La impaciencia también pierde campeonatos
En el béisbol profesional, una mala racha suele activar reflejos casi automáticos: despedir al manager, cortar extranjeros, modificar la alineación, alterar la rotación, cambiar los roles del bullpen o contratar de inmediato a algún refuerzo que prometa solucionar todos los problemas.
Hacer algo tranquiliza. Produce la impresión de autoridad, genera titulares y permite a la directiva comunicar que no permanece cruzada de brazos. Sin embargo, moverse mucho no siempre significa avanzar. En ocasiones, la peor decisión de una organización consiste precisamente en reaccionar antes de haber entendido qué está ocurriendo.
La impaciencia también pierde campeonatos.
Una temporada nunca avanza en línea recta. Incluso los equipos mejor construidos atraviesan periodos difíciles. El bateo puede apagarse durante una semana; los abridores pueden encadenar salidas deficientes; un bullpen confiable puede perder varias ventajas y las lesiones pueden trastocar una estructura que parecía sólida.
Nada de eso debe ignorarse, pero tampoco todo tropiezo constituye una crisis definitiva. El verdadero reto de una gerencia deportiva consiste en distinguir entre una mala racha y un problema estructural. No es lo mismo que varios bateadores enfrenten simultáneamente un periodo de bajo rendimiento a que el roster carezca de profundidad ofensiva. No es igual que dos relevistas fallen durante algunos juegos a descubrir que el bullpen fue mal integrado. Tampoco debe confundirse una serie de decisiones discutibles del manager con la pérdida total del control del equipo.
Para decidir correctamente se necesita diagnóstico, no desesperación.
Hay organizaciones que modifican su roster con tanta frecuencia que impiden que el equipo construya identidad. Un extranjero recibe apenas unas semanas para adaptarse, un joven es enviado a la banca después de varios turnos malos y un pitcher pierde su función por una salida deficiente. El mensaje para los jugadores es peligroso: nadie dispone de tiempo para corregir y cualquier error puede convertirse en sentencia.
Un pelotero que compite bajo esa amenaza permanente no necesariamente mejora. Puede comenzar a batear para proteger su promedio, a lanzar evitando el contacto o a tomar decisiones destinadas más a no ser señalado que a ayudar al equipo. El temor al fracaso sustituye a la confianza.
En el béisbol, la presión es inevitable; la inseguridad provocada por la propia organización no debería serlo.
Los cambios constantes también afectan al manager. Cuando sabe que cada derrota puede provocar una intervención desde la oficina, deja de dirigir pensando en la temporada y comienza a administrar su supervivencia. Utiliza demasiado a sus mejores relevistas, abandona rápidamente a los jóvenes y toma decisiones orientadas a evitar críticas, no siempre porque esté convencido de que sean las mejores.
Así, la urgencia termina contaminando todo el proyecto.
Los extranjeros y el tiempo de adaptación
En el béisbol mexicano, la presión sobre los jugadores extranjeros suele ser particularmente intensa. Se espera que lleguen, produzcan inmediatamente y justifiquen desde el primer juego el sitio que ocupan en el roster.
Naturalmente, un importado debe marcar diferencia. No llega únicamente para complementar ni puede recibir oportunidades ilimitadas. Pero tampoco es razonable olvidar que enfrenta una nueva liga, estadios distintos, viajes, clima, alimentación, compañeros, pitchers desconocidos y, en ocasiones, otro idioma.
Un bateador puede requerir tiempo para conocer el tipo de pitcheo que encontrará. Un lanzador necesita establecer comunicación con sus receptores, comprender las zonas de los umpires y adaptarse a condiciones diferentes de pelota, altura o temperatura.
Cortar rápidamente a quien no produce puede ser necesario cuando existen señales evidentes de insuficiencia. Hacerlo sólo para demostrar actividad puede conducir a una cadena interminable de sustituciones, con jugadores que nunca terminan de integrarse y una directiva que cada semana vuelve a empezar.
La evaluación profesional debe considerar no sólo el resultado inmediato, sino la calidad de los turnos, la velocidad del bate, el comando, la condición física, el historial y la posibilidad real de adaptación. La paciencia no consiste en regalar oportunidades, sino en saber si todavía existen razones deportivas para concederlas.
El desarrollo de los jóvenes
Algo semejante ocurre con los prospectos. Se habla constantemente de desarrollar talento nacional, pero muchas organizaciones exigen resultados inmediatos a quienes apenas comienzan a recibir oportunidades.
Un joven puede dominar una categoría inferior y encontrar enormes dificultades al enfrentar pitchers más experimentados. Puede necesitar ajustar su mecánica, reconocer mejores lanzamientos o aprender a manejar la presión de un estadio lleno.
El desarrollo no es uniforme. Hay peloteros que irrumpen de inmediato y otros que requieren varias etapas antes de consolidarse. Retirarlos después del primer fracaso puede proteger temporalmente al equipo, pero también impedir que madure un jugador valioso.
Desarrollar implica aceptar errores controlados. No significa regalar titularidades ni mantener indefinidamente a quien no progresa. Significa definir un plan, conceder oportunidades razonables, acompañar con coaching especializado y evaluar avances más allá de una estadística aislada.
Quien exige experiencia, pero no permite equivocarse, nunca formará jugadores experimentados.
El manager bajo sentencia permanente
El manager es casi siempre el primer señalado cuando los resultados no acompañan. Forma parte del cargo. Decide alineaciones, mueve el bullpen y representa públicamente al equipo.
Sin embargo, despedirlo sólo produce una mejora real cuando el problema se encuentra efectivamente en la conducción. Si el roster está mal construido, faltan abridores, el bullpen es insuficiente o la ofensiva carece de profundidad, cambiar de piloto puede generar un impulso emocional, pero no resolverá las deficiencias esenciales.
También existen situaciones en que la sustitución resulta inevitable. Cuando el manager pierde el clubhouse, rompe la comunicación con sus jugadores, deja de contar con el respaldo del cuerpo técnico o insiste en errores sin capacidad de ajuste, la continuidad puede convertirse en obstinación.
La paciencia no es inmunidad.
La cuestión consiste en evaluar el conjunto: resultados, manejo del plantel, aprovechamiento de los recursos disponibles, relación con la gerencia y evolución del equipo. Una serie perdida puede doler, pero no debería borrar automáticamente todo lo construido. Del mismo modo, algunos triunfos tampoco deben ocultar problemas profundos.
La buena dirección deportiva sabe mirar más allá del resultado de anoche.
El bullpen y las decisiones apresuradas
Pocas áreas provocan tanta desesperación como el relevo. Cuando un cerrador pierde dos ventajas consecutivas, inmediatamente se exige su sustitución. Si un preparador falla, se reclama cambiarlo de entrada, y si un zurdo permite un batazo importante, se cuestiona su permanencia.
El bullpen vive expuesto al juicio inmediato porque sus errores suelen ocurrir cuando el juego está por decidirse. Pero mover funciones cada pocos días también puede empeorar el problema.
Los relevistas necesitan comprender su responsabilidad. No siempre lanzarán exclusivamente en una entrada determinada, pero sí deben saber cuándo, cómo y por qué serán utilizados. La incertidumbre permanente puede afectar preparación, calentamiento y confianza.
Eso no significa que el manager deba conservar rígidamente un esquema que dejó de funcionar. Debe ajustar. Pero existe una diferencia entre ajustar a partir de información y reaccionar desde el enojo.
Un pitcher confiable puede fallar. Dos derrotas no borran necesariamente meses de buen trabajo. La pregunta no es sólo qué ocurrió, sino cómo ocurrió: pérdida de velocidad, falta de comando, fatiga, mala selección de pitcheos o simplemente buenos batazos del rival.
Otra vez: diagnóstico antes que sentencia.
La postemporada puede distorsionar
Las series cortas son crueles. Un equipo trabaja durante meses, construye un buen récord y puede quedar eliminado por una lesión, una mala salida, un error defensivo o un batazo oportuno.
Naturalmente, los campeonatos se definen en esos momentos y las organizaciones deben prepararse para responder. Pero evaluar todo un proyecto únicamente por tres o cuatro juegos puede llevar a destruir estructuras que todavía eran competitivas.
Los Reales de Kansas City ofrecen un ejemplo notable. Perdieron la Serie Mundial de 2014 en siete juegos y estuvieron muy cerca de empatar el encuentro definitivo. Aquella derrota pudo provocar una reacción emocional y el desmantelamiento del proyecto. En lugar de hacerlo, conservaron su núcleo, mantuvieron al cuerpo técnico y realizaron ajustes específicos. Un año después regresaron al Clásico de Otoño y conquistaron el campeonato.
No ignoraron la derrota. Aprendieron de ella.
Los Cachorros de Chicago también necesitaron soportar años de reconstrucción antes de terminar en 2016 con una sequía de 108 años. La paciencia no consistió en esperar pasivamente ni en pedir a la afición resignación. Hubo trabajo de scouting, desarrollo, contrataciones, correcciones y una filosofía definida.
Brian Snitker pasó de manager interino a conducir a los Bravos de Atlanta hasta el campeonato de 2021. La organización valoró su conocimiento interno, su capacidad para relacionarse con los jugadores y la evolución del proyecto, en lugar de buscar apresuradamente un nombre más espectacular.
No todo proceso paciente termina en un título. Pero casi todo proyecto duradero necesita tiempo para consolidarse.
La paciencia de la afición
Existe también una paciencia que no se ejerce desde una oficina ni desde el dugout: la de los aficionados.
Durante generaciones, los seguidores de los Cachorros acudieron a Wrigley Field con la esperanza de que precisamente ese día terminara la llamada Maldición de la Cabra. Padres transmitieron a sus hijos una espera que ellos mismos habían heredado. Cuando Chicago fue campeón en 2016, el festejo no perteneció solamente al equipo que estaba sobre el terreno, sino a varias generaciones que se negaron a dejar de creer.
Los seguidores de los Mets conocen otra larga espera. Después del campeonato de 1986 han vivido grandes campañas, dolorosas derrotas, reconstrucciones y regresos a la Serie Mundial sin alcanzar otra corona. Aun así, cada nueva temporada despierta nuevamente la ilusión de que finalmente llegará el año esperado.
Pero la fidelidad de la afición no debe confundirse con permiso para la mediocridad.
La paciencia del público merece correspondencia. Los aficionados pueden comprender que un proyecto necesita tiempo, siempre que observen trabajo, transparencia, rumbo y avances reales. Pedirles que esperen indefinidamente mientras se repiten los mismos errores ya no es paciencia: es abuso de su lealtad.
Corregir sin destruir
Las mejores organizaciones no permanecen inmóviles. Analizan, ajustan, refuerzan y, cuando es necesario, cambian. La diferencia es que no convierten cada derrota en una crisis fundacional.
A veces, la solución consiste en modificar un rol, incorporar un relevista, fortalecer una posición, cambiar una rutina o mejorar la comunicación. No todos los problemas requieren despedir al manager, alterar medio roster o iniciar otra reconstrucción.
Corregir sin destruir es una virtud directiva.
También lo es reconocer cuándo un proyecto ya no tiene solución. La paciencia no puede convertirse en refugio para evitar decisiones difíciles. Mantener indefinidamente a quien no responde, justificar la indisciplina o sostener una estructura fracasada por orgullo es tan perjudicial como cambiar impulsivamente.
Paciencia y exigencia deben convivir.
Una organización competitiva evalúa con rigor, establece plazos, define objetivos y revisa resultados. Pero también comprende que el rendimiento deportivo contiene fluctuaciones, que los jugadores son seres humanos y que la estabilidad puede convertirse en una ventaja.
Saber esperar trabajando
En el béisbol, todos quieren ganar hoy. El aficionado paga un boleto para ver triunfar a su equipo, el patrocinador exige visibilidad, los jugadores compiten por contratos y la directiva responde por resultados.
La urgencia es comprensible.
Lo peligroso es permitir que la urgencia sustituya al criterio.
La paciencia deportiva no consiste en cruzarse de brazos. Es trabajar mientras se espera: analizar, entrenar, corregir, desarrollar, fortalecer y preparar alternativas. Significa sostener lo que todavía funciona y modificar aquello que realmente ha dejado de hacerlo.
La competitividad no surge de cambiar por cambiar. Se construye con continuidad, evaluación y capacidad para aprender.
Un equipo puede ganar algunos juegos impulsado por una sacudida emocional. Puede responder temporalmente a un cambio de manager o a la llegada de un jugador. Pero para competir durante años necesita una estructura que no dependa del estado de ánimo de una noche.
Los campeonatos exigen talento, estrategia, salud y oportunidad. También requieren serenidad para atravesar los momentos en que nada parece funcionar.
Porque una mala racha puede costar varios juegos; pero la impaciencia, cuando sustituye al análisis y destruye procesos todavía viables, puede terminar costando toda una temporada y hasta el campeonato.