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Las elecciones del martes

Margarita sabe que el martes habrá elecciones. En su negocio de servicio automotriz, del otro lado de la frontera, la jornada tendrá las exigencias de siempre. Para sus clientes será un día más. Quizá por la noche encuentre un momento para mirar los resultados. En México, su familia también seguirá los mapas que cambian de color y las cuentas de quienes buscan una mayoría. Entre una casa y otra, la conversación tendrá un asunto compartido: lo que esas elecciones pueden cambiar en sus vidas.

Las decisiones de quienes resulten electos llegarán hasta las fábricas, los mercados y los cruces fronterizos. También hasta la mesa de familias como la de Margarita, cuya vida transcurre entre dos países.

Las elecciones intermedias ponen en juego mucho más que escaños y gubernaturas. Aunque Donald Trump no aparece en las boletas, su gobierno estará sometido al juicio de los electores. También el Partido Republicano, que sostiene su proyecto. Del resultado dependerán los apoyos y las resistencias que encuentre durante la segunda mitad de su mandato.

Buena parte del mundo observará la jornada desde sus propias incertidumbres. Ucrania estará pendiente del respaldo estadounidense y de las negociaciones con Rusia; Israel, del apoyo de Washington; Europa, de las decisiones sobre defensa, comercio y la OTAN. Cada país buscará en los resultados una señal sobre el poder que conservará el presidente y los límites que puedan imponerle las urnas.

Para Canadá y México, esas preguntas tienen la cercanía de lo cotidiano. La integración de América del Norte hace que una decisión en Washington repercuta en una fábrica o en un pequeño negocio a miles de kilómetros. Una amenaza arancelaria puede detener inversiones; una restricción fronteriza, interrumpir suministros; una señal de estabilidad, devolver confianza.

Canadá observará si cambian las condiciones en que enfrenta las presiones de su vecino. México buscará oportunidades en las negociaciones comerciales y en la relación de seguridad. Los desacuerdos seguirán ahí, pero podría abrirse otro espacio para resolverlos.

La posibilidad de que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes, e incluso disputen el control del Senado, alimenta expectativas. Conviene darles su justa medida. Los intereses estadounidenses sobreviven a las alternancias, y una nueva mayoría no sería necesariamente más favorable para México. Pueden cambiar los interlocutores, los procedimientos y el tono sin que cedan las diferencias de fondo.

Texas merece atención especial. Su economía, su frontera y sus vínculos con México dan a la disputa por el Senado una resonancia que rebasa sus límites. Una encuesta de la Universidad de Houston, levantada del 10 al 14 de octubre, situó al demócrata James Talarico con 48% frente a 46% del republicano Ken Paxton. La distancia está dentro del margen de error. La contienda sigue abierta.

También importan los distritos fronterizos y los estados con una presencia mexicana considerable. Los apellidos, sin embargo, dicen poco sobre las decisiones que tomará un candidato. El origen familiar no determina una posición sobre migración, seguridad o comercio. Habrá que mirar sus compromisos y los intereses que representa.

Algo semejante ocurre con los electores. Trump ganó terreno entre los votantes latinos en 2024, aunque ese universo diverso no equivale al de origen mexicano. Algunas encuestas registran ahora un alejamiento del Partido Republicano. Falta saber cuánto de ese desencanto llegará a las urnas. La inconformidad puede llevar a votar o a quedarse en casa.

Si los republicanos pierden una o ambas cámaras, el gobierno enfrentará mayores obstáculos presupuestales y una vigilancia más intensa. Un Congreso distinto podría reclamar más intervención en las decisiones comerciales. Algunos acuerdos quizá se aceleren antes de enero, cuando asumirán los nuevos legisladores; otros esperarían a que se acomoden las fuerzas.

México necesitará diálogo con ambos partidos y claridad para distinguir las oportunidades de las promesas. También deberá recordar que un presidente debilitado en el Congreso conserva capacidad de actuar. Trump podría buscar en la política exterior el margen que pierda dentro de su país. Una derrota puede aconsejar prudencia, pero también alimentar la confrontación.

Más de treinta millones de ciudadanos estadounidenses tienen origen mexicano. El Departamento de Estado estima, a su vez, que 1.6 millones de ciudadanos de ese país viven en México. Aunque esas cifras incluyen a menores de edad, permiten apreciar la profundidad humana de la relación: familias, trabajos y afectos que la frontera atraviesa sin alcanzar a separar.

El miércoles, Margarita volverá a su negocio. Quizá nada en la rutina permita advertir lo que haya cambiado durante la noche. Las consecuencias llegarán después, a veces sin anunciar su origen: en el costo de una refacción, en la continuidad de un empleo, en la tranquilidad de una familia o en la posibilidad de volver a casa.

Aunque las urnas estarán allá. Los resultados tendrán efectos también acá. Porque para millones de familias la vida seguirá pasando de ambos lados de una misma realidad. La de dos naciones distintas pero integradas en un mundo que vive cambios impredecibles.

luisernestosalomon@gmail.com

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