La seguridad, la política y la paz
Versión de la presentación en el Foro Nacional Seguridad y Paz, organizado por el PRI, en Guadalajara, el once de agosto: Los temas no son menores, representan un vislumbre, o mejor: un encandilamiento de la historia reciente del país, digamos treinta años, y asimismo apuntan al futuro que deberíamos construir: con seguridad y paz. La primera, la falta de ella, condiciona las relaciones que nos permiten llamarnos nación: las económicas, las sociales (ya hablamos sin rubor de una narco-cultura) y, por supuesto, las políticas.
La segunda, la paz, aún aguarda ser definida desde un consenso amplio entre todos los rangos de edad, los géneros, grupos étnicos y los estratos socioeconómicos; salvo que también la paz, la concepción que sobre ella tengamos, está atravesada por la inseguridad: estamos por dejarnos ir al abismo de considerarla como la mera ausencia de agresiones.
En el orden impuesto a los debates públicos, o mejor dicho, a las diatribas públicas, seguiría hacer un recorrido atenido a cuándo considero ocurrió la génesis de la inseguridad que padecemos hoy: que si Calderón, etc., el caso es sustentar el recuento en el contexto histórico que convenga; luego tendría que correrme hasta los dos regímenes que han acentuado el mal clima de la seguridad a dieta de abrazar y no balacear (en el actual se abraza a unos y se balacea a otros) para señalar sus pifias, y frente a un público mayormente priista, recibiría asentimientos y comenzaría a señalar culpables, noten que no dije responsables.
Al final, sermonearía con la fórmula más socorrida e inútil: una lista de lo que hay por hacer, preciso: lo que otras y otros deben hacer, sobre todo cuando esos otros, si Dios se los concede (porque del INE no podemos estar seguros), conquisten el poder desde la oposición; aplausos y todos contentos, aquí, afuera, todos en las mismas, en manos del azar, de la impunidad y de las autoridades ilegales y brutales que mandan en tantas regiones.
Con lo anterior introduje dos nociones: culpa-responsabilidad y, sin mencionarla quedó esbozada, politización. (Vaya paradoja, las y los políticos piden que los asuntos no se politicen, es casi como si los futbolistas pidieran que el futbol no se futbolice).
Vivimos inseguros pero adaptados, lo que nos ha llevado a que la paz no sea una aspiración permanente y una corresponsabilidad, una norma de convivencia: que ésta ocurra sin violencias de ninguna índole, tampoco la esgrimida por las condiciones de desigualdad estructural imperantes (ni siquiera ante la ley somos iguales); no podemos afirmar que la relación entre gobernantes y gobernados carezca de violencia: abuso de poder, indolencia, incapacidad para resolver problemas, para anticiparlos, y simulación.
¿Qué tan violento resulta que quienes se propusieron para cargos de elección popular no cumplan lo que ofrecieron o que ni siquiera se atengan a las obligaciones que les impone la Constitución?
Vivimos en la politización perpetua porque vivimos en el juego electoral incesante; no la politización deseable, la que nos tornaría civilizadas, civilizados, la otra: la de la búsqueda del poder entre unos cuantos, mujeres y hombres, entre partidos, entre élites, o sea: entre los componentes de la clase política. En el imaginario popular, algo se politiza al momento en que unos y otros se señalan por la inseguridad, por el agua, por la corrupción, por la dilución de la democracia, por lo famélico del estado de derecho, sin que la calamidad sea paliada.
Las personas quedamos incluidas en esta politización cuando quien gobierna festeja que en 2025 la tasa de homicidios dolosos bajó a 21.4 por cada cien mil habitantes, luego de que el año previo fue 25.8; el chiste es disminuir la cantidad que sea. A escala local: un escándalo el agua sucia que sale de los grifos de tantas casas en Guadalajara, pero no en las seiscientas colonias que se dice, es en menos… qué alivio, y peor: mientras en la mía no sea impura, lo demás qué importa. Lo que explica por qué la desaparición forzada no se ha convertido en indignación generalizada: mientras no enturbie a mi familia, qué más da.
La clase política cree que sus andanzas no causan daños, está equivocada, si algo modifica actitudes es el ejemplo, muchísimo más que los discursos, y los ejemplos que cunden desde los comportamientos públicos y privados de las y los políticos no son los mejores: tratan sólo de su prevalencia y su agandalle, atenidos a la máxima: un, dos, tres por mí, y por mis amigos. ¿Quién romperá el ciclo pernicioso entre quienes culpan y los inculpables? Según pierden o ganan el poder desempeñan un rol u otro.
Para el filósofo Federico Nietzsche la culpa es una deuda (cosas del alemán), la que se vuelve mala conciencia, desde la que, sigo yo, ocurre un alejamiento de la realidad. Qué pasaría, pensando en la seguridad, si quien haya tenido un cargo público se queda como carga sólo con la deuda, no con la culpa, y ahuyenta la mala conciencia que genera resentimiento y lo dicho, distanciamiento de la realidad, por la vía de pagar lo que debe, aliado con quien por efectos de la democracia electoral dispone de los medios para hacer frente a los criminales: quien gobierna. Alguien, un grupo determinado a resolver, no a culpar, a deshacerse de la mala conciencia por medio de saldar su deuda, cambiaría al país politizándolo para la deliberación y la toma compartida de responsabilidades.
Esto supondría reconocer las asociaciones del poder público y económico, y romperlas, con los factores criminales que corrompen la vida nacional. Esta es la deuda más grande de quienes son culpables y responsables por el estado de cosas, el de hoy y el que ha sido desde hace al menos un tercio de siglo. Sí, hablemos de seguridad y de paz… hablemos de política, no de partidos, no del reparto del botín, de la política instrumento para responder ¿qué hacemos para que las personas vivan seguras y para que todos y los gobernantes entendamos que la paz es más que la ausencia de tiroteos?
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