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La fuerza de Iberoamérica nace en México

Vivimos un momento de profundas transformaciones globales. La geopolítica mundial se redefine; las cadenas de suministro se reorganizan; la inteligencia artificial, la transición energética y la revolución tecnológica están cambiando la economía a una velocidad inédita. En este nuevo escenario, Iberoamérica ha dejado de ser vista como una región periférica para convertirse en un espacio estratégico. El mundo necesita lo que Iberoamérica tiene: energía, minerales críticos, biodiversidad, alimentos, talento, creatividad y capacidad emprendedora.

Pero disponer de recursos no garantiza influencia. La verdadera cuestión es si seremos capaces de actuar juntos. Ese es precisamente el espíritu con el que hoy arranca en Ciudad de México el IX Congreso Iberoamericano de CEAPI, bajo un lema que refleja una convicción compartida: “La Fuerza de Iberoamérica”. Una llamada a entender que nuestra región vive una oportunidad histórica.

Durante estos tres días, Ciudad de México reúne a 500 presidentes de compañías, familias empresarias y líderes institucionales de 22 países iberoamericanos y Estados Unidos. No es casualidad que este Congreso se celebre en México. México representa hoy uno de los grandes puntos de conexión entre América Latina, Europa y Norteamérica. Es un país decisivo para comprender el presente y el futuro económico de nuestra región y, también, una demostración de que quienes formamos parte de CEAPI creemos en México y en su capacidad para liderar esta nueva etapa.

En este marco, hemos presentado el manifiesto “La fuerza de Iberoamérica: Diez propuestas para convertir el potencial en influencia global”, un documento con vocación de diálogo y construcción colectiva. Porque creemos que ha llegado el momento de dejar de hablar únicamente de lo que nos une y empezar a trabajar juntos para construir el futuro de Iberoamérica.

Iberoamérica necesita una mayor ambición compartida. Durante demasiado tiempo hemos aceptado la fragmentación como algo inevitable: mercados desconectados, regulaciones dispersas y una insuficiente coordinación regional. Sin embargo, el contexto internacional nos exige dar un paso adelante. El nearshoring, la búsqueda de proveedores confiables y la necesidad de cadenas de valor más resilientes abren una oportunidad extraordinaria para nuestra región. Pero esa oportunidad solo podrá aprovecharse si actuamos con una visión común.

Por eso defendemos una idea central: situar a los empresarios en el centro de la solución. No hay desarrollo sostenible sin inversión. No hay cohesión social sin empleo formal. No hay innovación sin empresas comprometidas. Los empresarios debemos asumir nuestra responsabilidad social, impulsar la sostenibilidad, apostar por el talento y generar oportunidades. Pero también necesitamos marcos regulatorios estables, seguridad jurídica, y gobiernos que confíen en los empresarios.

En este contexto, una de las grandes apuestas del manifiesto es impulsar las empresas multiberoamericanas. Ya no hablamos únicamente de multilatinas. Hoy existe una nueva realidad empresarial transatlántica, integrada y bidireccional, donde empresas de América Latina, España, Portugal y Andorra construyen conjuntamente cadenas de valor, innovación y crecimiento global. Esa red empresarial compartida puede convertirse en una de las grandes fortalezas competitivas de nuestra comunidad y en parte del proceso para convertirse en globales.

También debemos entender que nuestra lengua y nuestra cultura son mucho más que una herencia común: son una ventaja estratégica. El español y el portugués son instrumentos de negocio, innovación, creatividad y tecnología. En un mundo donde la confianza se ha convertido en un activo económico fundamental, compartir idioma y valores acelera alianzas, conecta talento y facilita la cooperación empresarial.

Pero no habrá futuro sin una apuesta decidida por las personas. Iberoamérica necesita activar su talento, especialmente el de los jóvenes y las mujeres. Necesitamos reducir la informalidad, mejorar la formación profesional, impulsar la movilidad del talento y fortalecer la conexión entre universidad y empresa. La competitividad del siglo XXI dependerá menos de los recursos naturales y más de nuestra capacidad para formar, atraer y retener talento.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial y la revolución tecnológica deben convertirse en herramientas de inclusión y productividad, no de exclusión. Iberoamérica no puede quedarse al margen de esta transformación. Debe participar en su desarrollo, regulación y aplicación desde una visión humanista y socialmente responsable.

La fuerza de Iberoamérica tampoco puede construirse desde la dependencia. Necesitamos una mayor autonomía estratégica en un mundo multipolar. Estados Unidos seguirá siendo un aliado esencial; Europa representa una comunidad natural de valores y cooperación; China es ya un socio clave; y nuevas regiones como Asia, Oriente Medio o África ofrecen enormes oportunidades. Pero Iberoamérica debe relacionarse con el mundo desde una posición de mayor capacidad de decisión propia.

Estoy convencida de que este es el momento de Iberoamérica. Contamos con las condiciones necesarias para convertirnos en una región con voz propia e influencia global.

La fuerza de Iberoamérica no reside solo en lo que compartimos. Reside, sobre todo, en lo que somos capaces de construir juntos. Y ese futuro empieza ahora, aquí, en México.

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