¿Heredar la empresa o sostener la familia?
¿Qué es más común en nuestra vida contemporánea: que las familias funcionen mejor que las empresas familiares o que las empresas familiares funcionen mejor que las propias familias?
Según el INEGI, en México existen cerca de 7 millones de empresas de todos los tamaños. De ellas, aproximadamente el 90% son empresas familiares. Estamos hablando de más de 6 millones de unidades económicas que, en muchos casos, nacen en la mesa de la cocina: de una necesidad o de un sueño compartido.
Ahora bien, el 95% de estas empresas tiene entre 1 y 10 empleados y, en conjunto, generan alrededor del 75% del empleo formal en el país. Sin embargo, no todas logran trascender en el tiempo. Se estima que solo el 30% sobrevive a la segunda generación y entre el 10% y el 15% llega a la tercera. En términos prácticos, muchas de estas empresas tienen una vida útil de entre 20 y 25 años antes de desaparecer o transformarse en algo distinto.
A esto se suma otro desafío relevante: cerca del 70% de estas empresas no están digitalizadas, lo que limita su competitividad en un entorno cada vez más exigente.
Por otro lado, el mismo INEGI señala que en México existen alrededor de 35.2 millones de hogares. De estos, el 87% se clasifica como “hogares familiares”, es decir, donde el jefe o jefa de familia tiene parentesco con al menos una de las personas que habitan en ese hogar. En unidades, estamos hablando de aproximadamente 30.5 millones de hogares familiares.
Aquí es donde surge una nueva reflexión: si dividimos los más de 6 millones de empresas familiares entre los 30.5 millones de hogares familiares, encontramos que casi el 20% de las familias mexicanas tiene una empresa en la que la propia familia trabaja con algún grado de formalidad.
Si llevamos esta conversación al terreno familiar, el contraste también resulta revelador. En México, hoy se registran alrededor de 33 divorcios por cada 100 matrimonios. Y no se trata de un fenómeno aislado: en los últimos 20 años, los divorcios se han triplicado.
Ahora bien, aunque la mayoría de las familias se mantiene, eso no necesariamente significa que transiten sin desgaste, tensiones o reconfiguraciones. Y algo similar ocurre con las empresas familiares cuando recordamos que solo el 30% logra llegar a la segunda generación.
Más que comparar porcentajes, lo interesante es reconocer el fondo del asunto: tanto la familia como la empresa familiar dependen de acuerdos, comunicación y confianza sostenida en el tiempo.
La pregunta entonces cambia para los dueños de una empresa familiar: ¿el verdadero desafío es heredar una empresa o construir una familia capaz de sostenerla?
Además, hay un dato que pocas veces ponemos sobre la mesa y que ayuda a entender mejor este fenómeno. En el caso de los emprendimientos en general, la edad promedio del fundador ronda los 34 años. Sin embargo, cuando hablamos de empresas familiares, ese promedio sube a los 49 años.
Es decir, muchas empresas familiares no nacen desde la juventud impulsiva, sino desde la experiencia. Son proyectos que surgen después de haber trabajado en otras organizaciones, de haber acumulado aprendizajes y, en muchos casos, de haber formado ya una familia.
Y aquí aparece un hallazgo clave: cuando una empresa familiar nace, la familia también está en una etapa madura. Hay hijos, hay responsabilidades, hay historias compartidas, pero también hay dinámicas, rituales, tensiones y formas de relacionarse ya arraigadas.
Esto amplía el desafío de las empresas familiares más allá del mercado, la economía nacional y la geopolítica. No se trata solo de construir un negocio, sino de integrarlo a una estructura familiar que ya tiene su propia historia. Y eso exige algo que pocas veces se planea: una estrategia consciente y eficiente de armonización entre familia y empresa.
Datos del Banco Mundial y la OCDE han señalado que uno de los principales obstáculos para la continuidad de las empresas familiares es el acceso limitado a financiamiento, capacitación en gestión y procesos de formalización, especialmente en etapas de transición generacional. Impulsar programas que fortalezcan la profesionalización, la digitalización y la gobernanza de las empresas familiares no solo ayudaría a que más de ellas lleguen a la segunda o tercera generación, sino que también contribuiría a fortalecer el tejido social del país desde su núcleo clave: la familia.
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