Ideas

La palabra mágica

En memoria de un todo terreno: Raymundo Gómez Flores.

Aceptando que la mayoría de los habitantes de nuestro país tiene una educación cívica insuficiente, me gustaría compartir, para su reflexión, algunos conceptos de uso común en nuestro día a día: poder, política, pueblo, civilidad y gobierno, entre otros. Para empezar, señalaré que todos ellos pueden tener una interpretación positiva o una connotación negativa. 

El ejercicio al que los invito se origina en una plática celebrada con un grupo de jóvenes hace pocos días. Sus preocupaciones radican básicamente en los instrumentos de los que disponemos para lograr una sana convivencia. En especial, les preocupa el ejercicio de la autoridad y el abuso del poder por los gobernantes. Perciben un alto nivel de inseguridad y de corrupción pública y privada. Merece su atención que los derechos sociales, educación, salud y empleo, son cada vez de menor calidad y les angustia el reclutamiento de jóvenes y la violencia irrefrenable por las organizaciones criminales.

Las primeras reflexiones gravitaron en torno al poder, es decir, esa fuerza inmanente que permite que alguien o algo se impongan al otro, a los otros. Cuando es física, puede ser tan intensa que destruye todo cuando se manifiesta; lo acabamos de ver en Nepal, la lejana nación del Himalaya. Cuando la fuerza es económica, permite el sano desarrollo, tanto tecnológico como humanístico, de pueblos y personas. Sin embargo, la acumulación de capital por el solo apetito de posesión puede ser fuente de injusticia social. 

“¿Entonces, todo gira alrededor del poder?” me preguntaron. La respuesta fue clara: sí, todo gravita sobre esa palabra mágica. Ahora bien, les comenté, para fijar límites a la concentración de los poderes político y económico en pocas manos, surgieron leyes e instituciones. Así nace la civilidad: la capacidad de vivir armónicamente en la ciudad, entendida como el conjunto de personas unidas por un interés común. Salta a la vista que la civilidad solo se da en un espacio físico (la urbe) y entre personas. Son los ciudadanos quienes “hacen la ciudad”, definen los valores, diseñan las leyes y reglamentos, forjan las instituciones, acuerdan reglas y costumbres, y construyen todo el andamiaje que hace posible vivir juntos. De allí la importancia de que todos colaboremos en el fortalecimiento del tejido social. Solo así viviremos en una sociedad más justa, tolerante y solidaria.

Finalmente, me preguntaron con cierta ironía, si creo que la Constitución garantiza plenamente los derechos individuales y sociales contenidos en su texto. Porque, argumentan, cuando los gobernantes sienten en la Carta Magna una camisa de fuerza, simplemente le cortan las mangas.

No hay mayor capacidad para construir la armonía y felicidad de pueblos y personas que la política. Cuando su propósito es el predominio y la sed insaciable de imponerse a los demás, por el solo placer de ser quien manda, puede ser una fuerza demoledora de los lazos que nos unen, disolviendo la voluntad de los ciudadanos y convirtiéndolos en autómatas. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Allí la dejo para la reflexión.

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