “La Familia” porque traía incluidos patrones de corte, ya que a ella le encantaba confeccionar vestiditos que le compraban en Casa Chayito, y con mis primas Ticha y Cristina Alarcón en su tienda, que tenían en Lafayette esquina con la avenida Libertad; también compraba la revista Buen Hogar, que era de sus preferidas.
Los que nos dábamos vuelo con los cuentos éramos mi hermano y yo, porque la oferta era extraordinaria. De los cómics o cuentos que recuerdo, y que no se editaban semanalmente, sino quincenal o hasta mensualmente, eran Tarzán, El Charrito de Oro, Historietas de Walt Disney, Aventura, Joyas de la Mitología, Aventuras de la Vida Real, Tradiciones y Leyendas de la Colonia, que era una revista editada en hojas color sepia y que nos hacía referencias históricas de las calles de la Ciudad de México, desde luego con la consabida leyenda del aparecido, y con escalofriantes ilustraciones de esqueletos que hacían que esa revistita tuviera un horario para no leerla: de noche, porque al dormir soñaba uno con el enamorado caballero espadachín que se le aparecía todo “calaca” a la doncella para jurarle su amor eterno, o al jinete sin cabeza que cabalgaba por las noches con su rocín.
Había muchas otras, recuerdo Mujeres Célebres, Vidas Ejemplares y Vidas Ilustres, que eran también favoritas de mis papás y nos favorecían con su adquisición porque, al menos, nos dejaban pinceladas de cultura.
Con esas revistas, conocí vida y obra de Luis Pasteur, Madame Curie, Juan Jacobo Rousseau, Eugenio Pacelli (el papa Pío XII), igualmente la biografía de su santidad Juan XXIII, John Kennedy, Guillermo Marconi, Alejandro Magno, Juana de Arco, Cleopatra, Alexander Graham Bell, Tomás Alva Edison y muchos grandes personajes de la historia. La ventaja es que tenían muy cuidadas sus ilustraciones y textos, y de manera muy amena nos entreteníamos con la lectura y, como decía, adquiríamos cultura.
Pero hay más de qué hablar. ¿Se acuerdan de Chanoc? Era otro de los cómics favoritos y nos describían las aventuras en el pueblito de Ixtac, donde Tsekub Baloyán —el padrino— y Chanoc —el ahijado— lo mismo salvaban a alguien a quien se iban a comer los caníbales Puk y Suk, ayudaban al jefe Anclitas, que era el comandante de la Guardia Costera de ese pueblito, Ixtac, o nos mostraban todas las peripecias de Tsekub Baloyán para huir de su enamorada Rogaciana la Chilera, o bien cazando criminales o ayudando a regresar a puerto a embarcaciones extraviadas. A mí me gustaba mucho esa revistita.
No puedo dejar de mencionar a Memín Pinguín, que por cierto hay que precisar que se escribía sin diéresis, es decir, los dos puntitos arriba de la u (ü), y lo aclaro porque muchos llegaban al puesto de periódicos a pedir “Memín Pingüín”, como pingüino, siendo que era Pinguín, de pingo, es decir, travieso.
Memín se publicó durante muchos años. Fue una idea original de Yolanda Vargas Dulché; recuerdo a doña Eufrosina, su mamá, a Ernesto, Carlangas, Ricardo y Trifón, entre otros personajes. Superman, Batman, El Halcón de Oro, El Pájaro Loco, La Pequeña Lulú, La Zorra y el Cuervo eran otras ofertas que teníamos a la mano; de verdad era abundante la literatura de ese tipo en aquella época.
Hubo una revista a la cual me aficioné también y se llamaba “Fantomas, la amenaza elegante”, que nos narraba e ilustraba las aventuras de un enigmático enmascarado millonario que se pasaba la vida robándose piezas de arte de los museos, pinturas principalmente, y de esa manera nos describía las distintas salas del museo en turno, como el Museo del Prado o el Museo del Louvre, y desde luego las pinturas objeto del latrocinio, y así decía el nombre de la obra, describía un poco la técnica de pintura, por supuesto el autor, la escuela a la que pertenecía, la época; en fin, era una somera descripción también cultural, aunque con las consabidas adaptaciones a la temática nada ejemplar de Fantomas, que contaba con la ayuda de un científico que era el profesor Semo, que estaba en una isla remota y facilitaba a Fantomas las evasiones de las policías internacionales; y no solo eso, contaba con un séquito de ayudantes, todas ellas mujeres bellas, a las que les puso nombres zodiacales, y así en una aventura se hacía acompañar de Acuario, otras veces con Tauro o Sagitario, y todos sus robos de alta escuela, como los denominaba el guionista, eran siempre exitosos por sus planes cuidadosos, y además, una vez que los tenía en su poder, los regresaba al museo para que los visitantes siguieran deleitándose con esas obras maestras de la pintura universal. Excelente revistita.
Como siempre, los recuerdos son muchos, pero el espacio es limitado; ya otro día seguiremos con el tema. Por hoy es todo, y aquí nos encontraremos, Dios mediante, el próximo domingo. Ahora se me antojó un pan francés y mi infaltable cafecito. ¿Gustan? Feliz día.