Ideas

El espectáculo de la muerte

En una sociedad acostumbrada a los livestreams, los podcasts, las stories y la actualización constante de la vida de prácticamente todo el mundo, la privacidad es cada vez más escasa. Ahora, además, tenemos que empezar a lidiar con los lentes inteligentes, con los que una persona puede grabar, sin advertencia alguna, lo que sucede a su alrededor en un espacio público, sin el consentimiento de los demás, y después hacer con ese material lo que mejor le parezca.

Lo realmente preocupante es que esta hiperexposición responde a un gusto desenfrenado por mirar que roza la adicción. ¡Pues claro! Los culpables de esta sociedad hipervigilada somos nosotros mismos, porque del otro lado de la pantalla, consumiendo ese contenido, estamos también nosotros. Plataformas como Twitch, YouTube e Instagram favorecen las transmisiones en vivo, a las que cientos de miles y hasta millones de personas se conectan para ver lo que otros están haciendo en ese momento, porque queremos sentirnos presentes, parte de algo, conectados. Pero, en realidad, se trata de un voyeurismo sin más interacción que un par de emojis que se pierden en un océano de comentarios.

Desafortunadamente, esta adicción a mirar no se queda en el entretenimiento. La masacre de Buffalo, en 2022, fue transmitida en vivo por Twitch por su propio autor, y las copias del video siguieron circulando en otras plataformas mucho después de que la transmisión fuera interrumpida. En Francia, Dominique Pelicot compartía en una sala de chat llamada “Sin su conocimiento” las grabaciones de las violaciones a su esposa, a quien drogaba hasta dejarla inconsciente. Ambos casos nos demostraron que hay personas ansiosas por ver, desde la comodidad de su sillón, los actos de violencia más brutales que suceden en la vida real.

Esta semana, el Pentágono anunció que transmitirá en vivo el fusilamiento de Nidal Malik Hasan, psiquiatra y mayor del Ejército estadounidense, autor del tiroteo de Fort Hood en 2009, en el que murieron 13 personas. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, prometió que la ejecución, prevista para el 3 de diciembre, sería pública y que la gente podría verla. La pena de muerte es de por sí un tema controvertido en el mundo; cuánto más la transmisión de un fusilamiento, disponible para que cualquier persona con internet y un dispositivo pueda verlo y, de algún modo, participar.

En teoría, la pena capital, presente en muchas sociedades a lo largo de la historia, ha tenido como propósito contener la violencia entre clanes y sacralizar el orden comunitario. Al que se desalinee, se lo truenan. Y que sirva de ejemplo. Pero, conforme fueron avanzando los siglos, avanzó también la comprensión de la dignidad humana y del papel del Estado. Michel Foucault describió en Vigilar y castigar cómo la sociedad moderna dejó de tolerar la violencia física administrada por el Estado y desplazó el castigo del cuerpo hacia el alma y la libertad, es decir, hacia el encierro y la disciplina.

Para el soberano, la ejecución en la plaza pública era una forma de manifestar su autoridad ante un espectador que, con la imagen del ajusticiado, asimilaba el miedo y la subordinación. El poder moderno, decía Foucault, dejó de exhibir cuerpos porque aprendió a vigilar. Por eso inquieta tanto que el gobierno más poderoso del mundo quiera ahora hacer las dos cosas a la vez.

La decisión ha sido duramente criticada por organismos de derechos humanos y por la Iglesia católica. En Roma, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, dijo a los periodistas que “no es aceptable que se espectacularice la muerte”, por culpable que sea el reo, y confesó que no alcanzaba a entender con qué fines se recurre hoy a algo así.

Las preguntas que quedan en el aire son muchas. ¿Qué busca Washington al devolverle a la ejecución su plaza pública, ahora multiplicada en millones de pantallas, si no es el mismo miedo y la misma subordinación que buscaba el soberano? ¿Y de dónde nos viene a nosotros esta avidez, este entusiasmo incluso, por ver morir a un hombre frente a un pelotón, como si se tratara de una película más de Los juegos del hambre? Al principio de este texto dije que los culpables de esta sociedad hipervigilada somos nosotros mismos, porque del otro lado de la pantalla estamos también nosotros. El 3 de diciembre, quien abra ese enlace, quien prenda la televisión con ganas de presenciar el fusilamiento, estará respondiendo, lo quiera o no, a la pregunta de quiénes somos.

@luciachidan

Temas

Sigue navegando