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La piedad rural diluida en una pachanga laica

Veo en el aire de la vida rural, con ese aroma a tierra húmeda y humo de fogata, cómo late aún un eco antiguo: la campana parroquial convocando rosarios al alba, peregrinos descalzos arrastrando promesas a la Guadalupana. Aquella piedad rural, savia profunda del México cristero, forjada en sangre y ayuno, hoy se evapora ya no por balas callistas, sino por bocinas de banda y luces de neón municipales. ¿Cómo? Transformando el festejo patronal —corazón sacramental del pueblo— en fiesta popular, folclor turístico sin alma eclesial.

Imagina a los charros en el desfile de la Virgen de Zapopan en las calles donde hay más consumo que devoción: antes, novenas ardientes, procesiones con velas que olían a cera y a fervor, las parroquias eran las dueñas del ritmo, los sacerdotes guiando el misterio de la fe. Hoy, son los ayuntamientos —herederos laicos de la Revolución— los que toman las riendas. Presupuestos estatales inundan ferias con puestos de tacos, chelas espumosas, tianguis artesanales y bailes cumbieros hasta el amanecer. La misa ya solo es un evento matutino; la Virgen, un ícono que está ahora entre anuncios publicitarios, rodeada de food trucks y selfies virales. ¿Peregrinación? No, autobuses de turistas pagando el viaje para ser testigos de una tradición.

Este método, sutil como niebla matutina, desarma la devoción sin un solo fusil. Más efectivo que la Ley Calles o los exilios carrancistas. Jóvenes, sedientos de latido vivo, abandonan los rosarios y templos por el pulso de la pachanga.

Siento el vacío en el pecho del campo: la campana tañe sola, ahogada por amplificadores. Los enemigos del Vaticano acechan con fuegos artificiales, la laicidad triunfa en los cabildos promoviendo fiestas cuando antes era calendario eclesial. Así, sin violencia, se arrebata el alma espiritual mexicana: una devoción diluida en cerveza y confeti, fe convertida en producto turístico. En la realidad es ahora más difícil dejar la banda y regresar al rosario. Aunque la piedad rural aún no muere; solo espera a que la recuperen de nuevo las parroquias de las manos del folclor.

La Semana Santa es ahora pura vacación sin el toque de recato espiritual y encuentro con la fe.

De ser el centro de la espiritualidad cristiana, ahora es una invitación a salir corriendo de la ciudad y visitar la playa o abarrotar los balnearios y dejar vacías las iglesias, ya sin acompañantes a rezar el Vía Crucis.

Así se ha ido transformando el México católico y piadoso que defendió su fe con sangre en la guerra cristera; hoy se desvanece entre fiestas populares, vacaciones y una distancia clara del evangelio y los sacramentos. El Estado laico vence así en la antigua influencia de los obispos y párrocos en el alma del pueblo piadoso que fue.

dellamary@gmail.com

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