Ideas

Lecciones weberianas

Lección primera: las disciplinas histórico-sociales son ciencias. El compromiso moral del sociólogo, del politólogo o del economista no es con una visión del mundo o con un ideario político. Es con la verdad. La lección es obvia pero a menudo olvidada, en vista de la actual ideologización de las aulas.

Las ciencias sociales estudian la acción humana social. Para ser de verdad científicas y sortear la trampa de la doxa ideológica, éstas han de dar explicaciones causales válidas de la acción y, asimismo, comprender el significado subjetivo que los propios actores le atribuyen. Con esta segunda lección, Max Weber (1864-1920) une el rigor científico de la orientación empírico-positivista con la riqueza humanística del método histórico-hermenéutico.

El autor de Economía y sociedad (1922) rechazaría, por tanto, la idea de que la ciencia «occidental» es un relato más. Al presuponer la lógica y la metodología, la ciencia no obedece a una cultura particular sino a reglas racionales y universales.

El rechazo se extendería también a las teorías que proponen sustituir el argumento racional por la «experiencia vivida» o por el «sentipensamiento». Las emociones e intuiciones son, desde luego, valiosas. Pero, por sí mismas, no atañen a la ciencia. Otro tanto pasa con las vivencias: legítimas y, a veces, útiles, tampoco sustituyen a los conceptos, al contraste empírico y a la coherencia lógica.

«Las tomas de posición política y el análisis científico de los fenómenos y de los partidos políticos son dos cosas bien distintas» (El político y el científico, Alianza, 2012, p. 207). El investigador social describe la realidad tal cual es, no como debiera ser; aspira a la objetividad cognoscitiva y al conocimiento fáctico; la racionalidad científica, sostiene Weber, es incapaz de asumir posturas ético-políticas.

O, por decirlo con mayor contundencia: «la política no tiene cabida en las aulas» (p. 207). El profesor de ciencias sociales no es un caudillo, un demagogo o un profeta secular: «sólo como maestros se nos concede la cátedra» (p. 214). Y la cátedra no es un púlpito. En lugar de formar militantes políticos, la «misión específica» del maestro «es la de serles útil [a los estudiantes] con sus conocimientos y con su experiencia científica» (p. 209).

Al igual que el biólogo cristiano que aparta su fe para aceptar las ideas de Darwin, el científico social debe poseer la probidad intelectual y el coraje de «aceptar los hechos incómodos; [es] decir, aquellos hechos que resultan incómodos para [su] corriente de opinión» (p. 211).

La ciencia permite dominar la naturaleza y encauzar la conducta humana. Pero es impotente ante la pregunta platónica central: «¿cómo debemos vivir?». Pese a ello, dice Weber, la ciencia es valiosa porque nos hace conscientes de los efectos y del sentido último de nuestros actos.

Arrojar claridad y ayudarnos a vivir con mayor responsabilidad: he aquí el poder «ético» de las ciencias sociales. Un poder sin duda menos épico que «salvar almas» o «cambiar el mundo» pero quizá más realista. Para ejercerlo, habrá que atrevernos a reemplazar la hiperpolitización en las aulas por la indagación crítica y el rigor científico.

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