La felicidad, ¿dónde?
Desde pequeños, se nos inculca la idea de que el ser humano debe ser feliz, que la felicidad debe ser el propósito de nuestra vida. ¿Y eso qué es? ¿En qué consiste? ¿Dónde está?
Muchos suponen que la felicidad es un premio que se obtiene por cumplir una serie de preceptos morales que les haga merecedores del perdón divino y su acceso a “la otra vida”. Otros entienden que la felicidad está en servir a los demás. Algunos la identifican con la posesión de bienes materiales y con el ejercicio del poder.
Hay también quienes creen que la felicidad se encuentra en la congruencia, en el prestigio, en el respeto de los demás y por los demás, en la virtud. Y hay quienes piensan que la felicidad se alcanza cuando existe coincidencia entre aquello a lo que se aspira y el logro, sin importar el cómo. La felicidad es, pues, subjetiva, transitoria y tiene que ver con una sensación de plenitud o éxtasis.
En el entendido de que la atracción por las cosas mundanas tiene un lugar irremplazable en nuestra realidad e incluso en el mundo de nuestros sueños e ilusiones, debemos aceptar que existe una serie de limitaciones que nos alejan de la felicidad. Somos muy frágiles, se nos ha hecho creer que la felicidad está al alcance del dinero.
En un mundo en el que prevalece el egoísmo, es muy fácil confundirnos: encandilados por el brillo del oro, seducidos por la belleza corpórea, las palabras lisonjeras y el glamour de los famosos; bombardeados por la publicidad y atrapados por la ilusión de ser o parecer iguales, suponemos que el vestido -pantalones rotos- o el consumo de drogas empareja a pobres y ricos, creando una falsa ilusión de bienestar.
¿Dónde está la felicidad? Hay muchos satisfactores que no se adquieren con billetes: la dignidad, el honor, el perdón, las buenas costumbres, una charla entre amigos y el amor, entre otros. Tenemos ejemplos edificantes: la madre Teresa de Calcuta, Ángela Merkel, Nelson Mandela y Mahatma Gandhi, en el escenario internacional, y aquí, entre nosotros, nuestros padres, las madres buscadoras, los buenos maestros y maestras, los funcionarios honestos y una gran parte de la sociedad que ha resistido el embate de la corrupción, el poder de la delincuencia y de sus protectores.
Gozar de buena salud, disponer de los recursos económicos para llevar una vida digna o la certidumbre de saber que yo cuento contigo y tú conmigo, son algunas de esas “pequeñas” cosas que ayudan a alcanzar el nivel de conciencia al que solo llegamos renunciando a algo, cediendo algo, compartiendo algo. No se piense que estoy haciendo una apología de la mediocridad, nada de eso. Lo que pretendo es llamar tu atención, querido lector, para entender que la felicidad está en cada uno de nosotros, que la felicidad se encuentra en esa capacidad de dar, de darse, de compartir, de aceptar nuestras diferencias, capacidades y humildad, para encontrar en el otro, en los otros, la parte fundamental de nuestro ser.