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¿El fin de la historia?

Uno de los textos más polémicos y acaso peor comprendidos de las últimas décadas ha sido sin duda “¿El fin de la historia?”, artículo publicado por el politólogo americano, profesor en Stanford, Francis Fukuyama (Chicago, 1952), en la revista The National Interest, a pocos meses de la caída del Muro de Berlín.

Su tesis es simple: el telos o propósito racional de la historia —o del desarrollo o la modernización— no reside en una utopía comunista (como alega el marxismo desde el siglo XIX); reside, en términos más cercanos al filósofo Hegel, en un Estado liberal de derecho. En otras palabras, el colapso del bloque soviético marca el fin, no sólo de la Guerra Fría, sino de la Historia en un sentido teleológico. La “universalización de la democracia liberal occidental” representa, escribe Fukuyama, “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”.

La tesis del fin de la historia no implica, como pudiera creerse, la inmovilidad del tiempo o la desaparición del conflicto, la guerra o la política. Refiere más bien al propósito último de la trayectoria de la humanidad: según Hegel, la realización de la libertad universal. Así pues, la tesis de Fukuyama es normativa. La democracia liberal vinculada a una economía de mercado es un ideal que no ha sido superado aún por ninguna forma disponible de organización de la sociedad: ni por las monarquías hereditarias ni, en el siglo XX, por el fascismo o el comunismo. Pues ningún régimen ha superado a la democracia en su capacidad para satisfacer las aspiraciones de los seres humanos.

En respuesta a “¿El fin de la historia?”, se ha dicho que una sociedad con una economía capitalista jamás podrá ser verdaderamente igualitaria y libre; jamás realizará los ideales de la Revolución francesa —que Hegel admiraba y que, según su intérprete francés Alexandre Kojève, dieron fin, en el plano filosófico, a la Historia Universal—. Por ello, lo que hay que hacer es transitar a otro sistema económico.

El problema de esta crítica —habitual en la izquierda iliberal— es que no ha sido acompañada de una alternativa real a la economía de mercado. Porque ni el Estado leninista centralizado y sin propiedad privada es viable, ni tampoco el capitalismo autoritario chino. De momento, la verdadera alternativa al capitalismo —más allá de la retórica seductora que le endilga todos los males del mundo— es regularlo, someterlo a controles democráticos e implementar medidas de protección social.

Contrario al lugar común, Fukuyama, según demuestra El liberalismo y sus desencantados, de 2022, es un crítico severo del neoliberalismo y del dogma del libre mercado. Su ideal es un Estado moderno dotado de instituciones fuertes. De ahí que su modelo de sociedad exitosa sea Dinamarca.

De 1989 a la fecha, Fukuyama ha sido consciente de la posibilidad de la “decadencia política” y de lo difícil que resulta consolidar un Estado moderno: con servicios públicos eficientes, con corrupción mínima, instituciones democráticas e imperio de la ley. Por eso considera un “milagro político” la forja de un Estado lo suficientemente robusto para aplicar la ley y defender a la población, pero lo suficientemente limitado para someterse al derecho y a los procedimientos democráticos. Un equilibrio tan frágil como complejo.

Pero que semejante orden sea difícil de crear no es razón para el pesimismo. La recesión democrática global y el retroceso político encarnado por Trump y los movimientos populistas son innegables; sin embargo, continúa Fukuyama, la experiencia histórica demuestra que la mayoría rechaza vivir en regímenes autoritarios (o pregúntese en Caracas) y que, si bien no hay atajos hacia el modelo escandinavo, las naciones pueden importar de forma creativa prácticas exitosas foráneas: así ocurrió, por ejemplo, con la modernización japonesa desde tiempos del período Meiji.

Esto último podemos hacer en América Latina, a pesar del patrimonialismo clientelar y la inicua desigualdad que arrastramos desde la Colonia, por no hablar de nuestros dirigentes corruptos, que han impedido la construcción de Estados modernos e impersonales que regulen el mercado, redistribuyan la riqueza y fortalezcan los servicios públicos: en suma, la construcción de Estados, ya no débiles y neoliberales, sino robustos y de bienestar.

“El fin de la historia” —una sociedad de libertad racional, igualdad y derechos universales— no ha llegado a nuestra región. Esto no quita que sea un ideal por el que haya que seguir luchando: Dinamarca no será una utopía, pero bien vale una misa.
 

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