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La visa ya no basta

En México, un solicitante de visa estadounidense puede pagar 750 dólares adicionales para adelantar su entrevista. No compra la aprobación, pero sí compra algo que hasta hace poco parecía formar parte del mismo procedimiento para todos: tiempo.

La diferencia importa porque no es un hecho aislado. Estados Unidos está introduciendo cada vez más mecanismos que convierten la migración legal en una evaluación no sólo de requisitos, sino de conveniencia.

La administración Trump propuso cobrar más de 100 mil dólares por determinadas solicitudes H-1B, las visas utilizadas por empresas para contratar talento extranjero altamente especializado. La medida todavía debe recorrer su proceso regulatorio, pero el mensaje político ya existe: no basta con acreditar que una empresa necesita a determinada persona; también importa cuánto está dispuesta a pagar para incorporarla.

Algo semejante ocurre desde el otro extremo. Washington intentó suspender visas de inmigrante para ciudadanos de decenas de países bajo el argumento de que podían terminar dependiendo de ayudas públicas. Un tribunal frenó la generalización por nacionalidad. La respuesta fue reforzar la evaluación individual sobre quién podría convertirse en una carga para el Estado.

Es aquí donde las medidas dejan de ser simples cambios administrativos.

Durante décadas se nos explicó que había dos grandes categorías: quien migraba legalmente y quien no lo hacía. El primero cumplía requisitos, esperaba su turno y se sometía a la decisión de la autoridad. Esa división permitió incluso justificar una parte importante del endurecimiento migratorio: “que vengan, pero que lo hagan legalmente”.

El problema es que ahora descubrimos que hacerlo legalmente tampoco significa necesariamente jugar bajo las mismas condiciones.

Quien tiene dinero puede reducir su espera. Una gran compañía podría absorber costos migratorios que una pequeña empresa no podría pagar. Quien posee conocimientos altamente demandados entra en una valoración distinta de quien podría requerir algún apoyo del Estado. Y determinadas categorías enfrentan además revisiones de actividad digital, historial profesional y otras capas de escrutinio.

Estados Unidos tiene derecho a decidir a quién admite. Lo discutible es otra cosa: qué criterios terminan convirtiéndose en sustitutos silenciosos del mérito que dice privilegiar.

Porque cobrar más no necesariamente selecciona al mejor trabajador; puede seleccionar a la empresa más rica. Poder pagar 750 dólares no vuelve a nadie mejor turista. Y tener menos recursos no convierte automáticamente a una persona en una amenaza para el país.

Lo contradictorio de la nueva política migratoria estadounidense es precisamente que mientras proclama que quiere premiar mérito y proteger sus recursos, corre el riesgo de confundir valor con precio.

Quizá la transformación más importante no está ocurriendo en la frontera. Está ocurriendo mucho antes, cuando Estados Unidos decide que cumplir la ley es apenas el primer filtro y empieza a preguntar algo distinto: además de poder entrar, ¿nos conviene que entres?

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