La mexicanización
En los últimos días, la dirigente de la ultraderecha francesa Marine Le Pen ha pronunciado un discurso en el que aseguró que Francia no caerá en la “mexicanización”. Sin embargo, esta no es la primera vez que se utiliza el término para referirse a fenómenos negativos dentro del país europeo. En 2024, el ministro del Interior, Bruno Retailleau, ya había recurrido a esta palabra para abordar temas de inseguridad. Por su parte, en Estados Unidos se ha empleado este concepto, o variantes similares, desde principios del siglo pasado para abordar diversas problemáticas, desde crisis institucionales hasta cuestiones de seguridad y migración.
Durante las primeras décadas del siglo XX, políticos y medios de comunicación estadounidenses recurrieron a la “mexicanización” para advertir sobre una supuesta descomposición institucional debido a la inestabilidad política causada por la Revolución mexicana. México funcionaba entonces como una referencia negativa con la que se expresaban los temores estadounidenses sobre su propia estabilidad. Aunque los contextos históricos son distintos, aquella comparación permite observar una práctica que persiste: utilizar la imagen de otro país para representar un futuro indeseable. Hoy, la referencia se desplaza hacia la inseguridad y el narcotráfico, al advertir que Francia no debe caer en la “mexicanización”.
La pregunta inevitable es: ¿realmente es así México? Si bien el país enfrenta retos complejos en materia de seguridad y corrupción, las naciones europeas y norteamericanas no están exentas de esas mismas problemáticas. Además, la realidad mexicana abarca múltiples facetas que difieren de lo planteado en estos discursos. Un ejemplo claro son las deficiencias de los propios sistemas de salud pública de Estados Unidos y Francia, así como las dificultades constantes para integrar otras culturas en sus políticas públicas.
La cuestión no radica en defender las carencias que nuestro país claramente tiene, sino en poner sobre la mesa el problema que ocasiona utilizar a otro país en el discurso político internacional para enmascarar las dificultades propias. Cuando se recurre a un término como “mexicanizar” de forma peyorativa, se encasilla a un país tan extenso y plural en una sola concepción estigmatizada. Al mismo tiempo, funciona como una estrategia política para desviar la atención de las crisis internas y presentar al ciudadano una realidad manipulada, sin proponer un plan concreto para resolver los problemas que se pretende erradicar.
La mexicanización ha funcionado como una máscara en el discurso político internacional para acusar a otros y lavarse las manos de problemas que no son capaces de resolver. La retórica de la “mexicanización” se convierte en el chivo expiatorio perfecto: un recurso discursivo barato que distrae a los ciudadanos, estereotipa a una nación entera y posterga las verdaderas respuestas que sus propias sociedades exigen.
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