El Diluvio anunciado
Para Mauricio Merino; nomás no se apaga, ni lo apagan.
El juicio de la Historia, imaginémoslo no como un tribunal solemnísimo presidido por la togada más prestigiosa: la Historia, sino como un consultorio para atender dolencias sociales; de cánceres intratables (tiranías genocidas de las que se extinguen porque ya no quedan enemigos por sacrificar ni ideas por incinerar), tumores conocidos como poderes fácticos (se alimentan de lo mismo que abre la cloaca en la que moran —el poder público—, no matan a la sociedad de la que medran, la engordan para exprimirla, en un ciclo sin fin), hasta los virus que postran, que humillan al organismo travestidos de glóbulos blancos (a su obrar dañino se le conoce como “simulación”, dizque muy constituciones, dizque muy demócratas, dizque muy del pueblo). El caso es que la gente de cierto país decidió llevar su caso con la Dra. Historia —su doctorado es, por supuesto, honoris causa—, quien, por conocer todo lo que ha sido, es capaz de saber cómo se curan los males de ese cuerpo amorfo que, en términos generales, ha progresado, pero al que, cuando no le duele una cosa, le duele otra: la sociedad, las sociedades humanas. La gente referida son más de cuatrocientas personas unificadas en la Alianza Democrática; el paciente se llama México.
La Historia los recibió no de buen talante y recitó el inicio de una novela que, en tratándose de México, equivale a consultar el historial clínico; el autor es Jorge Ibargüengoitia: “La historia que voy a contar inició una noche en que la policía violó la Constitución”, o lo que es lo mismo: ¿cuándo dejarán de ser pacientes? Citaré textualmente lo que los consultantes explicaron: “México está perdiendo su democracia”. “El INAI se extinguió, la CNDH abdicó de sus fines, el Poder Judicial se puso a disposición del partido-gobierno, el Legislativo sufrió un fraude que entregó la mayoría calificada a la coalición gobernante, y las instituciones electorales: el INE y el Tribunal Electoral, están capturadas y sometidas al interés de la mayoría.”
¿Otra vez?, repuso la especialista. Y continuó: no debería sorprenderme; yo, es decir, la Historia, soy un ir y venir, aprender y desaprender; con el paso de las décadas, de los siglos, el avance para unos va siendo más bien poco; aunque para otros, el retroceso, digamos, de la democracia, de la igualdad, de la justicia, es el adelantamiento que prefieren. Y además de ustedes, preguntó, ¿alguien está inconforme o se manifiesta preocupado? Dudaron, pero se recompusieron: “El miedo ha inhibido la participación y la corrupción se ha ido expandiendo en la vida pública del país”. Qué bonito, exclamó la Dra., hizo una mueca indefinible y dijo, como para sí misma: el eterno retorno.
Y qué se les ofrece, cuestionó. Contestaron las y los más de cuatrocientos: “hemos decidido hacer un llamamiento y una convocatoria a las mexicanas y mexicanos, a unirse y organizar una amplia Alianza Democrática en defensa del voto libre y de elecciones auténticas y a ejercer nuestro derecho a participar y vigilar todo el proceso electoral 2026-2027”. Felicidades, zanjó la adusta señora, su Alianza es la pócima para reconfortar al cuerpo democrático y restaurar derechos y libertades exigidos por los ciudadanos, pero la convocatoria es apenas el excipiente: la respuesta convencida y, como dicen, amplia, a su llamamiento es la piedra filosofal de la farmacopea social: la gente, mucha, tomando el control de su destino en dosis diarias. Si lo consiguen, felizmente dejaré de ser la que he sido: yo misma, la Historia; pero sé que ha sucedido, sé que no es imposible.
Impulsado por lo que escribir una ficción supone, una de las opciones de respuesta de la Historia a la iniciativa planteada por los cuatrocientos era que volviera a hacer su mueca indefinible, entre burlona y hastiada, y que cerrara la consulta con idéntico argumento: qué bonito, el eterno retorno. Si la Historia calibrara a la Alianza Democrática como algo ya visto (así como a muchos de sus integrantes), ella misma negaría la sustancia de la que está hecha: de la tenacidad de quienes, pueblos enteros, ante la necesidad de defender principios e ideas que han perdurado siglos; la tenacidad de los que son capaces de ver más allá del presente subyugante: el régimen y sus satélites que no tienen ganas de dejar el poder. Este régimen, ya lo estamos viendo, hace y hará que la competencia electoral sea a su favor, lo más inequitativa que su poder (que implica violar impunemente las leyes) y el dinero del erario y el mal habido puedan proveerle.
No, la Alianza Democrática no es un refrito ni un retorno de lo conocido: es el impulso civilizatorio que, gracias a las y los tercos que no desfallecen, pervive; es un llamado a no perder de vista que el fertilizante para cultivar tiranos y tiranas es precisamente creer que el destino es ineluctable y que nomás lo escriben quienes detentan el poder, político y económico. Pensando en México, los retornantes eternos son los modos del virreinato, el Imperio de Iturbide, Antonio López de Santa Anna, la cofradía que le puso un trono a Maximiliano, son Porfirio Díaz, el PRI y la versión actual de la incesante vuelta de los autoritarios, de todos los antes mencionados: Morena. Dicho en la lengua mexicana, ahora que el mes de la Patria inflama el espíritu: bienaventurados las mujeres y hombres que no se rajan.
Mientras la Dra. Historia atiende la labor de sus gestores, quien quiera participar en esta Alianza o al menos imponerse del espíritu que la anima, que se dé una vuelta a una de las revistas más inteligentes que se editan entre nosotros: www.revistaeldiluvio.com. Sería estupendo confirmar, desde ese sitio, lo que ahora es intuición: que la democracia, no sólo la electoral, que los derechos y las libertades son la atmósfera en la que las más y los más de los mexicanos queremos hacer nuestras vidas.
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