El negocio de la guerra
Es relato de ficción aceptado por la ciencia que hace más o menos 300 mil años, el homo sapiens evolucionó en África; que hace aproximadamente 70 mil años, abandonó ese continente y migró, en gran número, hacia otras regiones del planeta. Hace 15 mil años llegó a lo que es hoy América. Durante ese largo período, el sapiens se impuso como la única especie dominante merced a una cualidad desarrollada: la cooperación.
Nuestros antepasados más remotos aprendieron a colaborar. Primero, vivieron y cazaron juntos, luego aprendieron a realizar tareas colectivas que requieren de la participación de personas con distintas capacidades. “Los grandes logros de la humanidad han sido fruto de la cooperación entre centenares de miles de personas. En 1969, Neil Armstrong fue el primer hombre que pisó la Luna. Llegó en una nave que él no creó ni costeó”, señala Yuval Noah Harari. Entonces, ¿por qué, si la civilización contemporánea es fruto de la capacidad de asociación de los seres humanos, no hemos logrado solventar una aspiración que es fundamental?: vivir en paz.
Los Estados Unidos de América, el mayor y más poderoso imperio de la historia, consume cifras millonarias de dólares en guerras contra individuos de la misma especie todos los días.
Solo en el caso de la guerra contra Irán destina alrededor de 257 millones de dólares diarios. El secretario de guerra, Pete Hegseth, está solicitando al Congreso 70 mil millones de dólares más para cubrir gastos militares de emergencia. El caso de Rusia es similar, pues las estimaciones más aceptadas sitúan su gasto entre los 500 y 900 millones de dólares diarios. Si sumamos los recursos que Ucrania, Irán e Israel aplican, estaremos hablando de cantidades escandalosas.
Entendemos que el negocio de la guerra es muy lucrativo y que, mientras algunos empresarios “ganan”, los pueblos pagan los costos del armamento, salarios de los Ejércitos, gastos administrativos, desplazamientos, comidas, ropa, hospitales, etc. Y habría que agregarle la reconstrucción de las ciudades y el aparato productivo, así como las invaluables pérdidas en vidas humanas, heridos, desplazados y el rompimiento de las estructuras familiares y la armonía que debe de prevalecer en la vida en comunidad. ¿Qué no es más fácil vivir en paz y destinar esa ilimitada cantidad de recursos para combatir la pobreza, la ignorancia y la insalubridad de todos los pueblos?
Salta a la vista que a los Gobiernos -tanto capitalistas como a los regímenes que se autodefinen como “socialistas”- les vale un cuerno el bienestar del pueblo. Obedecen al interés de apropiación de las riquezas existentes en las naciones contra las que se guerrea. Algo similar sucede en la vida de los pueblos en los que quienes gobiernan aprovechan su cargo para enriquecerse. Tanto en el fondo como en la superficie, prevalece lo más negativo de la condición humana. A cientos de miles de años, el hombre sigue siendo el mismo. Desde que Caín se deshizo de Abel con certero quijadazo, hasta nuestros días, la guerra ha sido la vía para lograr privilegios y riqueza.