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Extraño lo que no tuve… Y algo más

A cinco meses de haber llegado a Europa, cada paseo por la calle me hace recordar la época dorada de los autos europeos. Son coches que, con mucha frecuencia, eran los mejores del mundo en su categoría. También, con enorme regularidad, eran los más bonitos. No siempre lo bueno era bonito ni viceversa, pero cuando lo era, no tenían rivales.

Alemania fue la reina absoluta desde los años 50 hasta, por lo menos, 2010. Aunque a mediados del siglo pasado y principios de los 70 Estados Unidos también tenía mucha fuerza y, de vez en cuando, lo mejor de su clase, hoy en día, desafortunadamente, esa Europa ya casi no existe.

Es que, incluso, cuando hacían autos francamente feos, como el Fiat Multipla, considerado por muchos el auto más feo jamás construido, era tan agradable andar en uno que, cuando pedías un taxi en Italia y llegaba un Multipla, sabías que viajarías cómodamente, inclusive si te tocaba adelante, entre el piloto y otra persona.

Cuando hablamos de los alemanes, entonces, es casi una cobardía compararlos contra cualquier otra cosa. Un BMW 740 de 1999, por ejemplo; o un Mercedes-Benz SL, casi de cualquier fecha, pero especialmente el Pagoda. Los de los años 80 también. Los SL eran lo más sólido, cómodo, equipado, seguro y rápido que se podía comprar en el mundo. En especial con motores V8, para no hablar de los tope de gama: los V12.

Ni siquiera había que ir tan lejos en el tiempo ni tan alto en la gama. Basta con Volkswagen y sus GTI, siendo mi favorito el de quinta generación. O el Scirocco, que nunca llegó a México. Era la época de la famosa “sobrerregulación alemana”. Un tiempo en el que el nuevo Clase S determinaba lo que veríamos en tecnología en el futuro. Así fue con las bolsas de aire frontales, hoy presentes en prácticamente todos los autos del planeta, o con el control de crucero adaptativo, que ahora es parte del equipamiento de un humilde Honda Jazz, por ejemplo.

Esa Europa, que conocí en muchos viajes cortos con los medios y en unos pocos, menos cortos, personales, ya no existe. Y me entristece.

China y México

En la calle, en lugar de ver a varios Mercedes-Benz Clase E como taxis, ahora vemos muchos Toyota Corolla. Se entiende: la durabilidad y fiabilidad del auto más vendido del mundo, que además cuesta obviamente mucho menos que el sedán de lujo germano, le quitaron mercado al Clase E. Y hablo de Alemania, no solo de España.

Mercedes-Benz puso incentivos de hasta 24% para sus Clase E destinados a taxis, buscando recuperar una hegemonía que llegó a representar 80% del segmento. Pero funcionó solo para frenar la caída: de 8% del mercado pasaron a tener 19 por ciento.

En México soñé durante mucho tiempo con la posible llegada de Citroën, antes de verla relegada a ser la marca “barata” dentro de Stellantis, que hoy, bajo su inmenso paraguas de marcas, solo considera importantes a Jeep, Ram, Peugeot y Fiat.

Viví y disfruté la época en la que el mejor sedán de Chevrolet era el Vectra, en realidad un Opel que era mucho, pero mucho mejor que su rival estadounidense, el Malibu. De hecho, toda la gama de Opel, con Corsa, Astra, Meriva y Zafira. El Corsa era tan bueno que se naturalizó mexicano, se transformó en Chevy y fue el auto que “mató” al Vocho.

Hoy, ya con cinco meses viviendo en Madrid, lo que se me antoja hacer algún día es importar un viejo Mercedes de Alemania. El otro día vi un CLK 200 modelo 1996 por mil 500 euros. Tan barato que uno desconfía. Pero uno que se veía mejor y tenía solo 60 mil kilómetros salía por seis mil euros, es decir, poco más de 120 mil pesos. Nada mal.

Como no puedo pedirle al tiempo que vuelva (algunos entenderán la referencia), prefiero extrañar los buenos autos que manejé en México antes de venir y que extraño mucho, como la Ford Edge o la Lincoln Aviator.

Lincoln, de hecho, tiene un lugar especial en mi corazón. Extraño su confort, espacio, equipo y potencia. Admiro que la marca nunca haya querido ser europea y se haya mantenido como lo que siempre fue: lujo estadounidense.

Con la decadencia europea de hoy, esa admiración es aún mayor. Lo bueno es que, en una visita, puedo disfrutarla de nuevo y no necesito un DeLorean que me regrese a los años 90.

Te extraño, Europa que no tuve. Te extraño, Lincoln.

En México soñé durante mucho tiempo con la posible llegada de Citroën.

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